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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Cuento de un Primero de Mayo en Hécula

EFE/ Enric Fontcuberta

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El caudillo Franco murió en noviembre del 75 en el Hospital de la Paz de Madrid y el tío Pelayo nació en abril del 76 en el Hospitalico de Hécula. El tío Pelayo tiene dos, cinco, nueve, doce años; corre 1978, 1981, 1985, 1988. Cumple años saltiqueados acudiendo al Parque de la Constitución, el de las Palomas, en las fechas que el movimiento obrero celebra huelga general para elevar una manifestación por los derechos de los trabajadores. Al principio, su madre y su padre le aprietan fuerte las manos; gallina y gallo viejos saben que en la dictadura militar cabía una sola concentración: rendir el saludo fascista los domingos en la plaza del Ayuntamiento y corear con los vecinos el ‘Cara al sol’.

El tío Pelayo empieza a trabajar con 14 años en el taller de uno que ya murió: sin contrato, jornada de 12 horas, salario irregular mísero a gusto del patrón. A los 20 años, nada más volver de la mili, se mete en una carpintería como montador de cocinas; ahí da el callo 14 años y medio y consigue 14 aumentos de sueldo y que lo pongan de oficial. Como quien deja en herencia una hacienda de valor incalculable, su padre le había dicho: “de cada duro que ganas tú, el jefe tiene que ganar mínimo el doble que tú porque pone su patrimonio. Si en vez de uno quieres ganar dos, en vez de producir tres, tienes que producir seis; no ya de entrada irle con quiero más, dame más. Si te haces diez sillas en cinco horas y pasas a hacerte veinte, es que te lo has currado, así que reclama lo que es tuyo. Igual que el empresario lucha por que guste el mueble, tenga un buen precio y por que se lo compren, tú tienes que luchar por llevar el pan a tu casa”.

El tío Pelayo producía y demostraba, y le subían el sueldo: si en un día algunos colocaban una cocina, él instalaba dos. A los tres meses de entrar a trabajar, se fue directo para la cabina del jefe: “Paco, ¿tú te crees que con esto se puede vivir?”. Durante los años, siguió dialogando mucho: “Paco, yo, mira, llego y entro por la puerta de la fábrica, y se me pone muy mal cuerpo, porque me da la sensación de que me estás robando lo mío, y vengo a trabajar con la hostia de canto. ¿Que tú no me pones de oficial? Pues un magistrado va a tener que decidir si soy oficial o no para que no tengamos dudas ninguno de los dos”. Cuando se iban animando más montadores a hablar con Paco, este ya asomaba por la escalera de la oficina sulfurado, como una tonadillera a mitad de concierto: “¿Qué pasa? ¿Que vais a venir de uno en uno esta mañana a tocarme todos los putos cojones?”.

Más adelante los jefes les comunicaron que había mucha faena, que había que ir los sábados, que era obligatorio y que no había más que hablar. ¡No me digas más, Paco! El tío Pelayo y otros compañeros se bebían entera la noche del viernes y se presentaban el sábado de empalme, aún borrachos, donde Paco. Al octavo sábado Paco les dijo que no fueran más, que si iban a ir así, que no hacía falta. Los jefes buscan tantearte. “Vamos, hombre, bájate los pantalones hasta los tobillos, que voy a probar una cosa y te invito a almorzar”, y si acto seguido hay una mayoría diligente de curreles que se los empieza a desabrochar, ya no hay retorno. Todo sucede a la ligera. Que sí, que hasta las tantas de la tarde trabajando, 12 horas al día en jornada partida, que sí, que dispuesto a ir los sábados hasta al mediodía, que sí, que categoría de ayudante y ya está. Cuando transiges, ya no vas a poder decir nunca que no. Ni los empresarios son almas de la caridad ni su empresa una ONG; por eso se les rinde lo que se les debe por ley y no se comporta uno como mascota faldera.

