Cómo se descomponen los gobiernos
¿Ha entrado el gobierno de Pedro Sánchez en fase terminal? Probablemente sea prematuro formular ese diagnóstico. Ya hemos visto increíbles pruebas de resistencia y recuperaciones casi milagrosas. Pero los síntomas negativos se acumulan.
Los gobiernos que se descomponen suelen errar en sus cálculos. Fue el caso de Margaret Thatcher en 1988. Se empeñó en cambiar la financiación de las entidades locales y crear un solo tributo, el “poll tax”, idéntico para todos los ciudadanos, fueran cuales fueran su renta y sus circunstancias. Thatcher sabía que el “poll tax” resultaría impopular, pero había calculado que dañaría más a los municipios ricos con mayoría laborista (sobre todo en Londres y su entorno) y que cualquier reacción en contra desembocaría, como otras veces, en la impotencia electoral de la oposición, dirigida por Neil Kinnock. Sus ministros la advirtieron. Ella siguió adelante. En 1990, las protestas contra el “poll tax” causaron los disturbios más graves en Londres desde 1888. Su propio partido hizo caer a Thatcher.
No es muy distinto el “cálculo del miedo a Vox”. Pedro Sánchez cree que el auge de la ultraderecha movilizará a los votantes de izquierda, como sucedió, hasta cierto punto, en 2023. Sucesivas elecciones autonómicas parecen indicar, sin embargo, que esa reacción es cada vez menos perceptible.
Los gobiernos que se descomponen cambian el debate interno por las trifulcas. En 1995, François Mitterrand estaba a punto de concluir su segundo y último mandato. El cáncer le acercaba también al final de su vida. Pero se obstinó en colocar a su amigo Jack Lang (hoy retirado y denostado por su relación con el pedófilo Jeffrey Epstein) como candidato presidencial del Partido Socialista. Mitterrand, según su costumbre, no dijo nada abiertamente: se limitó a favorecer la bronca interna en el partido con la idea de perjudicar al líder natural, Lionel Jospin. Consiguió arruinar cualquier opción de la izquierda.
Estos días ha brotado en el entorno de Pedro Sánchez una absurda polémica en torno a la responsabilidad por la tremenda derrota en Aragón. Óscar López, ministro y futuro candidato socialista en las autonómicas madrileñas, ha culpado a Javier Lambán, dirigente regional del partido que falleció el pasado año. Otros (no Sánchez) han tenido que salir en defensa de Lambán. Y, mientras, las críticas de Felipe González a Sánchez han vuelto a causar urticarias.
Los gobiernos que se descomponen acumulan deudas políticas. Alberto Fernández, presidente peronista de Argentina (2019-2023) no cometió ningún error gravísimo. Pero encadenó problemas. Muchos de ellos, relativos a la corrupción, heredados del mandato de Cristina Fernández de Kirschner. Cuando comenzó la pandemia, en 2020, proclamó que la salud era más importante que la economía y ordenó un confinamiento que duró dos meses. El Estado se encargó de pagar salarios. Con el regreso a la normalidad, el FMI y el propio ministro de Economía, Martín Guzmán, preconizaron un ajuste fiscal para aliviar la deuda acumulada por el Covid. Fernández consideró que el ajuste perjudicaría especialmente a la clase trabajadora y optó por emitir dinero. La inflación se disparó hasta el 12 por ciento mensual, la más alta desde 1991. En las elecciones presidenciales de 2023, los argentinos dieron la victoria al candidato de la motosierra y el ajuste brutal.
No es difícil deducir que los problemas de los ferrocarriles españoles comenzaron con el “austericidio” en el mandato de Mariano Rajoy. Pero le han estallado a Pedro Sánchez. Y lleva ya demasiado en el cargo como para culpar a otros. A la crisis ferroviaria (puro veneno electoral) se suma el hecho de que José Luis Ábalos, presuntamente implicado en notorios casos de corrupción, fuera ministro de Transportes durante tres años. Cosas que pasan.
Hay otros factores exógenos que contribuyen a descomponer un gobierno. Un mal invierno climático, por ejemplo. O un entorno internacional adverso. O un debilitamiento de sus socios de coalición. Todo suma. Es decir, todo resta.