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Quico, uno de los últimos guerrilleros antifranquistas: “La dignidad de los represaliados tiene que ser reconocida”

Francisco Martínez-López, El Quico, en Cartagena

Elisa M. Almagro


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En una cafetería de Cartagena, con mobiliario y público desparejado por igual, se congregaron jóvenes y mayores a escuchar las vivencias de Francisco Martínez-López, alias Quico, conocido como el último maquis del Bierzo. En nombre de la Guerrilla Antifranquista, Quico recogía el premio a la Memoria Histórica de la Región de Murcia 2022 otorgado por la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia. Quico reconoce sentirse reconocido por la sociedad, pero recuerda que es deber del Estado “judicializar y condenar los crímenes de lesa humanidad” llevados a cabo por la dictadura: “Si el Gobierno que sustituye a la dictadura no juzga estos crímenes, es cómplice en la violación de derechos humanos”, sentencia.

Antes de unirse a las filas de la guerrilla, Quico -que nació en el Bierzo el 1 de octubre de 1925- era un niño que creció en una familia republicana de campesinos y de mineros implicada en la red de enlaces del movimiento guerrillero de León y Galicia: “Participé como niño en las elecciones de 1936 para el Frente Popular con mi madre y las mujeres de mi pueblo, tendría 11 años”. 

Francisco creció con unos valores que siente deber transmitir al mundo, “por imperativo moral”, hasta el último momento. Unos valores que le transmitieron los adultos que pasaron por su vida durante su niñez, como su maestro republicano, desaparecido tras la guerra: “Más allá de la enseñanza, también me transmitió fórmulas de cómo uno debe comportarse en sociedad en términos de solidaridad y compañerismo. Una caridad superior”, describe.

Tras el estallido de la guerra comienza a ser partícipe de la red de los maquis, hasta que la policía lo descubre realizando trabajos clandestinos: “Cuando descubrían a alguien que estaba en contacto con el movimiento guerrillero le torturaba o le aplicaba la ley de fuga. A mi compañero le aplicaron la ley de fuga y le pegaron cuatro tiros simplemente por ser colaborador del movimiento guerrillero”, asegura. Para no correr la misma suerte, Quico escapa y se incorpora a la guerrilla, en el momento en que se forma la segunda agrupación del Ejército Guerrillero, vinculada al Partido Comunista de España.

“Fui tan guerrillero antes de coger las armas como después. Alguien que colabora con un movimiento armado está más en peligro cuando no lo hace con la fuerza, porque no se puede defender”, reflexiona Francisco, que denuncia que su familia fue torturada: sus padres, sus hermanos, y hermanas, así como otras muchas familias víctimas de la represión fascista: “Todo eso era violencia continuada de un régimen contra su pueblo para reprimir un movimiento por la libertad, por la República”.

Ahora, Quico aspira “a las causas que me han motivado desde niño a una sociedad libre, fraterna e igualitaria” y exige que el Estado judicialice los crímenes de cometidos en la Guerra Civil y en la dictadura franquista: “A mí me consta que en los archivos soy un terrorista. No me molesta porque es un vocabulario fascista, es lo que me llamó el franquismo. Pero las decenas de miles de personas que han sido asesinadas merecen que se les rehabilite, que se reconozca que eran personas dignas”, reclama. “Para reconocer que eran personas dignas y que hubo asesinatos de lesa humanidad hay que repudiar y condenar el franquismo. Y por eso es la judicialización que exigimos desde el movimiento asociativo. No solamente es humano, son las bases de una cultura democrática”, explica Francisco.

Quico percibe esta reclamación como “el eco de una sociedad que no está conforme”, porque no se le da a opción a cancelar todo un pasado que ha sido “dramático”: “¿Qué podemos transmitirle a una juventud sobre lo que ha sido el pasado si un gobierno que se llama democrático no repara lo ocurrido desde el punto de vista moral y jurídico?”, se pregunta.

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