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La pandemia del populismo

De izquierda a derecha, Teodoro García Egea, Pablo Casado, Cayetana Álvarez de Toledo y Pablo Montesinos.

Apenas culminada la primera quincena de confinamiento, y a pesar del tiempo y la distancia de desarrollo social y tecnológico que nos separan de las antiguas plagas descritas magistralmente por Defoe, Manzoni, Camus y Roth; en las medidas de 'policía sanitaria' adoptadas; en el sentimiento de pánico, las reacciones humanas y sus efectos sanitarios y sociopolíticos... se concluye que quizá no hayamos cambiado tanto.

Desde la incredulidad inicial, hoy asistimos al lógico miedo y la heroicidad del trabajo en el servicio público (en palabras del doctor Rieux), al civismo y la solidaridad, pero también, en estos tiempos de populismo e infodemia, se han añadido la teoría de la conspiración, el relato parcial y de parte, el menosprecio de la ciencia, la antipolítica y la exigencia inmediata de responsabilidades políticas y para algunos, como no, también penales. Todos a la cárcel.

Varios siglos nos contemplan desde aquellas plagas narradas, pero la indiferencia inicial, sustituida gradualmente por la negación y la desconfianza, y más tarde por el miedo y la búsqueda de culpables a quemar en la plaza pública son las mismas. Tampoco estamos tan lejos de la negación o la actitud distante y el exceso de confianza inicial de las autoridades de la ciudad de Londres o de Orán, transformada luego en medidas de contención del desorden, seguimiento de casos, aislamiento y confinamiento total de las poblaciones. "Una vez cerradas las puertas... se dieron cuenta de que todos estaban cogidos en una misma red y que había que arreglárselas".

Tampoco somos ajenos a los dilemas morales y políticos que desde entonces se plantean. Siempre vuelve el debate sobre la plaga como castigo, antes por las supuestas ofensas a un dios, ahora por el desprecio de los límites de la naturaleza, así como sobre el momento en que al parecer empezó todo y la respuesta a los avisos de las ratas muertas y de los cuerpos torturados por los bubones en los barrios marginales, como también sobre el aislamiento, la escasez y la pobreza.

También sobre la huida de los privilegiados de la justicia no tan divina ni tan ciega de la peste o de la polio al campo o a la montaña, el fatalismo de los indefensos o la respuesta sanitaria y social, casi siempre desbordada. Pero, ante todo y siempre, el horror de la enfermedad y la muerte prematura y sus consecuencias sociales en ciudades que tampoco eran todas (y mucho menos todos) ni prósperas ni dichosas.

Los datos hoy de la evolución de la epidemia de la COVID 19 en el mundo son mucho peores que los calculados, y ni siquiera de los imaginados desde que la mariposa comenzó su aleteo en la lejana Wuhan: cientos de miles de infectados, decenas de miles de fallecidos y camino de que la mitad de la población del mundo quede confinada dan buena cuenta de ello.

En España y en buena parte de Europa nos encontramos en el momento álgido de la pandemia, cuando ya China y el sudeste asiático salen de ella y cuando empieza apenas a golpear en América y en el resto del mundo. Las consecuencias económicas del confinamiento son tan imprevisibles como catastróficas, a pesar de las medidas de emergencia puestas en marcha. Nada será igual, sobre todo al multiplicarse con las secuelas de la reciente recesión económica, de la cual aún no nos habíamos recuperado.

De nuevo en Europa y en España nos hemos equivocado, esta vez por exceso de confianza, y tampoco hemos logrado aprender, ni en cabeza ajena, ni en la propia, de las vacas locas. Nuestros sistemas sanitarios tan desarrollados, tecnificados, medicamentalizados y en plena transición digital, no han podido compensar sus tradicionales insuficiencias en materia de prevención, epidemiología, salud pública y de planificación sanitaria.

No nos hemos preparado frente a las ya cíclicas crisis epidémicas, más allá de la agencia europea de enfermedades infecciosas. Las epidemias del SARS en 2002 ni del MERS en 2012 tampoco nos han servido de antecedente, más que para algunas medidas puntuales en materia de alertas y el incremento de plantas hospitalarias de aislamiento. Es significativo que ley de salud pública, tardíamente aprobada en 2019, haya sido paralizada y aún hoy esté pendiente de desarrollo. Lo peor ha sido, frente a nuestro lugar privilegiado en el ranking sanitario, no haber sabido ver hasta qué punto los sucesivos recortes y privatizaciones, aún no paliados, han debilitado la respuesta a momentos como este de estrés sanitario, aunque en cada epidemia gripal nos hemos visto obligados a una medicina de crisis, agravando las ya excesivas listas de espera y, en definitiva, poniendo a prueba nuestra hasta ahora excelente calidad sanitaria.

