“Los bebés no caducan a los dos días”: por qué hay padres que no quieren visitas en el hospital después del parto
Laura tiene dos hijas y en ambos pospartos prefirió que no hubiese visitas en el hospital cuando ellas nacieron. “Lo hicimos para priorizarnos a nosotras como familia, para proteger a las bebés y a mí también, que estaba reventada”, explica. La conversación con su familia extensa para explicárselo no fue fácil: “Siempre hemos sido los raritos porque ponemos límites, así que en este caso lo mismo: lo respetaron porque se lo pedimos pero no les sentó nada bien”.
En el caso de Paula, sus dos pospartos inmediatos fueron completamente diferentes, marcados por la pandemia del covid. “Con mi primer hijo tuve la habitación como si fuese una caseta de la feria de abril. No supe ponerle freno y lo pasé fatal. Así que lo mejor que me pudo pasar con mi segunda hija es que naciera en plena pandemia, con las visitas prohibidas, y tengo un recuerdo precioso de estar los tres conociéndonos en calma”, recuerda.
Cada vez son más las madres recientes o parejas que deciden pasar en la intimidad la estancia en el hospital tras el nacimiento del bebé, e incluso la llegada a casa. Las visitas durante los primeros días (e incluso las primeras horas), que han sido durante años la norma social más extendida, empiezan a ponerse en cuestión, también por parte del personal sanitario. La tranquilidad de la madre y el bebé para conocerse, la necesidad de recuperarse ambos del parto y el riesgo de contagios son los factores principales para desaconsejar este uso social.
Con mi primer hijo tuve la habitación como si fuese una caseta de la feria de abril. No supe ponerle freno y lo pasé fatal. Así que lo mejor que me pudo pasar con mi segunda hija es que naciera en plena pandemia, con las visitas prohibidas
Visitas cero o muy limitadas
La pediatra Teresa Escudero recomienda insistentemente limitar los contactos en los primeros días: “Lo ideal sería que no viniese nadie al hospital”, afirma tajante. Incluso ha llegado a ofrecerles a las madres recientes servirles de “excusa” ante su entorno: “A veces les digo que les pidan que no vengan porque lo dice la pediatra”, asegura entre risas. Pero se pone seria para hablar de los riesgos que pueden acarrear esas visitas: “Las primeras horas de un bebé en el mundo son delicadas. El sistema inmune es aún inmaduro y el contacto con virus y bacterias de desconocidos es peligroso”, explica.
Un criterio en el que coincide la matrona Yulema Cochete: “Nosotras insistimos en que cuantas menos visitas mejor, y si las hay, que sean cortas y responsables. Es muy importante el agarre del bebé a la lactancia, la recuperación de la madre y evitar contagios. Un bebé nace con muy pocas defensas, así que hay un riesgo real de contagio”, asegura. Ella invita a las familias a posponer las visitas y a “darse un paseo” o “tomarse un café” una vez que ya estén asentados en casa.
La ginecóloga Patricia Pinto trabaja en la planta de maternidad de un hospital y además está embarazada de su segundo bebé. “Es un tema al que doy muchas vueltas últimamente, tanto por mi trabajo como por mi implicación personal”, comienza. Como profesional, ha visto habitaciones “atestadas de gente, con visitas larguísimas de hasta dos y tres horas”, afirma. “Eso no es para nada beneficioso, porque las visitas no siempre llegan en el momento oportuno y hay muchas cosas importantes que atender en las primeras horas. Además, la planta de maternidad debería ser un lugar tranquilo para todas las mamás y bebés, libre de ruidos y de posibles contagios”, expone. Y lanza una reflexión: “Las mujeres suelen estar ingresadas 48 o 72 horas, ¿hasta qué punto es necesario visitar a la madre en esos dos días?”, se pregunta.
Lo ideal sería que no viniese nadie al hospital
Para la ginecóloga Pinto, este tema debería ser regulado desde los propios hospitales, y utiliza también como ejemplo la pandemia del covid: “Muchas madres me han contado que la pandemia fue maravillosa, al blindarse las 48 horas de posparto inmediato, sin visitas, lo que les permitió cuidar mucho la conexión familiar”. “Personalmente creo que debería haber una política de visitas cero las primeras horas, y luego ya en casa que cada uno haga lo que quiera. Pero como quizás esto sea demasiado tajante, como medida intermedia se podrían restringir las visitas a un máximo dos personas, muy allegadas, y en franjas horarias determinadas”, explica.
