Ser de izquierdas no es suficiente

Manifestantes del Movimiento 15M. EFE/Víctor Lerena/Archivo

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En las últimas convocatorias electorales lo que venimos a conocer como “izquierda” -espacio político donde serían ubicados los dos autores de este artículo- han sufrido importantes varapalos.

En Andalucía encontramos la última y tal vez más cruda de sus expresiones. Además, dicho varapalo no es exclusivamente electoral; no se requiere ser un avispado analista social para constatar la desconexión que una parte importante de la ciudadanía ha hecho en relación a las izquierdas en plural.

Es una tendencia y ni los lamentos ni la culpabilización a la sociedad (del tipo “la sociedad se derechiza”) conseguirán revertirla. Tampoco los llamamientos a la “unidad de la izquierda” devienen solución, tal y como se ha comprobado en Andalucía: la agregación de debilidades no suma. De derrota en derrota no se llega a ninguna “victoria final”; más bien instalamos en un “bucle melancólico” a las personas que, con todo su entusiasmo, participaron en la enésima plataforma electoral “unitaria” a través de la cual se suponía que conseguiríamos conectar con una mayoría social. La fijación por la “unificación”, desligada de cualquier criterio de eficiencia electoral, responde al impulso emocional de “agruparnos todos” (los que pensamos más o menos igual), en lugar de abrirnos a nuestro entorno en sentido amplio. Ademas engarza con una limitación radical que subyace en el discurso de la “izquierda conservadora”: su desconfianza en el pluralismo político.

Este es otro síntoma, no menor, de la desconexión con una sociedad que se caracteriza por su diversidad y su complejidad, una sociedad que hace de la heterogeneidad una de sus fortalezas y potencias. La fórmula para salvar esa distancia no es por tanto ni la unificación ni obviamente el hecho de insistir en encastillarse en un rincón del tablero político. Pretender conectar con las mayorías sociales pasa por volver a referirse a la vida cotidiana y abrirse a toda su complejidad. Dar la batalla a los discursos falsamente liberales del sálvese quien pueda y proponer políticas públicas que faciliten la vida de la gente.

La bandera de los sectores progresistas debe ser otra vez la de la felicidad y el bien comunes, retomando y revitalizando la aspiración ilustrada “a la felicidad de todos” (y de todas). Aspiración que encontró, tiempo atrás, traducción política en la declaración de los derechos humanos y las primeras constituciones liberales frente al absolutismo.

La izquierda a la izquierda de la izquierda interpela, en el mejor de los casos, a poco más del ese 10% del electorado que, algunas veces por identidad y otras por descarte, le vota. Los resultados saltan a la vista. Se requiere salir de las trincheras reinventando de arriba abajo los dispositivos a fin de tratar de conectar, no con un 10%, y sí con los deseos y aspiraciones de las mayorías sociales. La obsesión, convertida no pocas veces en pasión triste, por ser tan de izquierdas, debería dejar paso a otra obsesión y, esa sí, pasión alegre: convertirse en una cosa infinitamente más útil, esto es, ni más ni menos, convertirse en una herramienta para mejorar la vida de las personas .

Es más necesario que nunca. Vivimos tiempos complicados y grises con enormes tasas de desigualdad social, con una emergencia climática cada vez más acuciante, junto a una precarización de la vida asfixiante para crecientes capas de la población.

Por ello, la defensa de los derechos y libertades es hoy uno de los ejes del proyecto progresista frente al absolutismo de los mercados y las corrientes reaccionarias.

El desprecio por las aspiraciones individuales o el llamamiento constante al “sacrificio” del día a día en aras de un futuro mejor no ayudan a realizar la necesaria conexión con las mayorías. Frente al absolutismo de los mercados y las salidas en falso que ofrece la ola reaccionaria, el proyecto progresista debe asumir como elemento central la defensa de los derechos y libertades de cada uno y cada una, la posibilidad de vivir libres tal y como somos, en una sociedad de hombres y mujeres libres.

Frente a los discursos reaccionarios que contraponen los derechos de unos a los derechos de otras, tenemos que reconstruir la ciudadanía como comunidad de sujetos de derechos: mis derechos y mi libertad no se contraponen a los derechos y libertades de quienes son diferentes a mí, sino que son su condición. Si somos capaces de articularlos de manera virtuosa estaremos construyendo un espacio político que interpela a las mayorías. Si los movimientos reaccionarios están siendo capaces de encadenar los agravios y temores de quienes sienten que están perdiendo algún privilegio a causa del avance en derechos de diferentes sectores (mujeres, migrantes, LGTBIQ+), el proyecto político progresista debe ofrecer un espacio de esperanza para el disfrute de esos derechos civiles, para el libre despliegue de la diversidad en todas sus dimensiones.

Esto nada tiene que ver con la satisfacción a cualquier precio de los deseos individuales, con la irresponsabilidad y el inmediatismo. Al contrario, está libertad debe vincularse a la seguridad de una base material que nos permita disfrutarla en un marco de igualdad: la lucha contra el cambio climático y sus consecuencias y el desarrollo de una transición ecológica socialmente justa dan un nuevo sentido a medidas como la reducción del tiempo de trabajo, el fortalecimiento y la modernización de los servicios públicos, la instauración de nuevos derechos como la renta básica y la reforma fiscal en sentido progresivo (que paguen de una vez por todas los que más tienen).

