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La tala

Siempre pensé que talar un árbol sería un asunto más lento y delicado. Quizá porque los árboles tardan en crecer e íntimamente esperaba, aunque aquello fuese una plantación, algún tipo de ritual.

'La tala'. | SARA FUENTES

'La tala'. | SARA FUENTES

Cada veinte años cortaban los eucaliptos. Yo aún no había nacido cuando los plantaron por primera vez. Mi madre me contó que antes había pastos y que antes de los pastos hubo otros árboles. Los primeros árboles, robles sobre todo, los cortaron hace tanto tiempo que mi madre no era capaz de recordarlo. A ella se lo contaron mis abuelos. Cuando la gente se fue a la ciudad los pastos comenzaron a ser un problema porque daban mucho trabajo y no había gente ni ganado para trabajarlos. Así que algunos vecinos comenzaron a plantar eucaliptos porque una fábrica cercana, que se dedicaba a la producción de celulosa, compraba la madera.

Mi padre odiaba aquellos árboles, decía que secaban la tierra y que nada volvería a crecer en esos montes. Para él eran una invasión, una horda de bárbaros que cercaban la casa. Algunos vecinos venidos de la ciudad veían los eucaliptos como un bosque aunque en realidad eran una plantación. Creo que la gente decía eso porque resultaba más bonito decir que vivías cerca de un bosque que junto a una plantación. Mi padre odiaba también a esos vecinos que llegaban al pueblo con sus buenos modales, su ropa limpia, sus casas de ladrillo, sus jardines y sus coches brillantes.

Recuerdo bien cuando cortaron por primera vez los eucaliptos.  Tendría unos quince años años. Por el sendero que hay tras nuestra casa pasaron unas máquinas enormes que dejaron unos surcos profundos sobre la tierra húmeda en los que luego se depositaba la lluvia. Mi padre protestaba porque estropeaban el camino. Pero en realidad lo que le molestaba era que cortasen los árboles y él no se beneficiara porque aquellos terrenos no eran suyos. Aquellas semanas mi padre estuvo de muy mal humor. No era una novedad que él estuviera así pero se comportaba con más agresividad de la normal. Yo me encerraba en mi habitación, contemplaba a las máquinas trabajar desde la ventana y sentía una especie de melancolía porque  había jugado muchas veces en ese laberinto, había crecido junto a esos árboles alargados y había recogido en multitud de ocasiones sus hojas. Mi madre las cocía en una cazuela con agua muy caliente. Mi padre metía después la cabeza en la cazuela, se cubría un trapo y respiraba allí dentro mientras hacía unos ruidos profundos y desagradables.

Siempre pensé que talar un árbol sería un asunto más lento y delicado. Quizá porque los árboles tardan en crecer e íntimamente esperaba, aunque aquello fuese una plantación, algún tipo de ritual. Pero la primera vez que cortaron los eucaliptos todo fue ruidoso, rápido y violento. Cuando las máquinas se fueron todo tenía un aspecto desolado. Mi padre me obligó a subir al monte a por restos de madera para quemar en el invierno. Al principio sólo recogíamos ramas pequeñas que las máquinas habían desechado. Pero mi padre se fue animando y acabamos subiendo con el tractor al anochecer y nos llevábamos árboles enteros que habían apilado a la espera de ser transportados. Mi padre los cortaba con una motosierra y un hacha durante la noche antes de guardarlos en el pajar para que nadie los viese al llegar la mañana. Mientras duró todo aquello no paraba de quejarse porque para robar la madera tenía que estar casi sin dormir. Mi madre le decía que ya teníamos madera suficiente pero él gritaba que no entendíamos nada, se ponía furioso y entonces mi madre se callaba.

Unas semanas después de la tala comenzaron a plantar los nuevos eucaliptos. Mi padre seguía fuera de sí. Decía que éramos unos desgraciados y que todos en el pueblo se aprovechaban de nosotros. Animado por mi madre encontré un trabajo en la fábrica de celulosa y, siguiendo sus consejos, llegaba tarde a casa, cuando mi padre estaba ya acostado. Mi madre me esperaba siempre levantada con un plato de comida caliente en la mesa. No nos atrevíamos a hablar porque teníamos miedo a que mi padre nos oyera desde la habitación. Sólo cuando escuchábamos sus ronquidos nos animábamos a susurrar cómo había ido el día en la casa, nos consolábamos el uno al otro y  planeábamos en secreto una vida sin él. Mientras tanto, los troncos de los nuevos eucaliptos se estiraban velozmente hacia el cielo.

Los años, tal y como mi madre me había advertido, pasaron muy rápido. Un día escuché de nuevo el rugido de los motores en el sendero. Eran varias máquinas, todas enormes, tan grandes como la casa, y se dirigían hacia el monte campo a través hundiendo sus pesados neumáticos, mas altos que un hombre alto, en la tierra. Corrí a la cocina donde mi madre, que comenzaba a ser una anciana, troceaba con agilidad  un pollo. Mamá, dije. Ella no me miró y siguió cortando la carne y partiendo los huesos con un machete afilado. Mamá, insistí preocupado, lo van a remover todo. Ella se acercó entonces a la ventana. Me coloqué a su lado. A lo lejos comenzaban a caer los primeros árboles.

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