Ceuta: la pregunta que no nos estamos haciendo
La crisis de Ceuta puede analizarse como una crisis migratoria, como una crisis diplomática o como una batalla política. Pero ninguna explica por sí sola por qué decenas de miles de personas estuvieron dispuestas a correr un riesgo tan extremo.
Veamos algunos aspectos del relato político, de la frontera y su militarización, de las causas económicas, sociales y de seguridad de las que huyen muchas de estas personas. Y sobre todo, veamos quién debiera asumir responsabilidades de lo más importante, los 141 muertos, muchos de ellos niños y jóvenes.
La batalla política por el relato
No solo importa lo que ocurrió, importa cómo llamamos a lo que ocurrió. En esta línea, puede ayudar a entender lo ocurrido el 30 y 31 de julio en Ceuta, una investigación académica de 2025 de Gabrielli y Garcés sobre los discursos utilizados por los medios en la crisis de 2021, que analizó cómo las narrativas pasaron a representar a los migrantes como armas, convirtiendo una cuestión migratoria en una cuestión de seguridad y amenaza híbrida. Es decir, si optamos por utilizar el término migrantes y víctimas se produce una historia, si elegimos invasión y amenaza se produce otra.
PP y Vox han ofrecido el relato político que más les interesa en sus ambiciones electorales, el problema es una política migratoria española demasiado permisiva y una frontera insuficientemente controlada, que ha permitido una invasión. En términos formales, nada de lo anterior es cierto. Quienes utilizan este enfoque de criminalización de las migraciones, deben saber que han producido una enorme explosión de discurso de odio. El sistema FARO detectó 9.590 mensajes de odio solamente los días 30 y 31 de julio.
Pero no es un problema local, Trump calificó el episodio de invasión y lo utilizó explícitamente como argumento de política interna estadounidense. Dijo que algo parecido podría ocurrir en Estados Unidos si los republicanos perdían las elecciones. Algo parecido ha hecho la primera ministra italiana líder del partido xenófobo Fratelli d’Italia, Giorgia Meloni, tras su decisión de suspender la libre circulación entre Italia y España por la crisis en Ceuta. No es seguridad, es política.
La frontera de Ceuta ya estaba militarizada
La muerte de 141 personas en el paso de la frontera de Ceuta demuestra que cuando decenas de miles de personas la atravesaron el 30 de julio, no estaban dando un paseo. Ceuta no era una frontera abierta ni poco vigilada antes del 30 de julio, era ya una de las fronteras más securitizadas de España y de la UE. La frontera de Ceuta combina barreras físicas, vigilancia marítima, cámaras, sensores, sistemas biométricos y cooperación policial con Marruecos.
El perímetro terrestre de Ceuta ha pasado por sucesivas generaciones de fortificación diferentes vallados, carreteras y pistas de patrulla, iluminación, cámaras, torres de vigilancia y sistemas de detección. Paralelamente está el componente marítimo con patrulleras y vigilancia costera. La frontera también se ha ido securitizando tal y como se han ido introduciendo tecnologías de control fronterizo, como demuestran investigaciones sobre la industria europea de fronteras, una del Transnational Institute y el Centre Delàs y otra de Por Causa en colaboración también con el Centre Delàs documentan contratos para cámaras, identificación biométrica y reconocimiento facial en Ceuta y Melilla, además de la progresiva sustitución de la barrera puramente física por dispositivos de detección y control automatizado. Un buen ejemplo de ello es el Sistema Integrado de Vigilancia Exterior (SIVE), que combina radares, cámaras y sensores.
Como vemos, una frontera como la de Ceuta puede estar extraordinariamente securitizada y, sin embargo, no ser capaz de impedir una entrada masiva cuando se produce una movilización de esas dimensiones al tiempo que empuja a arriesgar o perder la vida a quienes quieren atravesarla.
Al enfoque militarizador de la gestión migratoria hay que añadir que externalizar la frontera crea una vulnerabilidad que complica la gestión de la misma. Blanca Garcés lleva años sosteniendo que la instrumentalización migratoria no es una anomalía externa al sistema europeo, sino en parte una consecuencia del propio modelo de externalización. Europa paga, negocia o coopera con terceros países para que detengan a los migrantes antes de alcanzar su territorio. Eso concede a esos estados capacidad de presión. En el caso de Ceuta existe una arquitectura que hace posible que Marruecos posea esa palanca y la ciudad autónoma es una pequeña ciudad europea situada físicamente en África, colindante con un país con enormes diferencias de renta respecto de la UE.
