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Apocalípticos, integrados y cómo manejarse ante una realidad incoherente

Umberto Eco en una imagen de archivo.
21 de marzo de 2026 21:47 h

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Umberto Eco murió hace ya 10 años. Y hace casi 60 de la publicación de Apocalípticos e integrados, una obra clarividente que, pese al tiempo transcurrido, sigue siendo útil para comprender, o al menos intentar comprender, la compleja relación entre identidad, cultura y comunicación de masas.

Eco distinguía entre los apocalípticos, aquellos para quienes la masificación y la popularización del mundo contemporáneo conducían a la estupidez colectiva, la inanidad y el conformismo, y los integrados, que asumían estos fenómenos como resultado natural y esencialmente benéfico de una cierta democratización del poder y del saber.

El gran semiólogo, crítico y escritor italiano no acababa de tomar partido entre apocalípticos e integrados. Reconocía que ambos bandos contaban con argumentos válidos. Más que ambigua, su posición era bastante parecida a la adoptada por José Ortega y Gasset en otra obra clarividente, La rebelión de las masas: el objetivo de ambos consistía en describir una realidad que, como suele ocurrir, abundaba en contradicciones.

No cuesta demasiado, hoy, situar a los medios de comunicación convencionales, lo que en inglés y con mala leche se denomina a veces legacy press, en el bando de los apocalípticos. Y a las redes sociales como hábitat idóneo para los integrados.

Los apocalípticos tenemos (me incluyo) datos, argumentos y convicciones. Entre las convicciones, la de estar en el bando correcto. De ahí una cierta propensión a valorar como graves o leves determinados asuntos, según el ámbito en que se produzcan. Más leves si se trata del ámbito propio, más graves si se trata del ajeno. Hablo de campos ideológicos.

Pongamos un ejemplo. Un apocalíptico más o menos de derechas considerará gravísimos casos de corrupción como los que afectan a José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García: hablamos de dos secretarios de organización del PSOE y del círculo más próximo a Pedro Sánchez, el que le acompañó en su conquista del poder. Ese mismo apocalíptico apenas verá algún pequeño pecadillo en la orgía de comisiones y enriquecimientos personales que caracteriza la gestión de Isabel Díaz Ayuso en Madrid.

Un apocalíptico más o menos de izquierdas adoptará la posición contraria. Se horrorizará ante la desfachatez de Ayuso y se mostrará, en cambio, comprensivo ante las cosas que afectan a Pedro Sánchez y al PSOE. Lo mismo si nos referimos al feminismo: como se trata de una causa justa (lo es), el apocalíptico progresista propende a minimizar los posibles efectos no deseados de leyes aprobadas para promocionar y proteger a las mujeres.

Por supuesto, los apocalípticos tienen algo de integrados y no hay integrado sin momento apocalíptico. Umberto Eco detestaba la Wikipedia, plagada de errores, y, sin embargo, recurría a ella con frecuencia.

¿Quiénes son los integrados? Quienes nos manejamos como podemos por la vida, quienes prescindimos de nuestros principios cuando nos conviene (estamos contra los abusos laborales, pero compramos camisas sospechosamente baratas procedentes del sureste asiático), quienes ignoramos mucho más de lo que creemos saber. Y quienes mantenemos un higiénico recelo hacia ciertas élites, sean políticas, intelectuales o económicas. O sea, todos.

El integrado, a la vez empoderado e imbécil, a la vez razonable e inconsecuente, es en esencia pragmático. Está más pendiente de sus prejuicios que de la realidad, con sus detalles aburridos y sus contradicciones, y ahí coincide a veces con el apocalíptico. A diferencia del apocalíptico, acepta como principal marco de referencia su vida cotidiana.

El integrado vota a Isabel Díaz Ayuso, o votaba a Jordi Pujol, o votaba a cualquier socialista que aspirara a la Junta de Andalucía, porque considera o consideraba que, descontados los dramas de los apocalípticos, las corruptelas y las deficiencias de gestión (sanidad, ferrocarriles, etcétera), las cosas en general funcionan, o funcionaban.

El integrado tiende a optar por la estabilidad y la amenidad. El integrado, fácilmente confundible como eso que algunos llaman “pueblo” y otros “gente”, compone una fuerza mansa. Cuando se transforma en elector, el integrado, incluso si se orienta por motivos erróneos, suele tener razón.

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