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OPINIÓN | 'Amar al prójimo', por Antón Losada

De verdad, no es necesario opinar de todo

La joven, durante la entrevista que concedió a Antena-3
29 de marzo de 2026 22:10 h

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Esta última semana he sentido verdadero pavor leyendo a cientos de personas hablando de su libro en un tema tan delicado y personal como la eutanasia. Gente que no sabe muy bien por qué está triste un domingo por la tarde, pero que manejó con precisión quirúrgica los motivos, las emociones, los sentimientos y hasta la dignidad de una persona que llevaba años peleando por decidir sobre su propia muerte.

¿Por qué este pudor indisimulado? Porque ahora mismo son nuestras opiniones las que funcionan como medida de quiénes somos, más que nuestras propias acciones. Si Descartes levantase la cabeza diría algo así como: opinamos, luego existimos. Las opiniones son ya una forma de identidad pública, algo que hay que exhibir para existir, aunque no tengamos ni puñetera idea de lo que estamos hablando. 

Todos somos ignorantes en muchos temas —en casi todos, si nos ponemos rigurosos—, pero hemos decidido convertir esa ignorancia en un problema estético que hay que disimular con corrector. Y no soy precisamente Albert Einstein si digo que las redes sociales tienen bastante culpa de todo esto porque, gracias a ellas, consumimos la información como pipas en el banco de un parque. En los periódicos, la opinión es libre, pero se supone que los hechos son sagrados (al menos siguiendo los códigos deontológicos, sí). Mientras que en Internet, ocurre justo lo contrario: los hechos son libres, pero la opinión es sagrada. Pero no es solo culpa de las redes sociales, por supuesto también tiene la culpa el abrumador tertulianismo mediático en el que estamos inmersos. 

Hace unas semanas, el escritor Luis Landero me decía en una entrevista publicada en Vanity Fair que hoy “la gente no necesita pensar porque ya se lo dan pensado. Hacemos, como en un supermercado, la compra diaria de opiniones”. Añadía que “hoy en día se consumen ideas, se consumen opiniones, se consume criterios, se consume todo esto, pero no lo elabora uno. No se elabora porque para eso, para elaborar tus propios pensamientos, para vivir la vida de primera mano y ver las cosas con tus ojos y pensar las cosas con tu inteligencia, para eso hace falta tiempo, hace falta lentitud, hace falta concentración. Ahora es todo muy inmediato, es de usar y tirar”. Me pareció una imagen superprecisa, esa idea de que consumimos opiniones ya elaboradas que incorporamos poniéndolas en el microondas un par de minutitos dando vueltas.

La entrevista con Landero me dejo pensando en hasta qué punto nuestras opiniones son realmente nuestras y en qué momento dejamos de distinguir entre lo que pensamos y lo que nos han dicho o sugerido que deberíamos pensar. Es difícil calibrarlo, la verdad. La opinión de una tertulia, por ejemplo, se suele instalar en nuestro cerebro con una seguridad (prestada) desproporcionada respecto al tiempo que le hemos dedicado (ninguno). 

Ahora mismo nos cuesta muchísimo permanecer como simples espectadores de un tema y sostener la incomodidad de no saber qué pensar. Pero está bien no saberlo todo y está bien no tener una opinión siempre; está bien que nuestras opiniones no siempre importen y, sobre todo, que no siempre aporten. Con toda la hipocresía que supone decir esto desde una columna de opinión. 

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