¿Por qué migran los jóvenes africanos?
Europa no es solamente un territorio cercano. Es un territorio imaginado y, lógicamente deseado. Es sobradamente conocido que existe una enorme población potencialmente expuesta a precariedad y falta de perspectivas al otro lado del estrecho. En la explicación de lo ocurrido no podemos olvidar que las dificultades económicas persistentes, falta de opciones laborales y creciente incapacidad de muchos jóvenes para mantener unas condiciones de vida dignas explican por qué había tanta gente dispuesta a correr el riesgo. El paso de la frontera no se dio porque todos hubieran sido engañados por una mafia, o instigados políticamente, sino porque la posibilidad de Europa ya tenía valor suficiente para hacer que una oportunidad excepcional pareciera racional, incluso si era peligrosísima, como demuestra el gran número de fallecidos en la tragedia de Ceuta.
Este argumento es sustentado por varios análisis rigurosos. Carnegie publicó: The Migration Wave That Embarrassed Morocco and Rattled Europe, en el que Sarah Yerkes sitúa entre las causas fundamentales las dificultades económicas persistentes y, especialmente entre los jóvenes, la falta de perspectivas laborales y la incapacidad creciente de muchas familias para cubrir sus necesidades. Las redes sociales pueden movilizar, pero no crean de la nada a decenas de miles de personas dispuestas a correr semejante riesgo. Le Monde entrevistó a jóvenes con estudios, empleo e incluso hijos que, aun así, tenían salarios próximos a la pobreza, vivienda inaccesible, precariedad y la sensación de que era imposible construir una vida adulta autónoma. Una joven de 19 años relataba jornadas de 12 horas y un salario de 3.000 dirhams mensuales (unos 280€). No necesariamente huye únicamente quien no tiene absolutamente nada, también migra quien tiene suficiente información para comparar su vida con otra posible, pero carece de vías realistas para alcanzar esa vida dentro de su país o no tiene la opción de hacerlo mediante migración legal.
En la misma línea, una investigación de Hasnaa Boucetta Idrissi publicada en 2026 en la Universidad Mohammed V sobre jóvenes de Nador, muestra una población marroquí en la que se da una combinación de dificultades económicas, falta de oportunidades, marginalización, búsqueda de dignidad y aspiraciones migratorias. Además, un estudio etnográfico de Idrissi, Touhtou y Feixa de 2024, con jóvenes de la ciudad marroquí de Salé, encontró que la aspiración migratoria no es solo económica, también intervienen la presión social por triunfar, las expectativas familiares, la precariedad, la sensación de que el Estado no puede ofrecer una vida digna y los imaginarios de movilidad.
Además, la crisis de Ceuta no es una única migración. Dentro de las decenas de miles hay historias completamente diferentes. HRW entrevistó a personas procedentes de Marruecos, Sudán, Chad, Senegal, Somalia, Túnez, Yemen, Argelia, Siria, Egipto y Palestina. Muchos habían pasado años en viajes migratorios y querían solicitar asilo. El testimonio de Mahmoud, un palestino de Gaza de 36 años, puede servir para entender la gravedad de la situación: “Me quedé arriba en las montañas durante 10 días antes de bajar a la playa con los demás. Esto apenas es vida, pero digo alhamdulillah (alabado sea Dios), no es nada comparado con lo que está pasando mi familia en Gaza”. O el de Fátima, una mujer de 47 años de Tetuán, que explicó que había cruzado con su hijo de 11 años para escapar de un marido que la maltrataba. O el de Mujahid Ahmed, un sudanés de 42 años que llevaba año y medio en Marruecos, quien explicó que amigos suyos habían intentado cruzar 30 o 40 veces, pagando dinero en cada intento, y que decidió probar cuando vio en los medios a miles de personas avanzando hacia la frontera. Su frase resume otra realidad completamente distinta a la batalla política española. Prefería morir allí antes que regresar.
El insuficiente desarrollo y la guerra como causa
Pero todavía faltan preguntas por responder: ¿tiene Europa o España alguna responsabilidad en la existencia de diferencias de oportunidades y de riqueza entre los países europeos y africanos? ¿Puede Europa ser al mismo tiempo fortaleza frente a los refugiados y una de las grandes regiones exportadoras de las armas que alimentan algunos de los conflictos de los que huyen?
