El club de las gafas
“Si despiertas a una hora diferente, en un lugar diferente, ¿podrías despertar como una persona diferente?”. La pregunta de Edward Norton en El club de la lucha resonaba en mi cabeza cuando este sábado abrí los ojos muy temprano a 150 kilómetros de casa y en horario GMT+1. Estaba claro que aquella era una persona diferente, un extraño que, a tientas y tratando de no tirar nada en esa habitación desconocida, atrapó el móvil para consultar, antes que ninguna otra cosa, el resultado de la selección. “No eres tú, es el Mundial”, me dije para tranquilizarme.
Esta semana, uno de mis momentos favoritos fuera del estadio sucedió, en realidad, dentro. Edward Norton y Brad Pitt coincidieron en la grada del USA-Turquía –por nacionalidad, torcían por los gringos; por pelaso, por los otomanos– y las redes enloquecieron. “Edward Norton hablando solo”. El vídeo en el que una joven se acerca a ellos con una única bebida y se la da a Ed sólo reforzó la tesis. Considerando que ha pasado más de un cuarto de siglo desde su estreno y que un compañero Gen Z se refirió hace poco a la película como “un clásico” –“WTF?”, responderían las hijas de Zapatero–, me permitiréis el spoiler: Tyler Durden, el icónico personaje de Pitt, no existe: es una creación de la mente del narrador. Sí, por chistes como estos es por lo que pagamos twitter, Teófila.
En 1999, el año de estreno de Fight Club, el dueño de X, Elon Musk, vendía su primera empresa por más de 300 millones de euros. Aún no había fundado SpaceX, por eso se libró de aparecer en otro monólogo que, como tantas cosas en esa cinta, se adelantaba a su tiempo: “Cuando se intensifique la exploración del espacio profundo serán las corporaciones las que le pongan nombre a todo. La galaxia Microsoft. El planeta Starbucks”. Es lo mismo que están haciendo en la tierra, y el Mundial –como el evento sideral que es– se ha convertido en el mejor exponente.
(No, esta semana no hay pausa para hidratación. Ni para recaudación).
La víspera del choque contra Uruguay –visto lo visto, lo fue, con todas las letras– la RFEF publicaba un anuncio con las famosas gafas amarillas de Marcos Llorente. Horas después, en una de esas serendipias que tanto nos gustan, el reputado negacionista regresaba al once titular de España, como si fuese una estrategia para revalorizar el producto.
Llorente siempre me ha recordado un poco a Cara de Ángel, el personaje de Jared Leto al que Norton apaliza porque “quería destrozar algo hermoso”. Sin embargo, en el spot, lo vemos jugando al billar como si fuese Paul Newman en El buscavidas, aunque cuando lo grabó seguramente estuviese pensando más en su secuela, El color del dinero, que no tiene por qué ser necesariamente amarillo... Si él fundase su propio club de las gafas, la primera regla nunca sería mantenerlo en secreto. Así no llegas a ponerle nombre, ni siquiera, a un triste satélite...
Seguramente, la unánime ola de críticas que desató el post –y que incluyó a los periodistas de RTVE que se prestaron a la promoción– fue la causa de que la RFEF lo borrase. Como siempre, demasiado tarde para la velocidad de los internautas, que se preguntaban si el siguiente objetivo recaudatorio de los chicos de Rafael Louzán pasaría por vendernos pulseras magnéticas o advertirnos contra el peligro de los chemtrails. Mi opción favorita serían gorros de papel de aluminio que protejan del control mental al tiempo que permiten envolver el bocata para el descanso. Si es que en los estadios del Mundial dejan pasar comida, claro.
Lo que sí está claro es lo que tienen en común Tyler Durden y la base científica de las gafas de Llorente: que ninguno de los dos existe. Que el partido contra Uruguay acabase convertido en una versión futbolística de El club de la lucha sólo le aporta poesía a todo esto. “Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos y estamos, muy, muy cabreados”. Si añadimos a esa lista “ganadores del Mundial”, es fácil entender el enfado de los de Bielsa, el único en toda esta historia al que le han colocado oficialmente la etiqueta de Loco.
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