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Carta abierta a, por ejemplo, Rufián

El portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados, Gabriel Rufián.
19 de mayo de 2026 23:05 h

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Desde la vorágine criminal del siglo XX, Walter Benjamin escribe: “La tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción que vivimos es la regla”.

En medio de la deriva vertiginosa en la que se mece este siglo, nos adentramos en el último año de una legislatura que ha aportado un poco de luz y dignidad a un mundo que, siniestro, alterna la anestesia nebulosa de la hiperinformación con el horror del genocidio, las guerras, las hambrunas… De un mundo donde ya no se perciben estructurales materiales ni de pensamiento, estructuras legales o éticas que, quizá, durante unas décadas, nos han permitido levantar alguna barrera más o menos efectiva contra el desmán, el autoritarismo y la iniquidad del desorden mundial.

A la luz de lo que ocurrió en 2023, más aun viendo los resultados electorales de Andalucia, la izquierda de este país ─sea eso lo que sea─ debe urgentemente ponerse a trabajar en los números, los acuerdos y las maneras de ofrecer algo útil en el ámbito institucional a esa otra resistencia abandonada, maravillosa, silvestre, libre, creativa, salvaje y apenas esperanzada que nace de la dignidad y que observa con consternación la obscenidad con que se canta la “prioridad nacional” y el desastre institucional de los acuerdos de Gobierno presentes y futuros entre la derecha y la ultraderecha.

Y, como hay que hablar de cosas prácticas, lo primero que hemos de hacer es deslindar dos planos de urgencia: por un lado la acreditada incapacidad de mantener una mirada firme en proyecto unitario alguno a la izquierda del PSOE, una incompetencia de arriba abajo que deja un voto a nivel nacional huérfano, resignado y descreído que no encuentra respuestas ideológicas, prácticas y sostenidas a un futuro inquietante y, por otro, la necesidad de afrontar una convocatoria electoral, previsiblemente en el verano de 2027, en la que nos jugamos o volver a ponernos a la cola del más vergonzoso servilismo ante un criminal emperador loco… o ganar con esperanza el tiempo necesario para desacoplar ─siquiera unos años más─ este país del ciclo mundial de iniquidad y destrucción. 

Con valentía y honestidad, y desde un lugar bien complicado, Gabriel Rufián ha venido defendiendo un marco valioso para afrontar esta última pregunta: orden, ciencia y método… y para ello ha propuesto discernir varios niveles: por un lado las fuerzas soberanistas de izquierda cada vez más relevantes en Galicia, Euskadi, Catalunya, Valencia o, como vimos ayer, también en Andalucia. Y, por otro lado, las fuerzas estatales más o menos organizadas que pueden servir de aglutinadores de un voto alternativo, resistente e ideológicamente definido, unas fuerzas entre las que hay apenas solo marcas, intereses y liderazgos pero también ─aunque quizá solo propiamente en Izquierda Unida─, algo de estructura, organicidad y hasta participación democrática. 

Así, el orden, el método y la ciencia electoral nos proponen trabajar juntos bajo la premisa de ir configurando provincia a provincia unas listas electorales donde, evitando vetos cruzados, pudiéramos ir designando qué marcas y qué personas habrían de “protagonizar” la candidatura electoral. Esto es, en aquellos sitios donde las fuerzas nacionalistas se bastan para capitalizar el voto a la izquierda del PSOE, habría que dejarlas como únicas fuerzas representativas, con una retirada estratégica del resto de fuerzas y, en el resto de las circunscripciones, igualmente una sola marca debería representar a las demás. 

La cuestión es que, de la misma manera y con el mismo orden, método y ciencia electoral, es imprescindible afrontar el hecho de que es necesario llegar a acuerdos, en algunas circunscripciones, con la única fuerza representativa de la izquierda que podría optimizar el voto democrático en las próximas elecciones. 

Porque, analizados los datos de las últimas convocatorias y los que nos ponen encima de la mesa las encuestas menos venales ─fundamentalmente el CIS─, resulta inexcusable asumir que una operación de izquierdas en las próximas elecciones solo será decisiva si en esa científica articulación aparece también el PSOE. Y de que nada vale toda ella si al final no es efectivamente decisiva.

Y, por supuesto, un acuerdo no ha de ser una rendición. Y el PSOE tendrá que asumir y entender, e incorporar a su discurso, que en la izquierda hay muchas personas que no comulgan con algunos servilismos institucionales ni algunos conchabeos históricos con los poderes más fácticos. Y que hay liderazgos aislados que deben ser reconocidos y expresamente incorporados a las instituciones con recíproca generosidad. Y que, ya luego, en el Congreso, debe primar la representación de cada uno de ellos organizando con equidad e independencia a los grupos parlamentarios y sus portavocías.  

Ahora que, con otros compañeros, pedimos a través de la Plataforma Senadoras y Senadores por la Democracia, la unidad y la concentración de voto para las elecciones al Senado por medio de listas únicas conformadas con todas las fuerzas de la izquierda, con un reparto proporcional y generoso que, a través de una única candidatura nos permita recuperar y dar sentido a un órgano constitucional tan importante a efectos institucionales, políticos y prácticos, para desarrollar su capacidad de representación territorial, de decisión, de control y de nombramiento de otros órganos constitucionales, en una cámara transformada hoy en una vulgar caja de resonancia para las más espurias campañas desinformativas de la derecha.  

En suma, se trata de aunar audacia y sentido de la realidad a una propuesta válida y, sobre todo, imprescindible. Una propuesta que mire a la próxima legislatura no como otra evitación del mal mayor, sino como un refugio temporal frente a una tormenta que arrecia sin límites personales, mediáticos ni judiciales, que sume estratégicamente los votos de la defensa de la convivencia democracia, organizando con generosidad y lealtad un futuro donde podamos disentir, que pueda contar además con otros elementos socialdemócratas al margen del PSOE capaz de sumar incluso tras las elecciones a la derecha antifascista del PNV o, incluso, a la un poco menos antifascista, como Coalición Canaria, a un proyecto de defensa de la democracia.    

Se trata, como propone Rufián, de hacer un exhaustivo análisis práctico de las circunstancias, de atravesar con orden, ciencia y método la presencia electoral de las fuerzas de izquierda. De añadir si cabe: ciencia, método, orden, inteligencia y generosidad. Permitir, en suma, la continuidad del ciclo que quizá empezó ayer en Andalucia y hace semanas en Aragón, un tiempo de discusión democrática que necesitamos para volver a hablar de esperanza también en las instituciones, para organizarnos y mandar, por primera vez en mucho tiempo, un mensaje de ilusión sellado con el perfume de la generosidad personal y la responsabilidad política, por encima de los propios objetivos partidistas y electorales. 

Para mantener al menos visible en el horizonte la respuesta a la primera pregunta: la construcción de un proyecto de izquierda solvente, democrático y participativo que dé respuesta a la pluralidad mestiza y territorial de un país decepcionado. 

Pero esa ya es otra historia.

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