En el caso de que haya visitas, la pediatra Teresa Escudero también propone regularlas y establecer una serie de normas con las personas que vengan: “Si vas a ver a un bebé de menos de un mes, lávate bien las manos y, si has fumado, también hay que lavarse la boca y enjuagarse la lengua. Y algo muy importante: no se besa a los bebés. Ni en la cara, ni en las manos, ni en los pies. Solo se les toca con las manos bien limpias y solo después de que mamá nos dé permiso. Y solo se les coge en brazos si mamá da su permiso explícito, pero vuelve con mamá si ella lo pide, ni un segundo después”. Otra de las recomendaciones que hace Escudero a las madres a las que acompaña es que hagan un plan de posparto “en el que se establezca quién quiere que la acompañe, quién se encarga de la logística y quién echa a la gente de la habitación o de casa si la madre no quiere visitas”, afirma.
Nosotras insistimos en que cuantas menos visitas mejor, y si las hay, que sean cortas y responsables. Es muy importante el agarre del bebé a la lactancia, la recuperación de la madre y evitar contagios
¿Cómo hablarlo con el entorno?
La psicóloga perinatal Marta Fernández coincide en recomendar a las madres que, antes de que nazca el bebé, piensen qué querrán hacer después: “Es importante hacer un plan antes del nacimiento. Que pensemos qué creemos que vamos a necesitar y que en la medida de lo posible lo comuniquemos antes a nuestra familia y amigos, porque en ese posparto inmediato la asertividad y la gestión de estas cosas no van a ser nuestra prioridad”, empieza. También recomienda buscar aliados: “Por ejemplo, la pareja, si la hay, puede ser el encargado de gestionar estas visitas”.
La psicóloga cree que la gestión de los primeros días puede impactar en la salud mental de la mamá y el bebé: “Si pensamos en el bebé, su único hábitat es su madre, y cuantos más estímulos y más ruidos, más dificultades puede tener para adaptarse a esta transición que ya de por sí es difícil. Si pensamos en la madre, debemos pensar realmente en ella, olvidándonos del deseo que podemos tener de participar en esos días”, asegura. Por eso Fernández invita a despojarse de la culpa: “Nadie tiene derecho sobre esos momentos y no se los debemos a nadie. Hay mucho tiempo en la vida de los niños y las niñas para ser cuidados y visitados, no caducan a los dos días”, afirma tajante.
Nadie tiene derecho sobre esos momentos y no se los debemos a nadie. Hay mucho tiempo en la vida de los niños y las niñas para ser cuidados y visitados, no caducan a los dos días
Lorena (pseudónimo) sabía que no quería visitas en los primeros días, así que tuvo una conversación “tranquila” con sus padres, que la comprendieron y respetaron. No sucedió lo mismo con el resto de la familia, tal y como recuerda ella: “Tuve un parto inducido con fecha programada, así que mis padres, que viven en otra ciudad, me preguntaron qué quería que hiciesen ellos. Les expliqué que los primeros días prefería que fuesen sin visitas, porque quería tener margen para recuperarme tranquilamente y atender bien al bebé sin otras preocupaciones”. Así lo hicieron los abuelos maternos, pero la familia de su marido no respetó la decisión: “Ellos no contemplan los límites, estuvieron en la habitación durante todo el tiempo de visitas. Incluso llegaron a comentar que habían leído un artículo en prensa con recomendaciones para las visitas –no más de 30 minutos, no besar al bebé, no usar perfume, etc–, pero dijeron que eso no aplicaba a los abuelos”, recuerda.
Sofía tiene dos niñas que nacieron hace cuatro y dos años. En ambos casos, pidió con anterioridad que nadie fuese a verles: “Lo tuvimos claro desde el primer momento: no queríamos visitas en el hospital. De hecho a mis padres ni siquiera les avisé hasta que ya había dado a luz. El primer parto fue regular, tuve muchísimo dolor y prefería estar tranquila, no me apetecía tener a nadie en la habitación. En el segundo, lo mismo: como no sabía cómo iba a ir, no quería que viniese nadie”, reflexiona. Años después, cree que tomó la decisión correcta: “Esa fue nuestra opción, muy pensada, y estamos contentos de haberla tomado”, concluye.
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