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Opinión

¿Cuántas vidas le quedan como primer ministro al desacreditado Boris Johnson?

El primer ministro Boris Johnson.

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No, la gente en Reino Unido no se ha aburrido del llamado Partygate -las fiestas de Downing Street que violaron las restricciones de la pandemia- ni pasará página porque nadie olvidará nunca esos tiempos de encierro. Un miedo muy real a la muerte propia y ajena hizo que casi todo el mundo fuera obediente y siguiera la ley al pie de la letra, tras haber recibido la más severa de las advertencias de parte de Boris Johnson. Imagínense si hubiesen sabido en aquel entonces que Downing Street estaba de fiesta el 13 de noviembre, casi un mes antes de que la primera vacuna fuera administrada, mucho antes de que su protección llegara para salvar la situación.

Las fotos muestran a Johnson levantando una copa durante la despedida de su jefe de comunicación, Lee Cain. La Policía Metropolitana de Londres consideró que esto no merecía una multa para el primer ministro, pero sí para otra persona que había asistido al mismo evento. Tampoco se multó a Boris Johnson por todas las demás fiestas a las que asistió y por las que sus subordinados cargaron con las culpas. Eso hace que el titular del Daily Mail del pasado viernes, diseñado para exonerar a Johnson y castigar a la policía, parezca hoy bastante más acertado: “Qué absurda pérdida de tiempo y de 460.000 libras”.

El misterio alrededor de la toma de decisiones de la Policía Metropolitana despierta otras preguntas. ¿Se reembolsará a las miles de personas que pagaron multas en todo el país por fiestas más pequeñas? Por los múltiples escándalos de la propia policía, ¿se sintió la institución intimidada para no actuar? ¿Paralizada por el miedo a sobrepasar los límites de su papel constitucional? ¿U obedeciendo tontamente los empujones propinados por Downing Street? Los liberaldemócratas han remitido con razón esta cuestión a la Oficina Independiente de Conducta Policial, que debería explicarnos sus motivos cuanto antes.

Presión a Sue Gray

Sin embargo, no es un misterio que un Downing Street corrompido de pies a cabeza tratase de desprestigiar y mentir. Este lunes mintieron diciendo que no habían instigado una reunión entre Johnson y la investigadora a cargo de su caso, Sue Gray, pero fueron humillados hasta verse obligados a confesar que sí habían sido ellos. Los portavoces, citados en el Times y en los titulares del Mail, ya la habían difamado: “Los aliados del primer ministro acusan a Sue Gray de ‘hacer política”. Ahora el Mail ha decidido eliminar por completo esta historia de su portada.

Lo más chocante es la acusación publicada en el Times de que, durante aquella reunión en el número 10 de Downing Street, Sue Gray fue “presionada” para que abandonase su informe sobre el caso. Dado que “estoy esperando a Sue Gray” (que publicó su esperado informe definitivo este miércoles) se había convertido en la respuesta a modo de broma para la pregunta “¿lo has hecho tú?”, la indignación pública por haberla presionado habría sido insuperable. Pero eso demuestra lo completamente desconectada de la realidad que se ha vuelto toda la fétida pandilla de Downing Street, por mucho que reestructuren las sillas y los nombres de los cargos.

Este miércoles la comisión de normas para la vida pública, presidida por Chris Bryant, presentó su nuevo código de conducta, que probablemente endurezca las normas ministeriales e incorpore medidas drásticas contra los segundos empleos de los diputados y la actividad de estos en grupos de 'lobby' para intereses privados. Esto reaviva el hedor del escándalo por los grupos de presión en el que estuvo involucrado el exsecretario de Estado Owen Paterson. ¿Intentará Johnson debilitar sus recomendaciones una vez más? Bryant se ha abstenido de presidir la inminente investigación a cargo de la comisión de privilegios, que determinará si Johnson mintió o no al Parlamento. En ella se reflexionará sobre el significado filosófico preciso de lo que constituye engañar “a sabiendas” o “deliberadamente” a los diputados.

El tribunal de la opinión pública es lo único que importa a los diputados tories, que están vigilando ansiosamente sus escaños a medida que se van acercando dos elecciones parciales clave. Los parlamentarios laboristas que visitan Wakefield informan de que el ‘Partygate’ sigue vivo y que está ahuyentando a los votantes conservadores. Los portavoces de Downing Street se encogen de hombros al considerarlo una noticia ya pasada, demasiado trivial para la mayoría de los votantes que se enfrentan a la crisis en el coste de vida. Pero, ¿cuán malas tienen que ser sus encuestas privadas sobre el ‘Partygate’ para que prefieran que la gente hable sobre las desorbitantes facturas de energía y las familias hambrientas que se ven obligadas a acudir a bancos de alimentos?

No sé cuántas vidas le pueden quedar al escurridizo Boris Johnson. Mientras tanto, basta con observar el deleznable silencio de los diputados tories, desprovistos de todo sentido del decoro, que solo atienden sus posibilidades electorales. El exjefe del Servicio Civil, Bob Kerslake, estuvo acertado anoche cuando preguntó: “¿Pueden imaginarse algo de esto ocurriendo mientras Theresa May era primera ministra?”.

Sin embargo, para los laboristas, un primer ministro golpeado, denigrado y apoyado por diputados tories tan desacreditados es una buena noticia.

Traducción de Julián Cnochaert.

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