Hace dos años vinieron los inspectores y se alquilaron hasta un piso en el pueblo para pasar un par de semanas aquí. A los propios trabajadores los veías alarmados y te soltaban que más valdría que se fueran a otro lado a pastar, que habían ido allí a arruinarlos, que por culpa de los inspectores no podían echar horas extra. ¿Pero somos pedazos de carne con orejas o qué? ¿Estamos pidiendo ser mulas de obra de lunes a sábado? En vez de marchar de huelga cuando toque y perseguir una nómina mejor, nos ponemos a cuatro patas y nos quitamos la salud. Cuando estás diez horas enfundando, llegas a tu casa y no puedes ni plegar los dedos alrededor de un vaso de agua. ¿Cómo no vamos a tener una ciudad muerta entresemana si la gente está de las siete de la mañana a las ocho de la tarde en la fábrica? Las calles se llenan, en cambio, con la Virgen, la Semana Santa y el fútbol, y los empresarios satisfechos con su plantilla de hormigas adoctrinadas a ese ritmo vital: a trabajar, a rezar, gritar gol y a callar.

Así se nos ha educado, y se ha normalizado conformarse con el contrato más bajo, trabajar 10-11 horas diarias en jornada partida y volver al polígono los sábados por la mañana otro rato para en total sobrepasar los 1200 euros al mes y creernos unos espabilaos pudientes de clase media como si nuestra rutina no consistiera en estar de ocho a ocho metidos en la nave. ¿O por qué a la USO ya no se afilia ni dios? Cuando los abuelos, había unas huelgas que te cagas. En Hécula hubo una de 37 días: se exigía subida de sueldo y respeto de derechos que no se tenían. Hoy se nos han ido recortando y nadie se ha quejado más allá de pillarse un buen cabreo a solas. La generación de los abuelos estuvo luchando hasta que pudo, y las siguientes generaciones parece que se han autoesclavizado sin pena ni gloria. Cuando Mariano Rajoy se fue del poder, los únicos que llevaban un año en la calle eran los pensionistas.

Las abuelas también te relatan claramente sus vivencias al respecto si les preguntas. Las mujeres hemos sido y estado siempre marginadas; desde el principio de los tiempos, a casarnos a bendición de los padres, a parir y criar hijos, y a servir al marido. Las mujeres, todas arremolinadas en casa como esclavas despegando mocos, lavando mierda y vómitos. La esposa- madre-criada 24/7, que obtuvo remuneración por primera vez cuando se amplió el derecho a pensión de viudedad. Los muebles de las viviendas costaban dinero, nosotras ni un chavo. Gracias a que me ha quedado la pensión de mi marido; si no, ¿qué? ¿a morirme de necesidad? Y ay de las pobres más pobres, que a lo mejor el marido estaba trabajando en el campo toda la vida de sol a sol sin pagar la Seguridad Social, se les moría de repente y ellas viudas a quebrarse de hambre.

Siempre marginás del tó, eh. Antiguamente, cuando no había electricidad, nos pasábamos los fines de semana en la mecedora frente a la lumbre, la lucecica del candil al lado y la aguja entre los dedos remendando pantalones de pana, calzoncillos, calcetines, todo para el marido para el lunes. Y el marido en la taberna: el que era un poco decente venía, y bueno, bien; pero el que era un borde con mala leche y venía más mamao que la bota encima a embestir y maltratar a manotazo limpio a la mujer. Las mujeres hemos sido el mueble de carne y hueso que ha habido gratis en todas las casas. Ellos se iban al otro mundo sin ponerle un pijama a un crio. Veníamos de paseo y se sentaban en el sofá a esperar que a los hijos, que no eran pocos entonces, les diéramos nosotras la cena, les pusiéramos los pijamas y los acostáramos. La abuela le decía al abuelo “Desde luego hay que ver qué valor tienes, que tal que cual”; y él respondía “Si tú estuvieras trabajando, yo apencaría en la casa, pero como tú no trabajas, te sobra tiempo para hacerlo”. ¿No-so-tras-no-tra-ba-já-bamos?

