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Las metáforas las carga el diablo

Hemiciclo del Congreso. Imagen de archivo.
15 de enero de 2026 22:31 h

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A algunos les abandonan las ideas como a otros, antaño, les abandonaba su desodorante. En el espacio público esto se hace particularmente evidente en tiempos como los actuales, de acentuada penuria discursiva, en los que no son pocos los que, sometidos a la insoportable prueba de estrés de tener que defender hoy una cosa y mañana la contraría (¿hacen falta ejemplos?), renuncian por completo a la argumentación racional. Eso no significa que se refugien en un discreto silencio –lo que les pondría en serio peligro de ser olvidados, cosa por completo contraria a sus intereses– sino que se acogen a un recurso retórico francamente engañoso. Me refiero al recurso a las metáforas. De tal manera que la nueva consigna bien podría quedar formulada así: a falta de argumentos, hagamos uso de las metáforas.

Como es sabido, metáforas las hay para todos los gustos, de acuerdo con la situación con la que se trate. Así, por ejemplo, en momentos de crisis de una organización política acostumbran a proliferar los voluntarios entusiastas que defienden a sus responsables máximos con el marinero argumento de que en medio de la tempestad no es el momento de cuestionar las órdenes del capitán del barco. Otra metáfora de parecida función es la que apela a lavar en casa los trapos sucios en vez de darle cuartos al pregonero de modo que “los de fuera” puedan enterarse de las disensiones domésticas. Son metáforas finalmente coincidentes en su objetivo último. Para quienes utilizan la primera, el reproche hacia los críticos es que no es el momento, mientras que para quienes se sirven de la segunda, que la plaza pública no es el lugar.

Ninguno de los dos reproches resiste la confrontación con lo real. Para empezar, es cosa sobradamente contrastada que los que censuran la inoportunidad del momento en el que se están planteando las críticas nunca consiguen encontrar el momento oportuno. Porque cuando aquellas se exponen ex ante, ya sabemos lo que suelen afirmar: ahora, que estamos tan cerca de la victoria, no es el momento de la desunión. Y si se plantean ex post, también lo sabemos: no es cuestión en este momento de hacer leña del árbol caído. El segundo reproche, el de lo inapropiado del lugar, también ofrece un escaso recorrido. Porque la prescripción de no airear los problemas internos de una organización sería perfectamente legítima si fuera cierto que en el seno de la misma existen espacios para el debate en profundidad y preferiblemente a calzón quitado. Pero, ¿es esto así en la práctica? ¿Es el caso que, por ejemplo, en el seno de los grupos parlamentarios en las diversas cámaras legislativas de este país se discuta mínimamente acerca de las grandes (y no tan grandes) orientaciones políticas? ¿Recuerdan en efecto tales espacios a unas miniágoras de debate o más bien a unas gestorías donde se reparten las diversas tareas a desarrollar en los plenos, de acuerdo con el orden del día? ¿Y ocurre algo distinto en el seno de las agrupaciones de los partidos? ¿Y qué decir de los congresos de esos mismos partidos, en los que el mensaje que indefectiblemente termina transmitiéndosele a la ciudadanía es el de la más vacía, aunque –eso siempre– entusiasta, aclamación al líder?

Siendo importante, no es esta frágil relación con los hechos el mayor problema que presenta el recurso a las metáforas como sustitutivos de los argumentos. Hay más. Las metáforas no pueden aspirar a presentarse como la quintaesencia de la sabiduría popular, como el sedimento de un sentido común acumulado a lo largo de los siglos. Porque el hecho de que, como comentábamos, las haya para todos los gustos, las emparenta con los refranes, donde además queda claro que los hay incluso para los gustos más contradictorios, lo que les convierte en rigurosamente inútiles para el más mínimo debate. Así, si a alguien no le gusta un refrán cualquiera, tiene bien fácil encontrar otro, de signo contrario, a su disposición. En efecto, de la misma forma que el madrugador cree poder defender su preferencia horaria apelando al clásico “a quien madruga, Dios le ayuda”, también el trasnochador puede hacer lo propio evocando el no menos clásico “no por mucho madrugar amanece más temprano”, y así sucesivamente con la mayoría de refranes.

Con todo, convendría no menospreciar la eficacia comunicativa del recurso a lo metafórico. Entre otras cosas, le permite a quien lo utiliza vehicular valoraciones subyacentes que, formuladas de modo explícito, resultarían de muy difícil justificación. Qué duda cabe que la metáfora del barco en medio de la tormenta guarda un parentesco no del todo remoto con aquella otra, francamente desagradable, acerca de quienes son los primeros que abandonan el barco cuando este se hunde. Pero si no nos distrae la asimilación de quienes se apean tempranamente de la embarcación con los roedores, se hace evidente la argucia argumentativa que se desliza en ambas metáforas marineras. Que no es otra que la de soslayar el análisis del contenido del asunto que se esté tratando y convertirlo todo en un juicio de intenciones. Intenciones que el partidario de las metáforas distribuye a su antojo, claro está, reservándose de manera invariable para sí las más nobles (resistir heroicamente en el puente de mando al lado del capitán) y atribuyendo al adversario las más espurias (huir cobardemente como una rata a la menor señal de peligro).

Pero tal vez la prueba más contundente de que las metáforas, más allá de la ocasional eficacia comunicativa que puedan tener, no pueden constituirse en sustitutos del argumento sea la posibilidad que ellas mismas ofrecen de ser refutadas, incluso en su propia condición figurada. Así, a los partidarios de la metáfora marinera fácilmente se les podría plantear una sencilla pregunta concerniente a su contenido: ¿qué se debe hacer cuando una embarcación, por la razón que sea, se dirige directamente hacia las rocas, hacia un iceberg (cual Titanic) o se encuentra en rumbo de colisión con otra? ¿También entonces se deben poner en suspenso las críticas e ir, todos juntos formando una piña sin fisuras, hacia el naufragio? ¿No parece más razonable dar preferencia a la necesidad de poner a salvo el barco y, con él, a todos los pasajeros? O, por no abandonar este lenguaje figurado, ¿no procede, en semejante tipo de circunstancias, proponer un cambio de rumbo?

Regresemos al principio para poder dar por concluida la presente reflexión. La argumentación en el espacio público, abandonada por estos metafóricos, huérfanos de buenas razones, más que una reivindicación debería constituir una seña de identidad de la izquierda. Era precisamente un líder de este sector, el expresidente chileno Gabriel Boric, quien, en una reciente entrevista publicada en el suplemento dominical del diario El País, lo señalaba: “Uno tiene que estar permanentemente poniendo a prueba ante buenos argumentos sus propias razones”. Y con la autoridad que le concedía haber sido desalojado del poder hace bien poco, reivindicaba en los siguientes términos la necesidad insoslayable de la autocrítica: “La izquierda que solamente le echa la culpa al adversario está condenada a diluirse”. Igual todavía estamos a tiempo…

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