La Cárcel Vieja: Cultura sí, memoria no
El Alcalde de Murcia pretende inaugurar el próximo 26 de marzo la segunda fase de rehabilitación con una gran exposición. La operación se presenta como un éxito de recuperación patrimonial y un paso más para convertir el edificio en un espacio cultural de referencia. Sin embargo, tras el discurso institucional hay una ausencia difícil de justificar: el espacio de Memoria Democrática que exige su declaración oficial como Lugar de Memoria sigue sin existir.
No se trata de un detalle menor ni de una cuestión simbólica que pueda resolverse con una placa o un panel improvisado. La declaración de la Cárcel Vieja como Lugar de Memoria Democrática implica obligaciones claras: preservar el significado histórico del lugar, explicar públicamente lo que allí ocurrió y dignificar a las víctimas de la represión.
La memoria no es un adorno que pueda añadirse después de inaugurar el edificio. Forma parte esencial de su identidad.
Porque la Cárcel Vieja no es un contenedor cultural cualquiera. Durante décadas fue uno de los principales espacios de represión franquista en la Región. Por sus galerías pasaron miles de presos políticos tras la Guerra Civil: republicanos, sindicalistas, militantes de partidos democráticos o simplemente ciudadanos denunciados por su entorno. El edificio que hoy se presenta como icono cultural fue durante años un instrumento de castigo y silenciamiento.
Hay además un episodio histórico que ilustra hasta qué punto la represión impregnó todo el entorno del penal. En plena dictadura, el cercano convento de las Agustinas fue cedido por el obispo de la diócesis para ampliar el recinto penitenciario y adosarlo a la cárcel. Aquella cesión permitió reforzar un sistema pensado para encerrar a quienes habían sido derrotados políticamente. La Iglesia colaboraba así, de manera directa, en la maquinaria represiva del régimen.
Con estos antecedentes, inaugurar una fase decisiva de la rehabilitación sin haber definido ni ejecutado el espacio de memoria no es una simple omisión técnica. Es una decisión política.
Durante años, los gobiernos del PP han mostrado un desinterés persistente frente a las políticas de memoria democrática. Cuando no las han bloqueado directamente, las han relegado a un segundo plano o las han vaciado de contenido. La historia reciente de España está llena de ejemplos: leyes sin presupuesto, proyectos paralizados y lugares de memoria convertidos en promesas aplazadas.
La Cárcel Vieja corre ahora el riesgo de convertirse en otro caso más de esa política de desmemoria. Se rehabilita el edificio, se programan exposiciones y se inaugura con titulares culturales, pero se posterga aquello que obliga a mirar de frente la historia de la represión.
El problema no es que la cárcel se transforme en un espacio cultural. Sería deseable que lo fuera. El problema es hacerlo como si el pasado incómodo del edificio fuera un obstáculo que conviene diluir entre exposiciones y actividades culturales.
La memoria democrática no puede tratarse como una nota a pie de página en un proyecto arquitectónico. Es una responsabilidad pública. Y en un lugar como la Cárcel Vieja, esa responsabilidad es aún mayor.
Murcia puede convertir este edificio en un gran espacio cultural. Pero si lo hace sin asumir plenamente la memoria de quienes fueron encarcelados entre sus muros, la ciudad no estará inaugurando un lugar de cultura: estará inaugurando un elegante ejercicio de olvido.
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