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Florentino Pérez o la hipertrofia del poder

El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, durante su comparecencia
13 de mayo de 2026 21:53 h

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Florentino Pérez llegó al Real Madrid en el año 2000 con una promesa tan audaz que rozaba casi lo inverosímil, quería arrebatarle Luis Figo al Barça. Desde ese primer golpe de efecto – unos 10.000 millones de pesetas mediante – , quedó claro que Florentino no era un presidente más al uso porque era, antes que nada, un empresario que había comprendido que el fútbol podía convertirse en la plataforma definitiva para ampliar influencia y prestigio. Florentino quería convertir el Real Madrid en más que club, una marca global, un activo de poder blando capaz de competir con las grandes corporaciones del entretenimiento mundial. Y lo cierto es que lo consiguió. Consiguió, de hecho, la marca y los títulos. El Santiago Bernabéu dejó de ser solo un estadio para convertirse en un centro de relaciones institucionales, un escaparate desde el que Florentino tejió una vasta red de conexiones empresariales, financieras, mediáticas y políticas que amplificaron su figura mucho más allá del deporte. 

Desde aquel año 2000, Florentino Pérez se ha consolidado como el presidente más exitoso de la historia del Real Madrid. Ese mérito es indiscutible, igual que su ofensiva institucional contra el Barça por el Caso Negreira. El problema es que no todas las defensas cerradas que recibe nacen de una convicción sincera sobre esos dos logros. Muchas defensas responden a algo bastante más elemental: el miedo a la crítica. Florentino concentra apoyos desde sectores muy distintos del madridismo porque encarna el poder en su estado más puro, con toda la capacidad de influencia y protección que implica, y porque existe una parte del entorno que ha terminado confundiendo la defensa del presidente con la defensa del propio club, como si uno hubiese engullido al otro. 

Ese es el problema estructural de cualquier liderazgo excesivamente personalista: cuando desaparece la crítica interna y toda discrepancia se interpreta como una deslealtad, la relación entre el líder y su entorno acaba convirtiéndose en una simple simbiosis autorreferencial. Y la adulación acaba convirtiéndose en la peor de las drogas porque el adulado deja de percibir el mundo tal y como es, y empieza a percibirlo tal y como le dicen que es, una visión que básicamente coincide con la suya propia.  

Hay muchos ejemplos de esa vanidad hipertrofiada, Donald Trump es quizás el caso más evidente. Florentino no llega a sus extremos escénicos, pero comparte con Trump la irritación ante las preguntas incómodas y la alergia a cualquier atisbo de crítica periodística. Cuando algún comentario opuesto le roza, el mecanismo de defensa es siempre el mismo: o intentar silenciarlo, o tirar de legado como autojustificación —“Hemos ganado 66 títulos entre fútbol y baloncesto. Somos la admiración del mundo. Llevo aquí 26 años y hemos hecho el club más valioso del mundo”—. 

En las últimas semanas, el vestuario del Real Madrid se ha convertido en un colador con filtraciones sobre peleas, desavenencias, ajustes internos y malestar, con su traducción en el plano deportivo. Ante esta verbena interna, un presidente podría preguntarse públicamente sobre si los jugadores que tiene en el vestuario están a la altura del escudo o sobre si él mismo está a la altura en la gestión del conflicto. Pero Florentino optó en su insólita rueda de prensa por el camino de la “campaña organizada” y dejó caer que lo verdaderamente grave no habían sido las patadas entre jugadores, sino que la prensa las publicara. Porque si algo no se cuenta deja mágicamente de existir.  

Es lo que ocurre con los líderes que llevan tanto tiempo en el poder - “Me tendrán que echar a tiros”, dijo-: llegado a un punto son incapaces de distinguir entre poder e impunidad.

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