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Opinión - Valentía en tiempos de guerras. Por Rosa María Artal

Adictos al fariseísmo

Manifestación contra la invasión rusa de Ucrania frente al Parlamento suizo en Berna, el pasado 19 de marzo.

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Esto no es una reflexión, no esperen respuestas ni propuestas. Solo es un quejido que necesito compartir. Constato que nuestra sociedad se ha hecho adicta al fariseísmo. No somos los primeros hipócritas de la historia ni el fariseísmo lo han inventado las generaciones vivas, pero últimamente se expresa de manera tan desacomplejada que cuesta soportarlo. 

Nos hacemos los ofendidos y denunciamos con fuerza una corrupción que sin ser generalizada, sí es sistémica. Pero la hemos normalizado tanto que se vota, en ocasiones con fervor, a los corruptos. Incluso la asumimos como una manifestación natural de las relaciones propias del mercado cuando las actuaciones corruptas las protagonizan agentes económicos. Como si la propiedad privada fuera una excusa absolutoria. 

La connivencia social, sea en Madrid, Catalunya o Valencia, ha sido determinante para que la lacra de la corrupción se convirtiera en una enfermedad social crónica. Lo confirmó hace tiempo Francisco Camps cuando, después de revalidar su mayoría a pesar de estar ya imputado, declaró con todo desparpajo aquello de: “A mí els valencians ja m’han absolt”.  

Decimos no soportar la crispación, pero la hemos interiorizado tanto que crispar da muchos votos. Baste ver las encuestas, un 86% de la ciudadanía considera que hay mucha crispación en la vida política. Luego, al cruzar los resultados con recuerdo de voto, comprobamos que entre los que expresan un mayor rechazo a la crispación se encuentran los votantes de Vox. 

Últimamente también nos lamentamos de lo desprotegida que está nuestra intimidad frente a escuchas y filtraciones de todo tipo. Aunque en paralelo hemos normalizado que se espíen y graben las conversaciones de personajes públicos. Unos graban en beneficio propio, otros lo filtran al servicio de sus intereses, otros lo publican en nombre de la transparencia y los demás consumimos ávidamente las grabaciones. La cosa produce sonrojo cuando quienes lamentan la grabación de conversaciones privadas son profesionales de los medios de comunicación que mantienen una pugna insomne para ver quién filtra más cosas y así consigue más audiencia. 

Es verdad que no todo el mundo se comporta igual. Hay medios que se esfuerzan en ofrecernos explicaciones de por qué han resuelto en favor de la publicación de las grabaciones la colisión que existe entre el derecho individual al honor, la intimidad y la propia imagen y el derecho fundamental de la ciudadanía a una información veraz. 

Otros, en cambio, filtran de manera constante falsedades, a sabiendas de que lo son y que forman parte de una estrategia de guerra sucia. Sobre ello nos llamaba la atención hace unos días Neus Tomàs, al recordar que el periodista Pedro Águeda ya denunció en 2014 la existencia de la “policía patriótica” mientras otros actuaban de voceros de Villarejo. 

Este fariseísmo alcanza su cenit cuando nos lamentamos amargamente de las consecuencias de actos que conocíamos y sabíamos de antemano. Nada nuevo bajo el sol, creo que fue Nietzsche el que dijo: “hay personas que se pasan la vida sorprendiéndose al descubrir cosas que previamente habían escondido”. 

Aunque a la vista de lo visto, el filósofo se quedó corto. Hoy lo habitual es encontrar dirigentes o creadores de opinión que se lamentan de las consecuencias que provocan políticas que poco antes han estado defendiendo a capa y espada. Ha pasado con las políticas austericidas de la gran recesión y continúa pasando hoy. Los mismos que promueven políticas de precarización del empleo luego se lamentan del nivel de desigualdad y pobreza de la sociedad. Algunos defienden un modelo económico de bajos salarios, se oponen a la subida del salario mínimo y luego lamentan los desequilibrios financieros que en la seguridad social producen las bajas cotizaciones de los empleos de mala calidad que ellos mismos promueven. Y así todo. 

