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No caer en la trampa del PP

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, y el presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, 20 de febrero de 2024, en Madrid.

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Las cosas no son como las quieren contar. El Partido Popular apenas recupera el resuello del inmenso susto en el que creyó perder el Gobierno de Galicia. Como merecía y sabían. A su gestión, con las lacras que ellos mejor que nadie conocen, se unieron dos inmensos deslices: la confesión de los tratos de Feijóo con Puigdemont ante 16 periodistas convocados por el propio PP y la de Isabel Díaz Ayuso –la sustituta in pectore– admitiendo con arrogancia y chulería su papel (deleznable) en la muerte de los ancianos durante la pandemia en las residencias a su cargo al impedir su traslado a hospitales y no medicalizar siquiera las instalaciones. Se iban a morir igual, dijo. Así lo hicieron, asfixiados, solos y presas de la desesperación. Quienes se negaban a querer enterarse se quedaron helados.

Les hemos visto pasar auténtico miedo, por tanto. De ahí el despliegue obsceno de los últimos días de campaña, con aumentos de sueldo, cheques, llamadas telefónicas y SMS. Acusando a su principal oponente –BNG– hasta de vínculos con ETA. Y el despliegue de los medios a los que el PP de Galicia riega con millones de dinero público, incluso en plena campaña electoral, y la vergüenza de una televisión autonómica que silencia y publicita al gusto del que manda en la Xunta.

Un juego tan sucio no es ético y no merece ser revalidado en el cargo, como no lo merecía Ayuso tras su despiadada actitud con los ancianos en Madrid. En líneas generales, hasta que se comprenda que el PP concurre primado a todas las elecciones y que sus trampas y cómplices de alto nivel degradan incluso la democracia, no se puede hablar de equidad y limpieza en rigor. Ni felicitar honestamente por estos triunfos, ni hablar de facturas de los unos y los otros. Pagamos en oro tantas… Sé que es una utopía pretender que se resuelva, que la manga ancha aquí es sonrojante, pero no hay otra forma de erradicar buena parte de los males que lastran de antiguo este país.

Galicia es una tierra maravillosa que reparte sus votos en las generales, las autonómicas y las locales con bastante racionalidad. Para la derecha, ligeramente mayoritaria y sustentada sobre todo por el medio rural y los ciudadanos de mayor edad, el PP es el partido de Galicia. Desde Fraga, y desde Franco incluso; por eso Vox no consigue escaños ahí, están en el Partido Popular. El PP ha gobernado 36 de los 42 años de autonomía de Galicia. Solo ha habido dos gobiernos presididos por el PsdeG y ambos en coalición con nacionalistas de izquierda. Uno, tras el Prestige y a continuación volvieron al PP. Se diría que la debacle del PSOE –que lo es– ha de medirse contando con estos factores. Es como si en el País Vasco se pusiera el grito en el cielo porque el PP no consigue apenas votos frente al PNV, Bildu o el PSE.

Todo ha quedado tal como estaba, pero el miedo sufrido obliga a dar la mejor sonrisa. El Partido Popular y sus colaboradores saben extender su triunfo en Galicia con artimañas que prodigan con maestría e inquebrantable tesón, aunque se les vea de lejos el plumero. Es el ruido que amplifica la euforia a ver si se contagia, pero no creo que los resultados de Galicia sean extrapolables ni que haya nuevo ciclo. Salvo que logren el efecto profecía autocumplida que buscan. Para las labores de influencia cuentan con la ayuda de informadores afines –por voluntad o prebendas– y con periodistas demasiado apresurados que utilizan las plantillas de “elecciones: pierde y gana; sufre, se catapulta”. A veces las cosas son algo más complejas.

La España territorial cuenta, aseguran. Claro. Y tan territorial es Galicia como el País Vasco y Catalunya, y sus representantes apoyan a Sánchez.

Se trata de no caer en la trampa. El primero, el PSOE. Los dirigentes del PP han vuelto a salir en tromba, Cuca Gamarra con su cara de “ahora os vais a enterar” como si se afilara las uñas, Ayuso “asegurando” –nos cuentan sus voceros– que el PSOE va a desaparecer en toda España. Ahí es nada. Por perder cinco escaños en Galicia. Cinco más de los que van perdiendo. En Galicia. Ya saben que en el PP se encuentran los mejores alumnos del jefe de la propaganda nazi Joseph Goebbels, en este caso por aquello de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. En España las mentiras del PP se repiten hasta con eco en tantos medios como controlan. En la caverna, rebotan. Y sí les funciona, porque hay mucha gente que está a otra cosa.

Las elecciones gallegas tenían una mirada en clave nacional, como dicen. Relativa. Para el PP, sobre todo. Estaban ya dispuestos a echar a Feijóo y se preparaba Ayuso. El PSOE no tiene problema serio de liderazgo, a no ser con la derecha del partido que se prodiga en los medios que trabajan para el PP haciendo piña juntos. Y si la maquinaria de las tertulias y portadas y radios y teles se toma como algo que ocurre en una campana de vacío en la estratosfera, no tiene por qué influir en el conjunto de España. Oiga, que ya vale, que Feijóo negoció con Puigdemont, que este país ha amnistiado hasta a la dictadura franquista, que el PP gobierna con Vox y cumpliendo el programa de Vox en muchas comunidades, que tiene retenida la renovación del Poder Judicial porque le favorece y jueces tan escandalosamente gemelos de sus intereses que hasta la justicia suiza duda de su rectitud profesional.

Los resultados del PSOE han sido malos; los de Sumar, catastróficos y los de Podemos, patéticos. Sin duda. Los morados contaron con casi nulos apoyos mediáticos; los de Yolanda Díaz con muchos más, pero junto al PSOE quizás pagan en un cierto harakiri la operación cargarse o rematar a Podemos. No seré quien aconseje nada ni entre en las furibundas cadenas de agravios que suscitan algunos temas, como este. Nunca los he eludido salvo que crea que son estériles o irresolubles.

El PP conserva su mayoría absoluta en Galicia. Ellos sabrán y lo sabrán también el resto de los gallegos. Las urnas no lavan nada, por más que se esté extendiendo la costumbre de así decirlo y aceptarlo. Sería una tragedia –desde el punto de vista del realismo y la ética– que el PP y su equipo de difusores lograra convencer a alguien de que esto es extrapolable y alcanzaran con Feijóo y Abascal el gobierno de La Moncloa. A poca sensatez que se use, y con medidas eficaces y contundentes –las imprescindibles siempre aplazadas–, no tiene por qué ocurrir.

Recordemos que se nos vienen encima –con gran probabilidad– Trump y Putin jugando una partida sobre el mundo con Europa de mantel, que sigan las guerras y la máxima crueldad genocida, que se trague con que los viejos enfermos se tenían que morir en Madrid sin asistencia médica y que murieran asfixiados sin coste alguno para quien así lo decidió... y que, como ha ganado el PP en Galicia siguiendo la tradición, ya va a volver al Gobierno de España de la mano de su única socia, la ultraderecha, por todas las peculiaridades de este país diverso que usan pero, en el fondo, ni comprenden.

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