Hace un año yo era militante, secretaria general y portavoz de un grupo municipal en el Ayuntamiento de mi pueblo. Hace un año que podría decirse que parece una vida.
Estábamos en mitad de unas primarias que terminaron mal. Yo apoyé públicamente a uno de los candidatos, aun sabiendo que no era lo que se esperaba de mí. Lo hice después de escuchar advertencias que no eran amenazas explícitas, pero que se entendían perfectamente. Seguí adelante. Escribí un artículo creyendo que hablar claro todavía era posible y a partir de ahí, todo se rompió. Llegó la presión, el miedo y unas amenazadas que terminaron por cumplirse. Primero dimití como secretaria general y, finalmente, dimití como portavoz y me fui del grupo municipal. No porque quisiera, sino porque no podía seguir sosteniendo algo que me estaba rompiendo por dentro.
He releído muchas veces aquel artículo y sigo sin arrepentirme de nada de lo que escribí. No dije ninguna locura. Expresé lo que veía y lo que yo misma había sentido: que los partidos no siempre son lo que dicen ser, que el feminismo se abandona cuando molesta y que el poder se protege a sí mismo. El tiempo, desgraciadamente, me ha dado la razón.
Desde que pasé a ser una mera concejala independiente -o no adscrita- he ido sola a muchos plenos. He sentido el silencio, las miradas esquivas, la incomodidad. Pero, incluso así, he seguido defendiendo lo mismo de siempre y de la misma manera de siempre: a quienes no tienen voz, pero también merecen que se les escuche.
Este año también he conocido el lado más cruel de la exposición pública. Durante meses, una página falsa en redes se dedicó a ridiculizarme y cosificarme a diario. Aún no sé quién está detrás, pero sí sé que duele más cuando el ataque viene de cerca. Como decía aquel “al suelo, que vienen los míos”.
He visto cómo mi izquierda guarda silencio cuando menos debería. En mi región, se ha planteado retirar un reconocimiento honorífico a Pedro Costa, un hombre que ha dedicado su vida a defender el medioambiente y que logró que en Cabo Cope no hubiera una central nuclear. Y, sin embargo, no ha habido una defensa firme y clara frente a esta injusticia. Y he visto cómo, en ese mismo pleno, se votaba retirar honores a un dictador como Francisco Franco, responsable de décadas de represión, fosas comunes y exilio, y de nuevo, quienes más deberían haber intervenido, volvieron a no decir nada. Silencios que pesan y que dicen mucho.
Y, por desgracia, todo esto lo he visto no solo en lo local o regional. Lo he visto a escala global. En un año en el que hemos asistido a la masacre del pueblo palestino en la Franja de Gaza, también hemos tenido que ver y escuchar los silencios más vergonzosos. De los que más delatan. Y por eso creo que hoy, más que nunca, hay que decir quién es cada cual. No pasa nada por pensar. No pasa nada por posicionarse. No pasa nada por contar la historia como sucedió y explicar a nuestros jóvenes de dónde venimos. El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.
Las Navidades me encontraron en hospitales. He visto a mi madre debatirse entre la vida y la muerte y he comprobado cómo la sanidad pública de la Región de Murcia se debilita mientras se deriva a centros concertados sin medios suficientes. Por fortuna, también he vivido el alivio inmenso de tenerla hoy conmigo.
Por eso terminé el año agradecida y triste a la vez. Agradecida por la gente que me sostiene y me empuja a no callarme. Triste porque sé todo lo que se ha puesto en riesgo por comodidad, por miedo o por cálculo.
Sigo creyendo en la política. Sigo creyendo en la justicia social. Sigo creyendo en la igualdad. Y sigo creyendo que decir la verdad, aunque incomode, es la única forma honesta de hacer política.
Ojalá este año que acaba de empezar seamos menos cómodos y más valientes.
Ojalá sepamos posicionarnos.
Ojalá no tengamos que volver a aprenderlo todo a base de perderlo.
0