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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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La violencia nunca se fue

El diputado de Vox Antonio Martínez Nieto durante una intervención intervención en la Asamblea Regional de Murcia. EFE/Marcial Guillén

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La semana pasada fue noticia que un diputado de Vox, al que no voy a nombrar por no darle publicidad, ha soltado en sede parlamentaria que había que combatir «incluso con violencia» el aborto y la eutanasia, y hasta a mí -que más bien peco de impulsiva que de prudente- me ha costado reaccionar a sus palabras, pero no por falta de argumentos ni tampoco de memoria, sino porque, en realidad, nada de esto es nuevo.

Son años los que algunas llevamos gritando que en esta tierra se han vulnerado y se vulneran los derechos de las mujeres por pura ideología. Es una realidad documentada, denunciada y sostenida en el tiempo con total normalidad institucional. Y durante todos estos años yo misma he podido comprobar -con datos, con testimonios y con demasiadas historias que aún me pesan y me retumban muy dentro- cómo a las mujeres que necesitaban interrumpir un embarazo se las expulsaba de la sanidad pública. Y no, esto que digo no es una forma de hablar: es exactamente eso. Derivaciones sistemáticas a clínicas privadas, incluso en casos médicos graves, en una región donde prácticamente ningún aborto se realiza en el sistema público. He conocido a mujeres enviadas a cientos de kilómetros de sus casas para interrumpir un embarazo por causas médicas, destrozadas, solas, sin recursos y sin ningún tipo de acompañamiento psicológico. Y también he visto cómo todo eso se negaba, cómo se les daba la espalda, cómo se cuestionaban sus relatos, sus decisiones y hasta su dolor.

He visto cómo se firmaban convenios para perpetuar ese modelo, cómo se colocaba al frente de un comité ético a un ginecólogo antiabortista declarado, cómo se normalizaba la presión en las puertas de las clínicas, cómo se invitaba a rezar frente a ellas desde marquesinas de las paradas de los autobuses públicos de nuestras calles y cómo se toleraban prácticas que no tienen nada de humanas, como pretender obligar a escuchar un latido antes de una intervención. Todo eso lo he escuchado de quienes, al mismo tiempo, decían y dicen con orgullo defender la vida, pero no tienen ningún problema en pisotear la dignidad de las mujeres y convertir sus derechos en un campo de batalla ideológico.

Quizá sea por todo eso que me sorprenda ya poco el escándalo de estos días. ¿De verdad alguien cree que la violencia ha empezado ahora, que ha aparecido de repente porque ese diputado la nombró o incitó a ella en voz alta? La violencia nunca se fue. Ha estado en cada decisión política que ha impedido el acceso real a un derecho consolidado, en cada obstáculo impuesto desde las instituciones, en cada mujer obligada a salir de su entorno para poder decidir sobre su propio cuerpo, en cada intento de culpabilizarla, de señalarla o de hacerla pasar por un calvario innecesario. Y, por supuesto, ha estado también en el silencio y en la comodidad de quienes han preferido no mirarlas, y en quienes han sostenido gobiernos, acuerdos y mayorías a cambio de no cuestionar nada de esto.

Hoy no hablo solo de palabras ni de un discurso político extremista concreto. Hablo de responsabilidades. De años permitiendo que el derecho al aborto no se garantice en la sanidad pública de la Región de Murcia, de años tolerando que quienes deben evaluar estas decisiones lo hagan desde posiciones ideológicas abiertamente contrarias a ellas, de años mirando hacia otro lado mientras se construía un sistema que, en la práctica, nos expulsa, nos señala y nos abandona. Y ahora, de repente, todo son manos a la cabeza. Incluso de los propios cómplices. No cuela.

Señor diputado de Vox sin nombre, sus palabras son odio, pero no son una anomalía en esta historia: son solo la consecuencia lógica de todo lo que se les ha permitido antes y de todo lo que nos han obligado, a nosotras, a las mujeres, a retroceder en esta tierra. Hace mucho tiempo que algunas dijimos que había que seguir gritando, y eso es justo lo que ahora hago frente a quienes, como usted, siguen empeñados en salvarnos del infierno, frente a quienes nos siguen juzgando como a brujas pecadoras, frente a quienes deciden por nosotras o frente a cualquiera que sigan perpetuando este sistema de violencia.

Déjennos en paz. Con nuestros cuerpos, con nuestras decisiones, con nuestros derechos y hasta con nuestros errores. Entiendan ya, los unos y los otros -en esta región, tanto monta, monta tanto, los de Vox como los de Fernando- que, aunque les pese, ustedes no tienen nada que decir sobre lo que siempre ha sido algo nuestro.

Nosotras decidimos.

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