Ha bastado con la Declaración del Estado de alarma para que estas limitaciones y debilidades, unidas a las dificultades en un mercado colapsado de aprovisionamiento de material de aislamiento, hayan pasado de la gestión autonómica a formar parte del debe del Gobierno y del Ministerio de Sanidad. Problemas de gestión, estos últimos, poco menos que inevitables que servirán de nuevo, como en la reciente crisis económica, para el relato de las derechas consistente en cuestionar nuestro débil Estado del medioestar, y con ello la sanidad pública y su carácter descentralizado.

Por el contrario, si algo nos dice esta crisis, es que los riesgos globales requieren respuestas globales y un modelo global de gobierno con una mayor autoridad, autonomía y recursos en manos de la Organización Mundial de la Salud. Así como sobre la investigación sanitaria en red y la producción y comercialización de fármacos de importancia estratégica. Y si algo nos dice sobre nuestros sistemas sanitarios, es que hay que defender y consolidar su carácter público, su orientación descentralizada, comunitaria, preventiva y de salud pública.

En cuanto al modelo económico, una vez se supere la pandemia y se desescale el confinamiento a lo largo de meses, nada será igual. El interrogante es si será con más derechos civiles y sociales para las mayorías o si la distopía de la desigualdad y el autoritarismo nos esperará, de nuevo, cuando se abran las puertas de la ciudad.

Paradójico es además que la gravedad de esta pandemia y de sus letales consecuencias se desarrollan precisamente un tiempo político caracterizado por el clima de competencia populista, que lejos de calmarse se ha enconado. La simplificación, la agitación y la polarización antipolítica corren el peligro de acentuar el malestar y la inseguridad favoreciendo el miedo y la manipulación, en vez de aportar la confianza, credibilidad y liderazgo político que la ciudadanía reclama. Por eso, en vez de un apoyo político sin fisuras a las medidas técnicas de confinamiento y al Estado de alarma como instrumento legal con el objetivo de evitar el colapso del sistema sanitario, día tras día el eco se confunde cada vez más con las voces. Pasa a un primer plano el ruido sobre el relato en la atribución de la culpa de la difusión de la epidemia en España, sobre la gestión política y sanitaria del confinamiento y de las carencias en los recursos sanitarios. Un relato tan parcial como falso sobre la tardanza en la Declaración del Estado de alarma vinculado al mantenimiento de la movilización feminista del 8M, sin situarlo en el contexto de la necesaria respuesta coordinada de Europa a la crisis, tanto para la limitación de movimientos en el espacio Schengen como para la política de compras, las declaraciones de emergencia y las medidas de flexibilidad en el objetivo de déficit público.

Aún peor: se trataría de suscitar dudas en la población confinada sobre el nivel actual de paralización de los sectores económicos, sin dejar un mínimo margen de confianza, tanto a los efectos de las limitaciones actuales, como de maniobra futura al Gobierno a lo largo de esta cuarentena.

En este clima polarizado, la estrategia antipolítica del populismo de extrema derecha y su infodemia han visto un nuevo caldo de cultivo para la insolidaridad y el linchamiento del adversario. Sea este el adversario político, la información periodística seria y contrastada, o la ciencia encarnada en los técnicos de salud pública.Al contrario de sus objetivos, ninguno de ellos ganará nada. La ciudadanía no premia la demagogia en tiempos de tribulación. Si acaso, perderán de nuevo las instituciones democráticas y la política. Y no sólo las españolas, en una Europa incapaz de pensarse y actuar como tal. En definitiva, algo que legítimamente debería formar parte de una evaluación crítica de la gestión de la pandemia, cuando ésta se haya superado, se ha precipitado de forma interesada, contribuyendo a la confusión y la desconfianza, y debilitando con ello la lucha de todos contra el virus.

Pero estoy seguro de que también esto pasará. Somos muchos más los que pensamos, como Camus, que algo que se aprende en medio de las plagas es que "hay en el ser humano más cosas dignas de admiración que de desprecio", y que por eso vamos a organizar además de los comités sanitarios de emergencia, sus correspondientes comités políticos para la reconstrucción y la solidaridad.

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