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José Antonio Martínez-Oliva Puerta, escritor y maestro de iaidô: “Debemos aprender a disfrutar de un día normal”

Entonces, el iaidô es el arte del desenvaine del sable, consta de 57 catas, pero sin contrincante. El contrincante está en tu cabeza. Lo que cortas es tu ego, tus emociones

Es como cuando tiras una piedra a un lago en calma y se produce una onda: pasado el tiempo la onda desaparece

Somos esclavos de las emociones. Hay una idea zen que dice: “Un momento, un encuentro”, es decir, debemos desarrollar una mente capaz de ver cada momento como especial, aunque estés cortando patatas

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José Antonio Martínez-Oliva Puerta, escritor y maestro de iaidô

José Antonio Martínez-Oliva Puerta, escritor y maestro de iaidô

José Antonio Martínez-Oliva Puerta (Murcia, 1971) descubrió a los 14 años la que iba a ser su gran pasión: Japón. Fue a raíz de las películas de Akira Kurosawa y las artes marciales. Decidido a aprender el idioma, con 18 años pasó allí la primera de innumerables estancias: “Durante un verano viví con un vendedor ambulante, le acompañaba a vender camisas por los pueblos en su coche”. Desde entonces, “no he dejado de estudiar japonés un solo día”, afirma. Casado con una japonesa, durante quince años ejerció la abogacía hasta que decidió dedicarse a lo que siempre quiso: enseñar japonés. Hoy da clase en el  Centro Universitario ISEN de Cartagena y en la Escuela Oficial de Idiomas de Murcia. José Antonio es también maestro de iaidô, el arte del desenvaine del sable samurái, que enseña en el Servicio de Actividades Deportivas de la Universidad de Murcia. Es, además, traductor y autor de libros como “Sable y zen” (Editorial Alas), en el que muestra cómo el bushido (código de conducta samurái) puede ser beneficioso en nuestra vida diaria.

En esencia, ¿qué es el iaidô?

Ante todo, el iaidô no es lucha, sino una práctica para calmar el espíritu. Es decir, originalmente era una forma de lucha, muy eficaz, probada en batalla, pero con la occidentalización de la era Meiji (1868-1912), el arte marcial japonés tiene que cambiar: Los samuráis dejaron de tener privilegios, Japón desarrolló un ejército moderno, con armas de fuego… La espada ya no sirve, pero queda el espíritu: el bushido, que es el código de conducta samurái, pero sobre todo una forma de enfocar la vida. Entonces, el iaidô es el arte del desenvaine del sable, consta de 57 catas, pero sin contrincante. El contrincante está en tu cabeza. Lo que cortas es tu ego, tus emociones…

Es curioso que un arte de guerra sirva para hallar la paz.

Japón vivió largos periodos de guerra de todos contra todos. El budismo ayudaba entonces a los samuráis a afrontar la muerte de forma tranquila. Pero cuando llega la era Edo (1603-1868), de relativa paz, su forma de vida cambia. Y como no tenían televisión ni móviles, se dedicaban a practicar artes tradicionales como la poesía haiku o actividades contemplativas, como la meditación. Desarrollaban su yo interior. Lo que hacemos en iaidô es volver a esa forma de vida antigua: lenta, sencilla. Es una sabiduría que no está sólo en Japón, sino en todas las culturas, incluida la nuestra, aunque con otras plasmaciones.

En tu libro “Sable y zen” afirmas que la meditación no debe limitarse sólo al rato durante el que se practica, sino expandirse a las 24 horas del día.

Es como cuando tiras una piedra a un lago en calma y se produce una onda: pasado el tiempo la onda desaparece. Mientras ha estado ahí ha habido una vibración pero, si lo dejas, tras hacer su efecto no perdura. Lo que quiero decir es que, a través de la práctica diaria, la actitud meditativa se extiende a todo lo que haces. Eso que te venden de “aprende a tranquilizarte en una semana” es mentira. Tienes que ir plantando semillas, poco a poco, de tal forma que el árbol crezca y llene todo el día. La meditación continua no significa que tengas que ir por la calle haciendo “Om”, sino que la práctica perseverante te eleva a un estado más consciente, te acerca a lo que pasa a tu alrededor.

¿Eso puede aplicarse, por ejemplo, al trabajo?

Por supuesto. Ante situaciones de estrés grande, tú vas a ser capaz de controlarlas mejor. Se trata de distanciarse de los estímulos. Eso es lo que conseguían los samuráis a través de la meditación cuando sabían que iban a morir en la batalla pero afrontaban la lucha con serenidad. Muchos eran practicantes de zen. Se trata de ser dueño de tus emociones para que éstas no te arrastren. Por ejemplo, si estoy en una reunión y alguien dice algo que me ofende, seré consciente de la incomodidad que el comentario me produce, pero la veré desde fuera y seré capaz de dominarla y de cambiarla, por ejemplo, por una actitud de acercamiento. Es lo que proponen los libros de autoayuda…

Como decías, está muy de moda vender a la gente un “cambio” inmediato en sus vidas.

