Lo que esconde el confesionario de Rosalía
Yo también tuve una perla, como Rosalía. Como tantas. La cantante, tan sublime como sutil en sus mensajes, ha puesto un confesionario en su gira para desnudar a aquellos que hirieron o se aprovecharon de un otro más complaciente, ingenuo, impresionable, joven. Alguien que, pensando estar a salvo y en igualdad de condiciones, se dejó en casa coderas y casco.
En los patios de los colegios hoy se sigue jugando a cerrar los ojos para que un amigo te guíe, te dé instrucciones de derecha e izquierda con el objetivo de que esquives los obstáculos hasta que llegues a meta sin lastimarte. A veces nos ponemos en manos de alguien que quiere llevarte, no al objetivo, sino a la esquina que más le conviene. O te hace tropezar de manera sorpresiva. O te deja plantado y ciego a mitad de camino porque le ha salido un plan mejor.
Son los ojos del que ama con bondad quien sublima a la perla, los que ensalzan su valor y la pone en la vitrina para que otros –que no acaban de ver claro qué viste justamente en esa perla– la admiren. En realidad la perla es una tiza: esos ojos que la veían con apariencia de dureza y brillo son los mismos que pueden arrebatar sus atributos con un despertar que la convierta en polvo mate. Así, aquel dios se convierte en hueso mortal. El músculo anabolizado se atrofia. Los altos valores imaginados se despeñan, quedando arrumbados como desperdicios que un día parecieron rasgos elevados y eternos. Ahí, la perla deviene una cáscara hueca, que existió como canica preciosa solo gracias ti en tu cabeza.
Desde el humor y la conciencia de que aquel encuentro con aquella perla sirvió –como una llave de judo que utiliza la fuerza del contrario para tomar impulso con el tiempo–, el confesionario de Rosalía expone en Lux Tour comportamientos que rara vez trascienden la esfera privada. Custodiada en una caja silente, la perla puede seguir siendo un estupendo compañero de trabajo o un gracioso amigo por la generosidad de quien la padeció, que decide que quizás no fue así, que no vale la pena remover o que la culpa fue de ella por jugar a la gallinita ciega.
Rosalía, alineada con la idea de “que la vergüenza cambie de bando”, anima a dejar de proteger a personas de comportamientos miserables y no autoculparse. Sin venganza, rabia o dolor. Desde la serenidad y por pura justicia. Amar es exponerse con debilidades. Quien, conociéndolas, intenta sacar provecho de ellas en lugar de ayudar a entenderlas y superarlas debe ser expuesto también en público, para que el brillo corrupto de esas perlas sea visible por todos, en lugar de cegar solo la luz personal en convenientes y privados espacios domésticos.
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