Informe Roedores
Me imagino la escena tal que así:
Un presidente autonómico, a las cinco de la tarde de un sábado, tecleando en el buscador de su teléfono móvil la pregunta decisiva, la que va a plantar cara a la OMS, a veintitrés países coordinados y a decenas de técnicos desplazados sobre el terreno:
ChatGPT: Hola, Fernando. ¿En qué puedo ayudarte hoy?
Fernando: Buenas tardes. Tan solo una pregunta: ¿Pueden las ratas nadar?
La IA responde entonces que sí, que las ratas son excelentes nadadoras, pueden recorrer largas distancias, algunas incluso bucean. ChatGPT no dice nada de que sean capaces de practicar apnea, pero quien sabe. Lo acompaña todo con un emoticono de una rata y otro de una gotita de agua, para ilustrar mejor el asunto. Y Fernando Clavijo hace una captura de pantalla convencido de su solidez argumentativa: El crucero no puede fondear frente a la costa canaria, no señor, las ratas pueden llegar nadando.
La ministra responde entonces con un documento llamado “Informe Roedore”, un episodio nacional que remite en sí mismo a los mejores días de Chiquito de la Calzada. El informe explica que los técnicos han inspeccionado el barco y no hay ratas. No hay, por cierto, ni siquiera ratas en el origen del problema, sino ratones colilargos silvestres, que viven en bosques andinos y zonas cercanas a la estepa. Explica por qué ningún técnico considera la hipótesis del ratón andino espontáneamente nadador como amenaza. Explica que el barco es un crucero con todos los sistemas de prevención de plagas y que la hipótesis más sólida apunta, no a roedores dentro del barco, sino al ornitólogo holandés que había recorrido Chile y Argentina antes de embarcar, y que probablemente llevaba el virus en el cuerpo. Fin del Informe Roedore.
Existe una forma muy precisa de ignorancia política (muy practicada en España) que es la ignorancia militante. Vamos, el político no es ignorante, sencillamente tiene la obstinación de llevar la contraria. No hay una sola crisis en este país en el que no haya aparecido la política trinchera, con la oposición por mandato sea cual sea la situación o emergencia. Por supuesto, también Ayuso se sumó a esta noble tendencia desde su fallido retiro mexicano (¿Habrá vuelto ya o seguirá por Riviera Maya a costa del contribuyente madrileño?), rechazando que un hospital ubicado en Madrid (que no un hospital de Madrid) acoja a los españoles del crucero. “No estoy de acuerdo”, dijo. Imaginad lo extraordinario que hubiese resultado lo contrario.
Lo cierto es que el hantavirus está dejando el listón humanitario altísimo estos días. A algunos sólo les ha faltado pedir directamente que quemen el barco, como hubiesen hecho en La Edad Media cuando se creía que la enfermedad era un problema espiritual y el fuego la única respuesta que la teología ponía a disposición de la epidemiología.
—¡A la hoguera todo el mundo!
—Ojo, pero también hay españoles a bordo.
—Bueno, esos que no vayan a la hoguera, pero que desembarquen en otra parte.
Se habla mucho de las dos Españas como si fuesen un fenómeno geográfico o ideológico indefinido, algo referente a la izquierda o derecha, norte o sur, Madrid y el resto del territorio. Pero esta semana las dos Españas han tenido dos caras concretísimas. Una es la de quienes pusieron en marcha una operación internacional coordinada con veintitrés países, para dar cobertura y atención a un grupo de seres humanos a la deriva. La otra es la de quienes se opusieron obstinadamente infiriendo que mejor cargarle el marrón a otro. El temor es entendible, dada la pandemia reciente, pero precisamente por las lecciones que nos dejó aquello da pavor comprobar que algunos siguen reaccionando con exactamente los mismos reflejos pusilánimes.
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