El “dô” de iaidô significa camino. Camino implica que no se llega nunca al final, que hay que recorrerlo día a día. Cuando alguien me pregunta cuánto tiempo se tarda en manejar el sable, yo le digo: “Estás totalmente desenfocado. Estás viéndolo desde un punto de vista utilitarista”. Esto no es una filosofía que tienda a un fin. En el propio camino está la finalidad.

En general, tratamos de hacer todo lo posible en el menor tiempo posible. Tú en cambio abogas por hacer menos pero bien, con conciencia de hacerlo.

Hacer las cosas con un propósito. Saber por qué las haces. La gente va en piloto automático la mayor parte del tiempo. Y llega un momento en que se hacen mayores y no han hecho en su vida lo que realmente querían. Yo he estado quince años ejerciendo la abogacía, pero realmente no era lo que me llenaba. Lo que quería era enseñar japonés. Me saqué mi título, el nivel más alto, y compaginé las dos cosas. Pero a raíz de la crisis me dije: “El dinero es importante para comer, pero también tienes que hacer lo que te gusta, porque la vida es muy corta”. Y concluí: “Aunque gane menos, me voy por este camino”.

También hablas en tu libro de la importancia de aprender a disfrutar de un día normal, sin acontecimientos extraordinarios. Es cierto que somos adictos a la novedad. Nos da miedo la rutina.

Porque somos esclavos de las emociones. Hay una idea zen que dice: “Un momento, un encuentro”, es decir, debemos desarrollar una mente capaz de ver cada momento como especial, aunque estés cortando patatas. Yo me levanto a las seis, practico iaidô, luego limpio la casa. Eso o fregar los platos son experiencias que recomiendo a todo el mundo, porque te ponen en contacto con tu realidad. La suciedad se acumula, si no la quitas va a seguir ahí. Son cosas sencillas pero importantes, que deben hacerse.

¿Y cómo convivir con las redes sociales?

Tengo Facebook porque lo necesito para comunicarme con mi maestro en Japón y me viene bien para promocionar los cursos de japonés, etc. Pero a partir de ahí, vivir enganchado a una realidad virtual como le pasa a tanta gente… Las redes sociales no dejan de ser una expresión del capitalismo: Reducen la relación interpersonal a algo superficial y contabilizable económicamente. Tienen cosas buenas, claro. Al fin y al cabo son también una salida a la necesidad de comunicación que tenemos todos.

Hablando de tus clases de japonés, ¿detectas interés en España por la lengua y la cultura de este país?

Los jóvenes vienen a clase atraídos por el manga y el anime. Estos suelen ser el primer enganche. Luego se entra en la lengua y en otros aspectos de la cultura. Es algo en lo que incido mucho en mis clases, porque para conocer una lengua tienes que conocer al pueblo que la habla y viceversa.

¿Es difícil para un europeo entrar en la cultura japonesa?

La educación y la sociedad son totalmente distintas a la nuestra. Su base es el sintoísmo, el budismo y el confucianismo, así como nosotros tenemos el derecho romano, la filosofía griega y el cristianismo. Expresar los sentimientos en público está mal visto en Japón. No sueles ver a parejas besándose por la calle. En el colegio, el uniforme es habitual, y los niños limpian las aulas por turnos, da igual que seas hijo de ministro. Eso los iguala desde la base. La educación pública es la mayoritaria y de más calidad en Japón. Desde pequeños aprenden la cultura del trabajo, la jerarquía y la importancia del grupo sobre el individuo. También de la constancia para lograr los fines. El porcentaje de paro juvenil está en torno al 3% y el nivel de colocación tras finalizar la universidad es del 98%.

Eso ha de tener un reverso negativo.

Por supuesto. Hay cosas que ellos deberían aprender de nosotros. La vida mediterránea, más reposada, les vendría muy bien porque allí hay gente que muere por exceso de trabajo. Esto es un problema social e incluso una enfermedad: La llaman “karoshi”. También la tasa suicidios es muy elevada. Y a veces son tan estrictos con la conducta grupal que eso crea problemas de “bullying”, tanto en colegios como a nivel social.

¿Puede esto cambiar?

En el siglo XX hubo una serie de gobiernos militaristas y, tras la guerra, el milagro económico japonés. Esto supuso una aplicación de la filosofía samurái muy radical, alejada de la tradición: La empresa estaba por encima de la familia, y el grupo, sobre el individuo. Es hora de que las nuevas generaciones frenen esto y creen una sociedad menos consumista (Japón es un país tremendamente consumista). Se dan cuenta de que nuestra visión del trabajo y la familia pueden aportarles. A mi suegra, por ejemplo, le encanta lo que hacemos aquí de juntarnos la familia a comer de manera libre y desenfadada.

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