No estar también es política
Ha acabado la Semana Santa. Días de tradición, pero también de reflexión sobre lo que somos como sociedad y lo que decidimos mantener, cambiar o cuestionar. Yo siempre digo que las tradiciones, por muy arraigadas que estén, no son intocables, sino que evolucionan -o deberían hacerlo- al ritmo de un mundo que también cambia. Para mí este año ha sido una Semana Santa muy distinta a las últimas. No solo porque no haya salido en ninguna procesión como miembro de la Corporación que sigo siendo, sino porque tampoco he salido siquiera a verlas. Me he quedado en casa, y no por desinterés, sino precisamente por todo lo contrario, porque tenía la necesidad de parar, de escucharme y, sobre todo, de entender. Habrá quien piense que salir en ellas forma parte de mis obligaciones como cargo público. Es un debate legítimo en el que no voy a intentar convencer a nadie. Pero también lo es preguntarse qué significa realmente representar y hasta qué punto esa representación debe imponerse incluso cuando entra en conflicto con lo que una es y lo que piensa. Y antes de dar todas esas explicaciones hacia fuera, a veces a una le toca encontrarlas dentro. Y es lo que he estado haciendo.
Durante años, la mayoría de cargos públicos -de todos los colores- hemos estado presentes en procesiones y actos religiosos desde el respeto institucional. Se sigue haciendo. En mi caso, han sido más de diez años, como concejala y como diputada, e incontables las procesiones a las que he asistido. Siempre he entendido que había algo que estaba por encima de cualquier duda mía personal: los creyentes del partido que representaba, la tradición, la fe y el respeto colectivo. Y desde ahí estuve, incluso cuando no todo me encajaba por dentro. Pero hay momentos que te lo remueven aún más todo. Que te obligan a recolocarte y a replantearte dónde estás y por qué. Salir de un partido y dejar de responder a unas siglas no es solo un cambio político, es también una oportunidad -o más bien una responsabilidad- de ser todavía más honesta contigo misma. Y en ese proceso es cuando te surgen este tipo de preguntas incómodas, constantes e inevitables.
En los últimos meses se han abierto debates incómodos de los que he participado sin ningún temor. Algunos, como el del burka, donde señalar la opresión y la invisibilidad de muchas mujeres sigue generando silencios estratégicos dependiendo de a quién afecte o cuándo convenga hablar. Otros, mucho más cercanos, como el de la elección de Reinas de las fiestas, donde he defendido que se sigue exponiendo a niñas y adolescentes a ser valoradas por su físico mientras se habla, en paralelo, de cuidar mucho más la salud mental o de defender la igualdad. Tradiciones que están tan profundamente arraigadas que, cuando se cuestionan, encuentran resistencia incluso en quienes defienden discursos que deberían ser coherentes con esas críticas. Sin embargo, también he comprobado que la realidad aquí es muy compleja. Muchas de esas niñas y jóvenes lo viven con tal ilusión que forman parte de ello sin cuestionarlo y asumen como normal participar en unas tradiciones que incluyen vestirse de una determinada manera, portar símbolos religiosos o cumplir con roles que rara vez se les explican. Sé que todo esto no invalida la pregunta de fondo, pero sí la hace -creo- más incómoda, porque, según la mayoría: ¿hasta qué punto lo que se acepta con tanta normalidad debería revisarse? Y es ahí donde yo salto porque lo que creo es que, por muy normalizada o arraigada que una tradición esté en un pueblo, quienes tenemos responsabilidad política debemos preocuparnos por sus consecuencias y no escabullirnos con cobardía entre la opinión generalizada de las masas.
Y a todo esto le vuelvo a sumar el recuerdo del último pregón del mayo pasado en un acto público, financiado con dinero público, donde se lanzaron mensajes que cuestionaban directamente los derechos de las mujeres y donde lo más significativo no fue solo lo que se dijo, sino lo que no vino después: ni disculpas, ni rectificaciones, solo la justificación de que también hay quien piensa así y que también hay que representarlos. Cuando los derechos entran en conflicto con los votos, el silencio suele inclinar la balanza. Ni lo he olvidado ni creo que deba olvidarse. Aunque, mientras algunas decidimos no hacerlo, parar y reflexionar sobre qué significa estar, otras formas de representar lo público no solo se normalizan, sino que hasta se celebran. Ahí está el ejemplo del presidente de la Región participando como parte activa de un desfile en Lorca, subido a una cuadriga y encarnando un papel dentro de la propia escenificación. Y claro, ahí las preguntas se me vuelven inevitables: ¿qué se considera representar y qué no? ¿Y quién decide dónde está el límite?
En todo este contexto, queriendo como quiero a mi pueblo y sin olvidar en ningún momento dónde estoy, lo que intento explicar es que no siempre es fácil ocupar determinados espacios. No cuando se sabe de antemano que una postura incómoda, como han podido ser las mías, genera rechazo, silencios… ni cuando tu presencia puede interpretarse como una validación de todo lo que ha ocurrido o hasta reabrir heridas no curadas. A veces, no estar también es una forma de posicionarse. Y dejo claro que nunca desde el desprecio, sino desde el respeto, pero también desde mi mayor coherencia.
Para mí representar a tu pueblo no debería implicar nunca el renunciar a ser una misma. Ni callar cuando sientes que te toca hablar. Ni estar cuando lo que tienes son dudas o conflictos como estos. Quizá la verdadera responsabilidad no esté solo en acudir a un acto, sino en saber por qué se está -o por qué no- en esos determinados lugares.
Equivocarse forma parte del camino. Pero hay algo que debería pesarnos más que cualquier acierto calculado y son nuestros propios principios. Esos que no siempre son cómodos, que a veces tienen un coste demasiado alto, pero que también te permiten poder seguir reconociéndote o que los que de verdad te respetan o te quieren sigan sin sorprenderse cuando no te ven en según qué sitios, como el que tampoco se muevan de tu lado por muchos tropiezos que sigas dando.
Y ya que han empezado las Fiestas de Primavera de Murcia, recuerdo también que hay otros temas que siguen igual. Que hay colectivos como la Agrupación Sardinera de Murcia que continúan recibiendo subvenciones públicas mientras mantienen prácticas que excluyen a las mujeres de participar en igualdad, como subir a sus carrozas o formar parte activa de los desfiles. Y como pienso exactamente lo mismo que siempre al respecto, seguiré sin verlos ni mucho menos aplaudirlos. Gota a gota o verso a verso, quizá algún día haya tradiciones tan machistas como estas que alguien se atreva a cuestionar cuando entre a formar parte del gobierno de un ayuntamiento. Hasta el momento, incluso pudiendo haber sido, eso no ha ocurrido, pero seguiremos esperando el milagro.
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