Una cariñosa retrospectiva que se pierde en el camino
De la misma forma que un escritor no puede escribir de lo que no sabe, un director de cine no puede filmar lo que no ha vivido. En muchos casos, y aunque suceda con pelos y señales, esta experiencia sucede en la intimidad creativa de su cabeza; de ahí su virtud para hacerlo realidad. Ya sea juntando letras o planos. ¿Pero qué ocurre cuando la historia a contar es tu propia historia? La experiencia adquirida a lo largo de muchas horas entre butacas me convence que el resultado suele ser diverso, y que la tentación de contar todo puede provocar que se cuente menos.
Érase una vez en Euskadi es un claro ejemplo de ello. La película solo existe porque la cabeza y el cuerpo de Manu Gómez ya han estado ahí. Y han estado los suficientes años como para preocuparse por todos y cada uno de los detalles que pueblan sus recuerdos. Somos como son donde vivimos. Y Érase una vez en Euskadi es una cariñosa retrospectiva a la infancia del cineasta y a la sociedad que le moldeó: la de los años de plomo en Euskadi. Años grises, color plomo y color violencia; como la pintada roja que llena la única pared que no está ocupada con carteles políticos y que se cuela como atrezzo de las inocentes conversaciones entre los cuatro niños protagonistas sobre qué pelota de antidisturbios es la mejor para jugar.
Para su defecto, tal meticulosidad comienza a acusar cansancio a mitad de película y a quedar en segundo plano en favor de un enfoque más individual. El del juego de miedos y alegrías que es la vida para cuatro niños. Una apuesta llevada a cabo con relativo éxito en su concreción, pero que indirectamente aísla el foco del contexto del que la película presume en su propio título y compromete gran parte de la atención que ya había ganado. Tanto que los existentes destellos de calidad; sean técnicos, estéticos –incluidas referencias a los más cinéfilos– o hábiles juegos paralelos entre la común definición de “sufrimiento”, quedan desterrados a la mera anécdota.
Érase una vez en Euskadi es un decente retrato universal de la infancia, y quizá ese es su mayor defecto. El de la pérdida de la palabra clave de su título, Euskadi, en favor de una idea más concreta y unos puntos de giro a brocha gorda. Un punto de vista que prometía levantar interés, pero que acaba cayendo en lo más común del drama familiar y que echa a perder todo el respirar social que la cabeza de Manu Gómez estaba dispuesta a darnos, pero que no ha logrado dar con el cómo.
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