España no puede con la pandemia, pero el Gobierno controla la situación política

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez durante su encuentro con el líder del PP, Pablo Casado en La Moncloa

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La pandemia sigue fuera de control. En España, en prácticamente todo el resto de Europa y en buena parte del mundo. Y todo sugiere que así va a seguir durante unos cuantos meses. Las inquietudes económicas que esa realidad y sus perspectivas plantean no dejan de agravarse. Nuestro país y el resto del planeta están entrando en un túnel del que nadie sabe cómo ni cuándo se va a salir. Frente a ese drama y sus consecuencias humanas todo parece pequeño. Pero cabe algo de consuelo: la situación política, en España y en muchos otros países, parece cada vez menos descontrolada. Hay menos amenazas de seísmos internos y eso puede ayudar, es más, debe hacerlo, a afrontar los desafíos enormes que nos acechan.

Más allá del ruido, de la manipulación informativa descarada y de las mentiras sin cuento, en España todo indica que el Gobierno de coalición va a proseguir su marcha sin contratiempos sustanciales en el horizonte temporal previsible. Que no es muy amplio: un año a lo sumo. Más allá de ese tiempo pueden pasar cosas hoy impensables. Por ejemplo, y, sobre todo, que el agravamiento de la crisis económica provoque una inestabilidad social que devenga en estallido. No tiene por qué ocurrir, hay medios de evitarlo, pero tampoco se puede descartar tajantemente: la gente está nerviosa, muchos tienen miedo, de la pandemia y de la miseria.

Volviendo a la política, la principal baza del Gobierno es que se ha quedado sin rivales que puedan inquietarle mucho. Porque el PP se ha quedado fuera de juego. Y no sólo porque la justicia haya colocado el escándalo Kitchen en la primera página de la actualidad. Sino porque ya antes de eso el primer partido de la derecha había perdido completamente rumbo.

Su injustificable guerra sin cuartel contra el Gobierno cuando éste tenía que hacer frente a los peores momentos de la pandemia ya resultaba incomprensible para no pocos votantes conservadores e influyentes personajes de la derecha. Esa política, ridícula por momentos, se quedó colgada de su propia brocha cuando ese Gobierno, con errores, idas y venidas y momentos de desconcierto, consiguió doblegar las curvas de la infección.

Y aunque las alegrías de ese éxito duraron poco, por lo que fuera, que tampoco se sabe con certeza, se pensó durante un corto tiempo que el PP, sin reconocer fallo alguno por su parte, iba a cambiar de actitud. Que se iba a hacer eco de las peticiones de que lograra algún tipo de entendimiento con el Gobierno, que le hacían toda suerte de exponentes del poder económico y le llegaban desde las propias filas de su partido y de su entorno social. Hubo un momento, e incluso algunos mensajes escritos, que hace solo unas pocas semanas parecían indicar que Pablo Casado iba a caminar por esa vía.

Esa esperanza se desvaneció de golpe. Caben varias hipótesis sobre por qué ha ocurrido eso. Más allá del papel que haya podido jugar José María Aznar, que tiene narices que un personaje tan caduco e impresentable como éste sea referencia para alguien, todas giran en torno a un mismo eje: el de que Casado tiene un miedo cerval a Vox y al uso que este partido, que no es nada salvo una amenaza perenne contra el PP, pueda hacer de ellas para ganar peso en el panorama de la derecha. Ese elemento, más que cualquier otro, indica la gravedad de la crisis que sufre el PP. La corrupción y la ineptitud se pagan y Pablo Casado es un cadáver político que aguantará sólo el tiempo que haga falta para que dentro del partido surja una alternativa real en su contra.

Que surgirá, porque la derecha es mucha derecha. Puede llevar muchos meses, pero terminará ocurriendo. Entre medias, y a regañadientes, el PP no tendrá más remedio que pactar con el Gobierno de coalición la renovación pendiente del Consejo General del Poder Judicial.

En esas condiciones, el Gobierno de coalición PSOE-UP tiene el camino relativamente expedito. No tendrá problemas significativos para que el Congreso le apruebe los presupuestos, aunque sí muchos y alguno grave, para rematar el contenido y la orientación política de esas cuentas. Las últimas noticias, como ya se podía intuir hace algunas semanas, sugieren que Esquerra Republicana de Catalunya terminará volviendo al pacto de la moción de censura. Porque es lo suyo, porque las encuestas le van bien, porque su gran rival, Carles Puigdemont, tiene cada vez más problemas para afianzar su programa irredentista y porque es seguro que no pocos independentistas catalanes ahora prefieren las cosas concretas a los discursos encendidos.

Habrá que ver qué hace Ciudadanos si esa perspectiva se consolida. Pero lo más probable es que de una u otra manera, posiblemente absteniéndose, termine sumándose al carro de esa mayoría. Una postura contraria significaría acercarse de nuevo al PP, como Albert Rivera. Pero no parece que Inés Arrimadas esté por esa labor. Porque no conduciría a nada en términos prácticos y porque cegaría el giro hacia el centro que parece haber emprendido como única vía de salvación de su partido.

Vista en términos generales, esa estabilidad relativa, aun sin capacidad para afrontar a medio plazo los graves problemas estructurales del país, es lo menos malo que le podía pasar a España en una situación como la presente. Y no pocos poderosos de la economía lo saben. Aunque les guste menos que poco que el Gobierno sea de izquierdas.

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Publicado el
10 de septiembre de 2020 - 23:42 h

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