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Estudiantes

Muchos lunes han pasado desde que en tiempos de la República se hiciera un gigantesco esfuerzo por mejorar y democratizar la educación en España. Nos cuenta Luis García Montero en su libro Inquietudes Bárbaras, y recogiendo el testimonio del ministro republicano de Estado Álvarez del Vayo, cómo cuando se desmorona la Monarquía estaban en funcionamiento unas 37.000 escuelas, pero para aproximadamente tres millones de niños no había ninguna.

En los dos primeros años de la República se construyeron 10.000, y lo que es más prodigioso, en los primeros 18 meses de guerra, hasta diciembre de 1937, se abrieron otras 6.000 escuelas. Como dice Luis García Montero, “el orgullo republicano suponía una legitimización ética de las aspiraciones que la España leal había defendido entre 1931 y 1939”.

La educación pública es aún, y debiera seguir siendo, el eje vertebrador de la democratización necesaria, la oportunidad verdadera para el ascenso social, para la mejora en las condiciones de vida en base a los propios méritos y capacidades. No es verdaderamente posible imaginar una sociedad profundamente democrática que no asegure, en las mejores condiciones, el acceso igualitario a las instituciones formativas de carácter público.

La sociedad, además, sabe perfectamente que la mejora constante de las instituciones educativas públicas representa la mejor garantía para que lo que es de todos sirva bien a todos. Los impuestos justamente pagados por todos debieran servir para dotarnos así de servicios públicos esenciales ejemplares.

Pues bien, en estrecha relación con el problema educativo general y la cuestión democrática, se encuentra la formación hospitalaria en particular. Los hospitales públicos estatales y regionales vienen contribuyendo desde hace muchos años, en la medida de sus posibilidades, a la formación de estudiantes de Ciencias de la Salud y de Medicina en particular. Con enormes dificultades se están atravesando estos años de recesión e impuesta austeridad, pero con más voluntad que medios se van sacando los cursos adelante.

La historia de los médicos internos residentes resulta aleccionadora, y este sistema de formación permitió desde un primer momento la plena homologación con otros países europeos. La objetividad de la pruebas de acceso, el sistema de formación hospitalaria con responsabilidades crecientes, o la participación de profesionales experimentados en las tareas docentes, han permitido ir formando cada vez mejores profesionales.

 

No entra en la lógica democrática poner a disposición de la UCAM los hospitales públicos

 

Sin embargo la formación de estudiantes y residentes se encuentra aún, desde una perspectiva histórica, en fase embrionaria y no se les puede dedicar, por las necesidades asistenciales más acuciantes, ni el suficiente tiempo ni el necesario personal ni la suficiente atención, y los esfuerzos en Investigación son aún en gran parte anecdóticos.

Así las cosas, alguien nos quiere convencer ahora que en base a cierto convenio que establece el Gobierno Regional con una institución privada como es la UCAM, se pueda poner a su disposición los hospitales públicos de la Región para la formación de estudiantes privados, y encima esta especie de alquiler de bienes, estructuras, redes, personas y servicios se realiza a tan bajo precio que inquieta hasta las más cándidas de las más confiadas de las almas.

¿En qué beneficia todo esto a los estudiantes de la Universidad Pública? ¿Y a los residentes? ¿Y a los docentes en su conjunto? ¿Y a la sociedad? ¿Y a nuestras aspiraciones democráticas? Pues en nada de nada, os lo puedo asegurar.

No, no entra en la lógica democrática poner a disposición de la UCAM los hospitales públicos y centros de salud ni a ese precio ni por diez veces más. Los hospitales públicos son de la sociedad murciana, son para que los estudiantes de la Universidad pública los aprovechen para una deseable cada vez mejor formación. Ni hay espacio para compartir ni se puede hipotecar la previsible y necesaria mejora de la docencia a estudiantes y residentes. No es un buen negocio alquilar lo público a intereses privados.

Tampoco es mi intención cuestionar aquí ni ahora el derecho a impartir Estudios Superiores por Instituciones de orden privado, pero creo que debieran buscar la asistencia de hospitales privados para llevar a cabo sus planes de estudio.

La escuela, ya sea en el último caserío de la Región o en forma de la Facultad más prestigiosa, es un bien que acompaña nuestras vidas y nuestros recuerdos hasta el fin, como posiblemente pudo evocar Machado cuando en un pequeño trozo de papel, garabateó lo que ya hoy es su último verso: “Estos días azules y este sol de infancia…”

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