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Gigi Howard

Don Juan Carlos y Doña Sofía mantendrán el título de rey y reina

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Sofía se opuso de forma clara al noviazgo de su hijo con la joven estadounidense, durante la estancia del muchacho en universidades yankis que le prepararon para su precioso futuro. Sofía vive en Londres desde hace muchos años. A ella y a su hermana le pagamos la habitación el resto de contribuyentes nacionales para evitarle el mal trago de ver a su marido pasear con amantes del lujo. 

Sofía no comprendía, o no quería comprender, que las amantes fueran un mal necesario en la familia real. Con el tiempo, la afición londinense le hizo aceptar la situación.

De su marido se puede decir ahora lo que anunciaban en los noticieros sobre los etarras: anda huido. Huido de la ley, no de su mujer, que huyó antes que él a un exilio dorado y húmedo. Hay que ver cómo la vida nos iguala de manera inexorable: “Los que viven por sus manos / y los ricos”.

Porque todo aquel debate rosa sobre las amantes del abuelo no era sino una cortina de humo para desviar la atención pública (y la acción de la Justicia) sobre los negocios particulares del Jefe del Estado (que se ponga la corona donde le quepa), las condiciones de favor y las actuaciones irregulares hacia la Hacienda pública de su país. Iba a decir que a cualquier concejal de pueblo en esa situación le habría tocado arrastrar grilletes, pero Murcia no es precisamente un lugar para tomarse esas alegrías.

A nosotros nos gustaba Gigi Howard. Tenía tipazo y sonreía con gana, no como estreñida, que es como sonríen las princesas de verdad. Nos parecía correcto romper la línea royal con alguien libre y a su aire. Pero llegó Sofía imponiendo su amargura de exiliada, levantando el muro para ocultar el trinque de su marido y dejó desamparado a su muchachito y a todos sus hijos súbditos. Sofía es la mala de la película. Los millones extraviados de su marido le pertenecen, pensaría. La venganza es un plato frío, o algo así, mascullaría en su castellano con acentazo extranjero.

Nos distrajeron con la cintura de Gigi. La realeza siempre tiene a mano un recurso femenino. Pero Gigi era demasiado honesta, creía en el principio fordiano del trabajo en cadena, en la superación personal mediante el esfuerzo, en el dinero como fruto divino. Todo muy fuera de traste para nuestra familia real, heredera del dictador criminal, arropada por la burguesía fascista, financiada por empresarios adeptos al Régimen.

El abuelo ha decidido actuar como aquellos etarras. Se encuentra huido, aunque pone a nuestra disposición a sus abogados para lo que se precise. El caso es que emociona la vitalidad del abuelo, a sus años. 

En nuestro país se perdona el robo, si es por amor. Amor al dinero, claro. La moza es para distraer.

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