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Economías del bien común: activar la democracia

Luchar cotidianamente contra el fascismo requiere, ante todo, sembrar democracia, y la democracia real necesita ser sostenida materialmente.

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Un centenar de personas asistieron a la primera mesa redonda organizada por eldiario.es Cantabria que tuvo lugar en La Vorágine.

La Vorágine mantiene abierta una campaña de crowdfunding para mudarse a un local más amplio.

Caminamos por tiempos difíciles: cuesta entender cómo es posible, tras el desastre de los años 30 y 40 del siglo XX, que el fascismo vuelva a ocupar un espacio, aunque sea marginal, en el espectro político — e inexplicable que sus actos sean albergados por instituciones públicas como la Universidad de Cantabria—. Son muchos los motivos que explican que partidos abiertamente (neo)fascistas consigan sacar réditos de lo peor de nuestra sociedad, y no hay que dejar de analizarlos, pero ante todo  se impone en buscar soluciones colectivas. Y ante el fascismo, la única respuesta global factible, creo, es una: democracia.

La democracia no es una mera forma electiva —la democracia representativa liberal—, y entenderla así es uno de los motivos que nos ha llevado, sin duda, hasta aquí. Reducir sus potencias a sistema de elección de gobernantes implica perderla. Es más bien una actitud, un espíritu, el fundamento antidogmático que nos vacuna contra el fundamentalismo y el fascismo lo que la convierte no en una figura política concreta, sino en la condición de posibilidad de toda figura política. Sólo aquello que desee acabar con la pluralidad —el fascismo— queda fuera, por lo que las opciones son muchas y la responsabilidad muy grande. Deberíamos, creo, defender la democracia sabiendo que eso no nos liga, ni mucho menos, al frustrante ritual del sufragio.

Una política democrática tiene como misión dejar abierta la posibilidad para las múltiples opciones de la existencia, y esto implica entender “democracia” como hálito inspirador de una vida en común respetuosa con las múltiples opciones valiosas existentes. Su forma, su figura práctica, debe permitir la expresión de la diversidad, pero también su convivencia. Esto, que tal vez suene muy abstracto, es una actitud que se puede practicar cotidianamente en el intercambio de ideas, pero también en el intercambio económico, porque ya son una realidad las opciones de producción y consumo que van más allá del consumismo —aunque sea de comercio sostenible o justo, ese nuevo nicho de mercado— y ponen en práctica la democracia económica que nos saca de la pasividad cómplice.

La premio nobel de Economía Eleanor Nostrom ha sido una de las voces que han puesto de relevancia que, contra el mantra neoliberal, las economías comunitarias no sólo son, sino que han sido resistentes por siglos, por más que el capitalismo las haya pretendido borrar de la faz de la tierra. En su última columna publicada, defendía las comunidades locales que no esperan acuerdos o políticas globales desde arriba, sino que se comprometen a crear políticas verdes y enfocadas al bien común para gestionar los recursos compartidos. Ponerse a ello, vaya, desde la base, desde nuestra vida cotidiana en común.

Sirvan de ejemplo los grupos de consumo y los sistemas alimentarios de relación directa entre productores y consumidores, como la agricultura y ganadería apoyadas comunitariamente que aumentan a buen ritmo por toda Europa y son tan posibles en Cantabria —mi grupo de consumo y yo damos fe de ello, y gracias a La Lejuca—. Ponen en contacto directo a personas con necesidades de consumo que no pueden cubrir, sobre todo en las ciudades, con personas que producen con criterios ecológicos y social y laboralmente sostenibles para realizar intercambios. La ausencia de intermediarios  supone un ligero esfuerzo en la gestión, pero disminuye los costes y permite establecer relaciones en una genuina experiencia democrática.

En la misma línea, las cooperativas de vivienda en cesión de uso son ya una alternativa al consumismo y la especulación, y una alternativa, de nuevo, democrática. Cada vez más extendidas, aunque aún minoritarias, este tipo de viviendas aseguran un lugar donde vivir sin permitir la venta ni el alquiler, esto es, previniendo la especulación. La propiedad del inmueble es colectiva, de la cooperativa, y quienes allí habitan, que pueden hacerlo de por vida, toman decisiones democráticamente mediante asambleas.

En el ámbito energético y de telecomunicaciones, cada vez hay más oferta de entidades cooperativas con criterios social y ambientalmente responsables más allá de la responsabilidad social corporativa que las grandes empresas utilizan como mera estrategia de mercado. En Cantabria, Solabria Renovables permite un consumo responsable de energía gestionado democráticamente.  

También van creciendo las opciones éticas en banca y crédito. Según el informe elaborado por el Observatorio de las Finanzas Éticas y Solidarias, en 2017 el ahorro recogido por este tipo de entidades representó un incremento del 9,24 % sobre el año anterior. En contraste con lo que ocurre en las entidades bancarias tradicionales, los préstamos concedidos por las entidades de finanzas éticas en España se incrementaron en torno al 24%, pasando de los 1.022 millones de euros a los 1.267 millones el año 2017. El capital social de este tipo de finanzas democráticas —¿hay algo menos democrático que el trato que dispensa la banca tradicional? Es pura tiranía—  continúa creciendo situándose próximo a los 180 millones de euros.

En la misma línea, la creatividad del ámbito cultural y artístico va más allá de las propias obras: en un sector que, de no asegurarse la autonomía, corre el riesgo de depender de las instituciones del Estado o incluso de la Banca, no han dejado de buscar formas de apoyarse colectivamente para poder sacar adelante proyectos.  El crowdfunding, por ejemplo, permite apoyar proyectos culturales, periodísticos, científicos… que, de lo contrario, dependerían de castrantes redes clientelares cuando no de la obligación de limitar su propio mensaje.

En Cantabria,  la librería crítica y semillero cultural La Vorágine es una buena muestra de este tipo de propuestas: un espacio caracterizado por su apertura —su talante democrático— que ofrece buena literatura, un espacio de encuentro de artistas, intelectuales, colectivos y gente muy diversa, y un sinfín de actividades de múltiple estilo, todo ello atado con el lazo del compromiso con lo común. Justo ahora  quieren ampliar el local y han recurrido al crowdfunding para ello: cualquier persona que haya pasado por allí sabe que es un espacio tan de todas y todos como lo es la responsabilidad de contribuir a su sostenimiento material.

Luchar cotidianamente contra el fascismo requiere, ante todo, sembrar democracia, y la democracia real no es una utopía, es una realidad que necesita ser sostenida materialmente. Podemos empezar hoy mismo para no arrepentirnos cuando ya sea demasiado tarde.

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