Durante la época colonial, las economías europeas se organizaron en buena medida alrededor de la extracción de materias primas y recursos de los territorios colonizados, mientras las actividades de mayor valor añadido se concentraban en las metrópolis. La independencia política no eliminó automáticamente esa estructura económica. De hecho, hoy la relación no es muy distinta, a pesar de que hay países sobre el papel soberanos, permanece un patrón que organismos como UNCTAD siguen señalando: muchas economías africanas continúan dependiendo de la exportación de sus materias primas a sus antiguas metrópolis, ya que la mitad de estos dependen del petróleo, el gas o los minerales. Negocios que están por lo general en manos de empresas extranjeras, muchas de ellas europeas.
En consecuencia, las africanas son economías que exportan combustibles fósiles y minerales a Europa, que producen riqueza en las empresas europeas, sirven para mantener y crear los empleos en Europa y no producen ni la riqueza ni el número de empleos suficientemente remunerados para su población joven. Nadie puede negar que existe una parte de responsabilidad de Europa sobre la falta de oportunidades de los jóvenes que atravesaron la frontera de Ceuta.
Finalmente, debemos recordar que los Estados europeos y sus empresas forman parte de las cadenas internacionales de armas y financiación que han contribuido a armar a varios de los actores que participan en muchos de los conflictos de los que huyen muchas de las personas que han llegado a Ceuta.
En el informe de 2017 del Centre Delàs se demostró que el 29% de las exportaciones de armas europeas autorizadas entre 2003 y 2014 tuvieron como destino países en situación de conflicto o tensión y que 26 países receptores importantes de armas europeas, con estas situaciones y grandes flujos de refugiados y desplazados, habían recibido el 7,8% de las exportaciones de armas europeas y habían generado aproximadamente el 75% de las personas refugiadas y desplazadas del mundo durante el periodo analizado.
Los datos actuales muestran que las tendencias de antaño siguen vigentes. El SIPRI Yearbook 2025 tiene un capítulo específico sobre Conflicts, tensions and arms transfers, cuya conclusión apunta a que los conflictos armados y las tensiones internacionales son los principales motores de las adquisiciones de armas, y la mayoría de los grandes receptores de armamento utilizaron las armas importadas en operaciones de combate durante 2020-24. En ello incide la European Migration Network, que en su informe sobre asilo y migración de 2024 identifica expresamente como motores de desplazamiento de población la guerra de Ucrania, Gaza, Siria, la guerra civil de Sudán y los conflictos y golpes de Estado en África occidental.
En la reciente crisis migratoria en Ceuta, la primera pregunta que se ha intentado responder ha sido ¿cómo hemos permitido que entren?, mientras que la pregunta pertinente debiera haber sido ¿por qué había decenas de miles de personas dispuestas a entrar? ¿Había algunas que huían de guerras o de economías sin perspectivas? ¿cuánto de las condiciones que las expulsaron tiene que ver con el mismo sistema económico, político y militar del que España se beneficia? ¿Qué parte de nuestra riqueza o abundancia proviene de la pobreza y carencias de los países de origen de las personas que han atravesado la frontera de Ceuta?
Es importante comprender por qué alguien está dispuesto a jugarse la vida para atravesar una frontera. La militarización y securitización explica cómo se intenta impedir que entren. La batalla política explica cómo se interpreta que hayan entrado en base a los intereses electoralistas de unos y otros. Pero ninguna de esas cosas explica por sí sola por qué decenas de miles de personas estaban dispuestas a correr semejante riesgo.
Para entenderlo hay que mirar más lejos. A las dificultades económicas persistentes, la falta de opciones laborales, la precariedad y la incapacidad de muchos jóvenes para mantener unas condiciones de vida dignas. Hay que mirar también a una estructura económica que, desde la época colonial hasta hoy, ha imposibilitado que muchas economías africanas puedan retener a sus jóvenes. Hay que mirar a las guerras y las armas de las que huyen muchos de los migrantes que están ahora en Ceuta. Los jóvenes y menores que han entrado en Ceuta son víctimas de un sistema político y económico que nos beneficia, iguales en dignidad y con el mismo derecho que cualquiera de nosotros a querer una vida mejor.
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