Uno de los muchos efectos colaterales de la guerra de Ucrania es el aumento considerable del fariseísmo. No me refiero solo a la doble vara de medir con la que se tratan las vulneraciones de los derechos humanos. Cada denuncia tiene su momento y ahora no toca fijar la mirada en el trío de las Azores y las armas de destrucción masiva de Irak. Hay muchas responsabilidades en lo que está pasando en Ucrania, pero el único que podía haber evitado esta guerra es quien ha invadido un país soberano, el régimen de Putin. 

En las informaciones y análisis sobre la guerra de Ucrania detecto un fariseísmo más sofisticado. De golpe se descubre algo que hemos estado ignorando deliberadamente, que Rusia es un régimen autocrático -por usar un eufemismo- que no respeta los derechos humanos. 

Ahora también comprobamos lo que ya sabíamos, pero hemos ocultado. El dinero criminal que se mueve por las cloacas de los estercoleros fiscales -les llamamos paraísos- utiliza los mismos circuitos financieros que el dinero gris o el aparentemente limpio. Nos lamentamos de las dificultades para aplicar las sanciones a los oligarcas rusos, porque hacerlo supone desmontar los circuitos de elusión fiscal que utilizan personas a las que hemos convertido en mitos.

Por supuesto, una vez descubrimos farisaicamente aquello que hemos estado ocultando, no cambiamos de actitud. Al contario, somos capaces de estar denunciando -muy justamente- al régimen de Putin mientras al mismo tiempo reforzamos las relaciones económicas y políticas con Catar, escondiendo la violación de derechos humanos que practica. Para mayor recochineo, a este fariseísmo le llamamos posicionamiento geoestratégico. 

Que quede claro que mi quejido no se refiere a las contradicciones propias del ser humano. Tener contradicciones y asumirlas es tan sano como dudar. Me producen pánico las personas que nunca dudan ni asumen sus contradicciones. Huyo de ellas, especialmente si se trata de personas con las que comparto convicciones. Pero una cosa es dudar y asumir las contradicciones y otra hacerse adictos al fariseísmo.  

Buscando alguna explicación a esta monumental hipocresía que nos acecha encuentro una muy clásica. Cuando comprender una cosa comporta dejar de tener importantes beneficios, los incentivos para no entender son muy poderosos. 

Pero eso no es una novedad de nuestro tiempo, siempre ha sido así. Debe haber alguna otra razón que explique por ejemplo el desparpajo de las derechas patrias. Al ser interpeladas por su absoluto desprecio a las normas de convivencia en nombre de una libertad que menosprecia a la comunidad, especialmente a los “perdedores”, nos responden con un descarado ¿y qué? Nos lo recordaba hace unos días Cristina Monge en un descarnado artículo en InfoLibre. 

Quizás, solo quizás, la explicación esté en la gran mutación que está sufriendo nuestra sociedad y que describe el filósofo francés Éric Sadin en su último libro. Quizás estamos asistiendo al “fin de un mundo en común” y la emersión de una nueva época, la “era del individuo tirano”. Quizás este desacomplejado fariseísmo solo sea la manera que utiliza nuestro “yo absolutista” para salir siempre vencedor. 

Quizás ha llegado el momento de trabajar, especialmente en el terreno ideológico, para reequilibrar de nuevo la relación entre libertad y comunidad. Pero ¿cómo hacerlo en una sociedad en la que la digitalización no solo fragmenta los trabajos, también trocea nuestras vidas y nuestras identidades? Una sociedad en la que las redes sociales han creado el espejismo de la centralidad absoluta de nuestro “yo”. 

Sinceramente no lo sé, ya les dije que no tenía respuestas. En eso tampoco nos diferenciamos mucho de otros contemporáneos a los que les tocó vivir momentos de grandes disrupciones. Pensándolo bien, saber a dónde se quiere llegar, aunque no se sepa cómo, ya es un primer paso. 

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