Ahora la mujer trabaja igual que el hombre: puede ser abogado, alcaldesa, presidente de un gobierno, juez. Ahora, al menos, puede ser, pero los 8 de Marzo ha de ir a por más para todas. A por derechos laborales para las muchas que trabajan como cosedoras para el mueble

tapizado, las grandes buceadoras de fondo en la economía sumergida del pueblo, junto con las empleadas, de notable proporción migrante, que atienden a nuestros mayores en su domicilio entre pagos arbitrarios y horarios inestables. A por la dignidad de las que están sin contrato, de las falsas autónomas. ¿Por qué vienen tan depauperadas las condiciones de las mujeres de clase obrera en el ámbito productivo? ¿Por qué parece a veces que solo viene bien en el mundo nuestra utilidad reproductiva, cuidadora, ancilar?

Hoy es Primero de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores. Conmemoramos la materialización de aquella elocuente pancarta estadounidense: “8 horas de trabajo, 8 de ocio, 8 de descanso”. Nos enorgullecemos de que se acordó, entre las dos partes de la industria, la jornada legal máxima de ocho horas diarias cinco días de la semana. Los derechos laborales los ha ido conquistando el movimiento obrero a través de las huelgas generales convocadas por los sindicatos. El bienestar de la clase obrera se ha ido diseñando y consolidando poco a poco, y en ello nos va la libertad; hemos ganado Seguridad Social, pensiones, bajas y permisos vacacionales remunerados. Pasamos de la jornada de 14 horas diarias los siete días de la semana a las 8 horas diarias cinco días a la semana. En 2003 el Parlamento Europeo y el Consejo de Europa aprobaron para la ciudadanía de sus Estados Miembros una Directiva de Tiempo de Trabajo; en su Artículo 6 “Tiempo máximo de trabajo semanal” se podía leer que “el tiempo promedio de trabajo para cada período de siete días, incluyendo las horas extra, no excederá las 48 horas”. Nuestra ciudad es excepción en Europa. Engrosa un 10% europeo donde la mayor parte de la fuerza laboral se emplea todavía más de 50 horas a la semana. Hécula es una cámara subterránea de miles de operarios mecanizados sobre la que se erige la exultante pirámide del mueble.

Hoy es Primero de Mayo. Las romerías de primavera se festejan en Hécula en el Cerrico la Fuente. Desde una mesa picnic, una joven heculana escribe para los Juegos Florales de su municipio. El certamen literario propone dos temas: Medios para remediar la crisis obrera local y Emancipación material y moral de la mujer. Hace tal calorazo que el horizonte se contonea como una montaña de gelatina derritiéndose. El cielo se tumba sobre nuestros cascos con su azul de dibujos animados y parece que aquellas nubecicas las ha recolectado alguien de la algodonera y las ha pegado allí arriba con gomaeva. El gentío bulle al aire libre, asa carne, remueve las gachasmigas, brinda y participa en el torneo de petanca. El tío Pelayo viene sonriente por los merenderos, el chinarro cruje bajo sus pisadas, trae una cerveza en la mano y un piti en la boca, lleva un sombrero de rafia despeluchao que tiene que picar bastante. “Vamos pal toro mecánico, sobrina”. ¡Síiiiiii! Como suele ocurrir, antes me tendré que tropezar y desollar la espinilla bajo su mirada asombrada. El tío Pelayo me agarra, me sacude el polvo de las rodillas y me levanta en brazos, esto no es ná, murmulla. Hay alegría en la cola para montar en el toro. Retumba “Pastillas de freno” de Estopa en todo el paraje: “...muy pocos ceros en mi nómina ilegal. Yo como he firmao un contrato no puedo parar, parar, pa-pa-pastillas de freno, a toda pastilla...”, y la canturreo de carrerilla. Al tío Pelayo le gusta más Joaquín Sabina.

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