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REGIÓN DE MURCIA

El porvenir, o lo que está por venir

Cuando todo esto acabe habrá que hacer frente al porvenir con prácticas más amables con nuestro entorno y con el resto de habitantes del planeta, e insistir en la importancia de los afectos, y de la universalización de todos los servicios básicos

Una mujer con mascarilla en el metro de Bangkok Tailandia

Una mujer con mascarilla en el metro de Bangkok Tailandia Adryel Talamantes/ZUMA Wire

Dos semanas de aislamiento dan para pensar y recibir información y desinformación suficiente como para hacer una síntesis, o al menos un intento, de lo que se cuece en torno a un fenómeno que se parece más a una película de catástrofes de serie B, o a un capítulo de la serie 'Black Mirror', que a la realidad que nos ha tocado vivir, y que es muy probable que haga tambalear el modelo actual.

 Del conjunto de reflexiones que se pueden extraer, yo destacaría cinco ideas:

1. En primer lugar me referiré a una circunstancia que se encuentra en una expresión muy repetida estos días, "esta epidemia está sacando lo mejor y lo peor de la gente”". Ciertamente las situaciones de crisis provocan un estado de exaltación que hace brotar estados contradictorios. Asistimos, por un lado, a la creación de multitud de redes de voluntarios y voluntarias en barrios y ciudades que se ofrecen para proporcionar ayuda a sus vecinas y vecinos; personas que dedican su tiempo a elaborar material para abastecer a los hospitales; muestras de compasión y solidaridad en el reconocimiento del valor y la atención que merece la generación de abuelos y abuelas; profesionales de distintos sectores con jornadas de infarto; o personas que ofrecen, a través de las redes, lo que tienen (sus talentos) para hacer más llevadero el encierro para el resto. Y, en el otro lado, encontramos actitudes autoritarias y represivas por parte de la población civil: control y militarización por parte de la población, que acusa, sin conocimiento de causa, a quienes actúan contra un sentido general impuesto, una moral universal incuestionable; muestras de rechazo a las personas infectadas; la desconfianza ante el otro; y la ceguera frente al abuso de poder.

2.En segundo lugar quiero destacar la vulnerabilidad de una parte importante de la población. Se abre la brecha entre insiders y outsiders, entre las personas que poseen una relación laboral estable, y quienes se encuentran sumergidas en la precariedad. Grupos condicionados por rasgos de clase, género y etnia. Las primeras tienen una situación de seguridad y/o unos empleos adaptables a otros formatos compatibles con el aislamiento; las segundas se ven estranguladas, o simplemente imposibilitadas para soportar un parón de su actividad. Este es un punto importante porque hay demasiada gente sobreviviendo en el sector informal, que no puede permitirse un largo periodo de confinamiento, lo que constituye una bomba de relojería que podría desencadenar conflictos sociales de gran calado. En un contexto internacional explica las limitaciones de los países pobres, la enorme dificultad de estos para llevar a cabo políticas de aislamiento. Además sus maltrechos sistemas de protección añaden la falta de una atención adecuada, o la implementación de ayudas como las que se barajan en los países del norte, como las rentas mínimas universales.

3. En tercer lugar sale a la luz la importancia de los cuidados. Vemos que, efectivamente, como señala Mari Ángeles Durán, el sistema económico visible (la punta del iceberg) se apoya sobre los cuidados. Somos seres dependientes durante toda o parte de nuestra vida, de forma natural en los primeros y últimos años de nuestra existencia, y de manera excepcional (o quizás a partir de ahora ya no tan excepcional) a través de todo el ciclo vital. Las actividades que no pueden detenerse, y que realmente constituyen un beneficio para el conjunto de la sociedad, son aquellas destinadas a la protección y el cuidado de las personas, sean las que se encuentran reconocidas por la economía formal o por la informal. Extender el afecto y la empatía constituye una práctica saludable, y pone de relieve la superficialidad de valores como la agresividad, la competencia, el individualismo, y, en fin, todo aquello que permea el modelo que impone una sociedad centrada en el consumo y el dinero.

4. En cuarto lugar encuentro interesante, o al menos recreativo u ocioso, el análisis respecto al origen y consecuencias de esta pandemia. La emergencia de teorías de la conspiración merece un apartado, por la amplia difusión que ha producido en las redes sociales. Entre ellas: la que culpabiliza a China, que conociendo el riesgo no actuó a tiempo movida por su deseo de controlar el mundo; la que atribuye la pandemia a un ataque biológico introducido por parte de Estados Unidos para recuperar su liderazgo; la que advierte de la creación de un escenario donde poner en práctica una doctrina de shock, de pánico, para realizar ajustes; o incluso la que alude a una invasión extraterrestre. Sin duda todas ellas pueden ser dudosas en cuanto a la atribución del origen y la responsabilidad, pero ello no excluye el hecho de que la situación ofrece un escenario que bien puede servir de laboratorio para poner en práctica políticas de sometimiento, y para elaborar estrategias para hacer frente a otras crisis abiertas. Vemos una aceptación de recortes en derechos y libertades; una sumisión frente a los poderes; la militarización de la sociedad; y una tolerancia tácita hacia la suerte que les depara esta tragedia a algunos colectivos. Asustados ante la muerte pierden fuerza o desaparecen los movimientos abiertos por la solidaridad con los refugiados, con los países de sur, con los desheredados; se olvida la desconfianza en unas instituciones que han globalizado la miseria de la clase trabajadora; o se aparca la emergencia climática y ambiental.

5. En relación con esto último, quiero subrayar, finalmente, la conexión que existe entre la emergencia de pandemias y la crisis ambiental. La idea de dominación de la naturaleza, bajo la premisa de la razón al servicio de los intereses económicos, está puesta en entredicho desde hace décadas, aun cuando su atención y aceptación mayoritaria es bastante reciente. A esta brevedad temporal se añade la centralidad concedida al cambio climático y a la necesidad de reconversión de las fuentes de energía, asuntos que han dominado el escenario mediático de la alarma ambiental, ocultando muchas otras prácticas ecocidas de enorme impacto. El cambio climático es importante, pero no es lo único que nos lleva a una situación de colapso, y que amenaza la salud. La modificación y destrucción de los ecosistemas con prácticas como la tala, la construcción de infraestructuras megalómanas, la minería, o la caza y comercio de especies silvestres, constituyen otro riesgo importante, un posible traspaso de virus desde sus anfitriones originales a nuevos huéspedes, como señala David Quammen, anticipándose a lo que ahora nos sucede. Quizás el Covid-19 sea solo un preludio de otras pandemias masivas.

Cuando todo esto acabe habrá que hacer frente al porvenir con prácticas más amables con nuestro entorno y con el resto de habitantes del planeta, e insistir en la importancia de los afectos, y de la universalización de todos los servicios básicos. Esperemos que así sea.

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