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'Leer el presente' es un espacio que dedicamos a libros desde eldiario.es/murcia. Del mundo a la página y viceversa. Coordina José Daniel Espejo.

`El mundo de ayer´: el retorno de los viejos fantasmas

El autor vienés Stefan Zweig

Beatriz Gracia Arce

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La Historia se ha utilizado desde el nacimiento de la idea de `nación´ en un arma arrojadiza, que se moldea y manipula hasta retorcerla sólo para ser la piedra sobre la que legitimar ciertos discursos. Muchas veces es difícil invitar a reflexionar sobre la Historia cuando hay que hacer todo un ejercicio de destrucción de ideas aprehendidas previas, que no necesariamente se ajusta a lo que ocurrió. Es difícil ver o aceptar que la Historia, como el propio ser humano, es subjetiva, que no existe una verdad única y que, como cada uno de nosotros/as caemos en contradicciones y nos vemos abocados en reiteradas ocasiones a pensar qué hacer en un cruce de caminos.

Es por todo ello que hoy rescato la obra de Stefan Zweig El mundo de ayer. Memorias de un europeo publicada en 1942, el mismo año de su fallecimiento. Autor prolífico, que en los últimos años está siendo reeditado por distintas editoriales, Zweig, además de cultivar distintos géneros como el ensayo o la novela, también hizo lo propio con la autobiografía, como vehículo para congelar el tiempo histórico que a él mismo le había tocado vivir.

Nacido en la Viena capital del imperio Autro-Húngaro, en El mundo de ayer se percibe la decadencia de su presente, de ese mundo de `fin de siècle´ que comienza a desvanecerse. La de Zweig es una mirada lúcida de ese ayer cercano, que él categoriza como “la edad de oro de la seguridad”. Época marcada por una monarquía austriaca que parecía eterna y estable. Una seguridad que era un bien deseado, aunque sólo privilegio de unos pocos, idea que se unía a la fe en el progreso que traspasó todo el siglo XIX.

Zweig es testigo del fin de ambas -seguridad y progreso- con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Esta catástrofe que marca la entrada en el siglo XX, es sin duda el hecho que determina la percepción de su época. Vislumbrando que la realidad en la que vivían era un castillo de naipes que sólo necesitaba una breve brisa para caer. Es la sensación que producen ciertas piezas de Mahler, quien transmite la elegante decadencia antes del fin.

Su mundo del ayer, anterior al cataclismo de la guerra, lo marca su sed insaciable de viajar y la necesidad de conocer, Él mismo se llega a denominar apátrida. El sentimiento de viaje como conocimiento marca su vida y la narración que hace de ella en la obra, el viaje como crecimiento, como búsqueda y encuentro con la cultura, de la propia lectura como viaje.

Con la delicadeza de sus palabras vamos entrando en cada una de las estaciones de su viaje vital con el hándicap de que “la Historia niega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época” – escribe Zweig- sentencia que marca todo el camino del renacer de las cenizas tras la guerra. Su estudio sobre clásicos rusos lo llevaron a visitar a la nueva Rusia revolucionaria, conocer a Gorki, mientras en su camino se posan los nuevos naipes del mundo en construcción de posguerra con una sociedad que ya no era la misma, porque la guerra lo había cambiado todo. Ya nadie en 1939 podía creer en la diplomacia después de Versalles, aquel valor que había sido la base del último tercio del siglo XIX había muerto en una de las trincheras. Nadie podía creer en la paz, pues la violencia, la guerra había permeado todos los poros de la sociedad. Basta recordar el Manifiesto futurista de Marinetti, donde idealiza la guerra, la violencia, donde no existe belleza alguna si no es en la lucha o el patriotismo.

La esencia apátrida de eterno viajero de Zweig lo aleja de este sentimiento de patriota, de aquellos discursos que empiezan a forjarse sobre la idea del pangermanismo, del proyecto nacionalsocialista que hablaba de una Alemania fuera de sus fronteras. Perplejo ante la pasividad de quienes no supieron calibrar la amenaza que significaba la escalada del nazismo, critica a los grandes periódicos alemanes que en vez de prevenir a sus lectores, los tranquilizaban todos los días diciéndoles que aquel movimiento se derrumbaría, pero no fue así.

Su percepción del mundo, en un sentido de oportunidad a conocer, lo sitúa en un cruce de caminos. Alejado de discursos totales excluyentes o revolucionarios, sólo le queda vivir en el resquicio de la luz, que será su exilio en Brasil. Allí asiste como observador a la agonía de la paz. Con la convicción de que todo mundo de sombras es hija de la luz dedica sus últimos días a escribir estas memorias cargadas de nostalgia. Mientras, ante el devenir fulgurante del tiempo, nos queda la incertidumbre de saber cuándo vivimos sobre un castillo de naipes vulnerable a la menor brisa.

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