A 25 años de Génova: ¿Otro mundo sigue siendo posible?
En julio de 2001, Génova acogió la cumbre del G8. Frente a los ocho jefes de Estado encerrados en el Palazzo Ducale, protegidos por una “zona roja” que amuralló el centro de la ciudad, se concentraron unas 300.000 personas llegadas de toda Europa y de medio mundo. Había gente de todo tipo. Desde sindicatos y scouts católicos, a ecologistas y anarquistas pasando por campesinos de Vía Campesina y las primeras redes hacktivistas organizadas en Indymedia. Después de las experiencias de Seattle y Porto Alegre, el “otro mundo es posible” parecía consolidarse en Génova. La cosa no acabó bien. Carlo Giuliani, con 23 años, murió por un disparo policial en una de las plazas de la ciudad, luego la policía asaltó uno de los lugares en que se reunían los activistas y muchos denunciaron graves maltratos hasta el punto de que los hechos fueron calificados por Amnistía Internacional como la más grave suspensión de los derechos democráticos en un país occidental desde la Segunda Guerra Mundial. Catorce años después, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a Italia por aquellos hechos y los calificó de tortura. Es importante recordar ahora que aquel movimiento no era solo de protesta. Presentaba una plataforma de propuestas y de nuevas visiones muy significativa. Recordemos conceptos como la Tasa Tobin, las propuestas de cancelación de la deuda, la idea de bienes comunes globales, o la defensa de medicamentos de acceso abierto contra patentes en plena batalla del sida.
Veinticinco años después, un posible balance sería “tenían razón y perdieron”. Las diagnosis de 2001 no parecen desencaminadas, visto lo visto. Se hablaba de desigualdades crecientes, de un Internet libre, de grave crisis climática, de financiarización y especulación a escala global y de una creciente precariedad laboral. Algunas de sus propuestas fueron entonces tachadas de utópicas, pero en algún caso y con los cambios necesarios han llegado incluso a establecerse, como es el caso del impuesto mínimo global a las multinacionales pactado en la OCDE que algunos consideran un nieto bastardo de la Tasa Tobin. Las ideas han seguido circulando. Lo que ha ido perdiéndose es el sujeto colectivo que las expresaba. El malestar que aquel movimiento supo anticipar ha sido capturado por otros. Podríamos incluso decir que la crítica a la globalización es hoy más bandera de las derechas nacional-populistas que de un inexistente internacionalismo igualitario y democratizador.
Entre Génova y hoy han cambiado dos cosas que lo modifican todo. En 2001, lo que representaba Internet formaba parte, por decirlo así, del movimiento. Hoy la red que entonces prometía conectarnos horizontalmente de manera abierta e interactiva nos ha acabado separando verticalmente. El capitalismo de la red no solo nos vigila, extrae datos, o produce soledad organizada, sino que ha acabado generando un “nosotros” fragmentado en perfiles cada vez más individualizados, convirtiendo esa diferenciación en su modelo de negocio. Por otro lado, el propio demos ya no es el de entonces. La Italia y la España de 2001 apenas contaban un 2% de población extranjera. Hoy una quinta parte de quienes viven en España nacieron fuera, y es esa inmigración la que ha evitado nuestro colapso demográfico. En 2001 discutíamos sobre el modelo de sociedad dentro de un “nosotros” nacional dado por descontado. Hoy lo que se discute en Europa y en España es a quién aceptamos en ese “nosotros”, en plena ofensiva de discursos de “remigración” que no aspiran solo a cerrar la puerta sino a señalar a extranjeros dentro de casa. Cualquier nuevo movimiento tendrá que hacerse cargo de esa diversidad interna, con fricciones reales que se viven en los barrios populares. Ha llegado el momento en que la diversidad no es solo un valor que celebrar ni tampoco un problema más a gestionar. Es un hecho que precisa respuesta y organización política. Hasta ahora casi solo la ha organizado la derecha. En contra.
¿Es imaginable que se genere ahora un sujeto político global como el que se expresó en Génova hace 25 años?. ¿O es necesario pero no imaginable? Juegan a favor tres cosas. La base social es susceptible hoy de ser más amplia, ya que de alguna manera el movimiento de 2001 era anticipatorio. Hablaba de crisis por venir que de crisis vivida. Hoy la precariedad, la falta de vivienda, el impacto del clima o la guerra son experiencia cotidiana de muchísima gente. Hay, además, aprendizaje acumulado. Pero también se sabe que la denuncia global sin arraigo se evapora. Que la indignación crea un “nosotros” pero no lo mantiene a lo largo del tiempo. Van surgiendo expresiones que apuntan a alternatividad (sindicatos de inquilinas, comunidades energéticas, luchas en educación o sanidad…) pero las articulaciones y la sostenibilidad no son fáciles. En contra juega algo que también lo complica, que cada vez es más difícil saber quién es el adversario. No se reúne en un palacio. Es algorítmico, distribuido, lo llevamos en el bolsillo. Mientras la extrema derecha ofrece un “nosotros” a bajo coste, identitario, resentido, que no exige encontrarse con nadie, solo odiar juntos.
Por eso la respuesta a la pregunta de si es imaginable un “nosotros” como el que apareció en Génova hace 25 años es doble. No parece imaginable si para hacerlo posible necesitamos el acontecimiento, la contracumbre, la movilización. Podríamos imaginar algo distinto. La de un “nosotros” que no nace de las identidades sino de las prácticas. Anclado en los lugares donde pasan cosas e internacionalista en el horizonte. Hecho menos de acontecimientos que de paciencia organizada. En 2001 se decía que otro mundo era posible, y ese mundo estaba fuera, por imaginar. Hoy el otro mundo ya está aquí. Lo más difícil es reconstruir un nuevo “nosotros” para encarar ese mundo que nos está pasando por encima.
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