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Alí y la sombra de Don King

La muerte de Cassius Clay o Mohamed Alí me ha hecho recordar los buenos viejos tiempos del boxeo y, sobre todo, me ha traido a la memoria a Don King, el promotor que transformaba el boxeo en épica dorada.

Muhammad Alí

El mítico boxeador estadounidense Mohamed Alí.

Con Mohamed Alí se me ha ido un buen trozo de infancia porque en los años setenta era uno de los temas recurrentes en los periódicos y la televisión. Su fanfarronería, sus escándalos, su rebeldía y su asombrosa manera de pelear hicieron de él un gran ídolo dentro de un deporte que coronaba nuevos reyes todas las semanas.

Tendría yo unos doce años cuando mi padre, que era un gran aficionado al boxeo, me llevó con mi abuelo y con mi tío a un combate de lucha libre que se celebró en los campos de San Lorenzo, en Laredo. Me gustó lo que vi, porque aquellas veladas estaban organizadas para desarrollarse mucho más como un espectáculo que como un deporte. Pero sobre todo me sentí como si me hubieran admitido en la hermandad de los hombres, como si ya se me considerase uno de ellos. Así que, por extensión, decidí que también debería gustarme el boxeo, no fuera que acabasen expulsándome del club.

Pero en los años setenta no era difícil aficionarse al boxeo porque era un deporte de masas, un deporte internacional del cual se hacía eco el As, muchas veces incluso en la portada. El primer boxeador del que tuve noticias fue José Legrá, pero sus triunfos estaban ya un poco lejanos, de modo que había que adaptarse a los nuevos tiempos y mis ojos se fijaron en Manuel Ibar Urtáin, el campeón de moda, el 'morrosko' de Cestona, un vasco de los de antes, que reflejaba aquella España rural capaz de ganarse la vida a base de hacer el bestia. Me encantaba.

Por supuesto estaba también Pedro Carrasco, aún lejos de los oropeles del papel couché, ganándose el pan con el sudor de sus bíceps, antes de caer en los aguerridos brazos de la Jurado. Y estaba Miguel Velázquez, un tipo muy sufrido que nos dio un buen disgusto cuando un púgil tailandés de nombre inolvidable, Saensak Muansuring, le propinó una paliza más inolvidable todavía, con el título mundial en juego.

Alí se encargaba de sacudir los puñetazos, pero el que llenaba la bolsa era King; un genio del marketing, capaz de transformar el boxeo en pura épica.

Pero por encima de todos estaba Cassius Clay, que a todos nos asombraba. Nos costó mucho aprendernos su nuevo nombre, que sonaba a moro, pero seguía atizando de lo lindo. Bueno, pues resulta que una mañana, los periódicos nos contaron que entre título y título, entre upper cut y gancho de izquierda, el bueno de Clay se había negado a cumplir el servicio militar. Decía que ningún vietcong le había llamado jamás "negrata" con todo aquel desprecio que sí que había sentido en su Kentucky natal. ¡Demonios! ¡Qué pasaba con aquel tipo que era el terror de los rings pero se negaba a matar comunistas!

Clay o Alí nos asombraba cada vez que salía en televisión, como si quisiera desafiar a todo aquel que tuviera lo que hay que tener para subirse a un ring con él y llamarle "negrata" delante de sus narices. Ya le había dado la del pulpo a Liston, a Frazer, a Foreman… a todo el que se le había puesto por delante.

Pero ahora, con la perspectiva del tiempo me gustaría trazar el perfil del hombre detrás del mito y ese hombre era (o es, porque aún vive) el promotor Don King. En los años setenta, solamente ver su peinado en punta ya escandalizaba; aquellos trajes excesivos y aquellas chicas, despechugadas y blancas, que llevaba del brazo, hacían volver la vista a un franciscano.

Bien, Alí se encargaba de sacudir los puñetazos, pero el que llenaba la bolsa era King. Solamente un genio del marketing, un adelantado a su tiempo, fue capaz de transformar aquellos combates en épicas extraordinarias que nadie se quería perder. Organizó el Thrilla in Manila, así con acento negrata o el Rumble in the jungle, presentando una bolsa inimaginable de diez millones de dólares de la época. Solo él era capaz de negociar con el oscuro Ferdinand Marcos -presidente de Filipinas-, o el tenebroso Mobutu para poner a Zaire en el mapa.

Hoy en día el boxeo apenas sobrevive en algunas películas de Silvester Stallone, en la belleza de su versión olímpica o en la sorda dignidad de Manny Paquiao, pero es solo porque el pobre King está ya mayoruco porque si le colgasen un par de rubias de los brazos y le regalasen un último bote de gomina… el nuevo combate del siglo estaría a punto de empezar.

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