Esperanza y realismo en pro de un futuro mejor, necesario y posible. Una posibilidad que pueda enunciarse y que sirva de proa y acicate. Un futuro mejor obviamente realista y obviamente para las mayorías. El 15 M y el primer Podemos representaron la mayor conexión en las ultimas décadas de un proyecto de avance democrático con una mayoría social; entonces ese proyecto supo salir del margen izquierdo del tablero político, abandonar esa identidad para apelar directamente a las mayorías.

En algún momento posterior eso se perdió, se volvió a la identidad y a la trinchera, y allí están los resultados. Solo Más Madrid (segunda fuerza en la Comunidad y primera fuerza en el Ayuntamiento de Madrid) y Barcelona En Comú (primera fuerza en la ciudad de Barcelona en elecciones municipales) han tenido un desarrollo mucho menos equiparable con la izquierda tradicional. Deben por tanto analizarse esas dos experiencias mucho menos ideológicas y más enraizadas en las problemáticas reales de la vida de las personas.

Las victorias electorales de Gustavo Petro en Colombia y la de Gabriel Boric en Chile nos ofrecen en coyunturas muy distintas ejemplos esperanzadores. En ninguno de estos casos se ofrecía un programa de “izquierdas”, sino una ruta inclusiva para toda la sociedad, un momento constituyente con nuevas políticas de bienestar que favorecerán a la mayoría, no a los suyos.

Un dispositivo diferente, y del cual también debemos tomar nota y aprender, es el que nos ofrecen los Partidos Verdes a escala europea (Alemania, Holanda, Escocia…), partidos que elección tras elección tienen mejores resultados y lo hacen siempre pivotando, de forma muy realista y pragmática, sobre las áreas de justicia ecológica y social en el ámbito donde se dan todas las batallas del presente, la Unión Europea.

Cuando hablamos de la posibilidad y la necesidad de articular diferentes proyectos y anhelos en un horizonte común de futuro, la sociedad civil activa es una referencia obligada. Existen potentes movimientos sociales y ciudadanos en nuestras sociedades que transforman valores y que lo hacen transversalmente, y de nuevo sin apelar a ninguna trinchera e identidad de izquierda. El caso más significativo en los últimos años ha sido sin duda el movimiento feminista, pero no podemos perder de vista el movimiento de justicia climática ni las muchas expresiones que adopta la reivindicación de justicia social y bienestar material: el movimiento por el derecho a la vivienda, los movimientos de las personas que tienen una vida dependiente y también el de las personas mayores que exigen mejores pensiones, y las movilizaciones en defensa de la sanidad y los servicios públicos frente a las políticas de abandono desplegadas por los gobiernos de la derecha.

Además, en nuestro país adquieren un peso particular los movimientos territoriales que demandan mayor descentralización de los poderes, que apuntan a una federalización del modelo territorial y que tienen una componente de avance democrático, en el sentido en que se orientan a una dispersión y reparto más justo del poder político y la capacidad de decidir y disponer de los recursos.

Aprender y serles útiles, no retóricamente, sino de forma efectiva convirtiendo sus demandas en políticas públicas realistas es parte del camino que debemos hacer.

Finalmente, sería prudente dejar de criticar a los votantes del PP o a los votantes de grupos nacionalistas. Ni son fascistas ni se les parecen. Muchos de ellos en algún momento tuvieron simpatía por el 15M, ven con buenos ojos la transición ecológica, les parecen fatal las enormes desigualdades sociales y temen que efectivamente el dinero y no los méritos sea un requisito para tener una vida mejor. Pero les votan. Y lo hacen porque una parte de esas derechas y de los nacionalismos han sido capaces de ofrecer horizontes de futuro. Seguramente son horizontes implausibles y desubicados de un mundo irreversiblemente global y falsamente meritocrático.

Versiones, unas más duras que otras, pero al fin y al cabo versiones de la guerra de todos contra todos: me preocupo de los “míos” y me olvido de los “otros”. Un horizonte en definitiva malo, pero un horizonte al fin y al cabo.

Un espacio político progresista, con vocación mayoritaria, debe construir horizontes de esperanza no para los “nuestros”, sino horizontes donde quepamos todos y todas. Capaces de dar respuesta a la pluralidad de esperanzas, pero también a los temores e inseguridades presentes en nuestros días. Un proyecto de mayorías a partir de una relación con los otros que parta, no de la dominación ni de la guerra de unos contra otros, sino de “la consideración”, del reconocimiento mutuo en la construcción de un mañana común con horizontes realistas.

Lo diremos otra vez: la sociedad civil global, gestada en la globalización de las comunicaciones y en la movilidad de las personas, sabe que los problemas planetarios (lucha contra la pobreza y por nuevos derechos de ciudadanía, emergencia climática, libertad de movimiento...) solo son abordables desde instituciones a escala global que, en nuestro caso, tienen su primera estación en la Unión Europea.

Las pequeñas patrias, incluidos los Estados, son insuficientes para algunos de los principales retos del siglo XXI. ¿Lo diremos claro en los próximos tiempos? ¿Sabremos ser útiles a esa sociedad civil, global y europea?

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