Ni con los ayatolás ni con el seguidismo del PP
Las recientes declaraciones de Fernando López Miras sobre el conflicto con Irán no son un desliz: es la expresión de una forma de entender la política exterior basada en consignas binarias. “O con la Unión Europea o con los dictadores iraníes”. El problema es que el mundo no funciona así. Y, sobre todo, el Derecho Internacional no funciona así.
Nadie en su sano juicio está defendiendo al régimen iraní. Nadie está justificando a los ayatolás. Pero plantear el debate en esos términos es intelectualmente deshonesto. Porque el verdadero dilema no es si estamos “con Irán” o “con las democracias”. El verdadero dilema es si estamos con las normas que rigen el orden internacional o con la lógica del poder que permite a las grandes potencias actuar al margen de esas normas cuando les conviene.
España no elige entre bloques emocionales. España está jurídicamente vinculada a la Unión Europea y al sistema multilateral consagrado en la Organización de las Naciones Unidas. Y ese sistema establece algo muy claro: el uso de la fuerza no es una cuestión de afinidades políticas, sino de legalidad. Solo la legítima defensa o un mandato del Consejo de Seguridad pueden ampararlo.
Cuando desde el Partido Popular se exige alineamiento automático con “nuestros socios”, lo que en realidad se está defendiendo es una política exterior subordinada, no una política exterior responsable. Se habla de prudencia mientras se agita la bandera del bloque. Se invoca la estabilidad mientras se normaliza que dos o tres potencias decidan unilateralmente qué es legítimo y qué no lo es.
El líder del PP, quiero creer que Feijóo, ha optado por esa misma senda: convertir la política internacional en una extensión de la batalla interna. Pero el Derecho Internacional no es un eslogan. No es una pancarta que se despliega contra el adversario doméstico. Es el único escudo real que tienen los Estados medianos frente a la arbitrariedad de los más fuertes.
Porque ese es el fondo del asunto que se evita cuidadosamente mencionar: si hoy aceptamos que nuestros aliados puedan actuar al margen del marco multilateral sin consecuencias, mañana no tendremos legitimidad para exigir que otros no hagan lo mismo. Las normas no pueden ser obligatorias para los adversarios y optativas para los amigos. Eso no es orden internacional; es ley del más fuerte con barniz occidental.
La Unión Europea presume, con razón, de ser un proyecto basado en el derecho y el multilateralismo. Pero esa credibilidad se construye con coherencia. Si la respuesta ante cada crisis es cerrar filas sin matices en torno a cualquier acción de Estados Unidos o de cualquier socio estratégico, entonces la llamada “autonomía estratégica europea” es una ficción.
Defender la legalidad internacional no es equidistancia moral. No es blanquear dictaduras. Es, precisamente, lo contrario: exigir que las reglas sean iguales para todos. Si se debilita ese principio, quienes más pierden no son las superpotencias, sino países como España, cuya influencia depende de que existan normas compartidas y no solo correlaciones de fuerza.
La simplificación de López Miras puede funcionar en un mitin. Puede arrancar aplausos fáciles apelando al miedo y al enemigo externo. Pero empobrece el debate público y, lo que es peor, transmite la idea de que la política exterior se reduce a elegir bando sin preguntarse por la legalidad de los actos.
No se trata de estar contra Europa. Se trata de exigir que Europa sea coherente con lo que dice defender. No se trata de simpatizar con Irán. Se trata de no aceptar que el mundo sea gobernado a golpe de decisión unilateral sin control jurídico efectivo. Y no se trata de tibieza, sino de firmeza democrática.
Porque la verdadera fortaleza de Occidente no es su capacidad militar. Es su compromiso con el Estado de derecho. Si ese compromiso se vuelve selectivo, deja de ser fortaleza y se convierte en simple conveniencia.
Y entonces, ya no habrá diferencia real entre el discurso de los bloques y la lógica que dicen combatir.
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