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¿En la salud y en la enfermedad? Por qué ellas lo tienen más difícil (y se sienten más solas) que ellos cuando enferman

Para muchas mujeres, el diagnóstico no solo implicó enfrentarse al miedo médico, sino también a una soledad inesperada en su relación.

Lucía Taboada

15 de abril de 2026 22:44 h

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Patricia llevaba seis años con su pareja, dos compartiendo piso, cuando un día, palpándose en la ducha, se encontró un bulto en el pecho. Ahí comenzó un periplo que muchas mujeres describen como interminable, no solo por la enfermedad en sí, sino por la incertidumbre que la rodea: biopsias, consultas, preoperatorio, miedos, ansiedades, noches en vela haciendo suposiciones o esperando resultados. 

Patricia estaba acostumbrada a ir sola al médico por cualquier cosa: una gripe, unas anginas, un dolor de espalda, una picadura, los virus corrientes, así que asumió que también atravesaría esto por su cuenta. No se planteó exigir la compañía de su novio. “No le di importancia. De hecho, pensé que al pobre le estaba viniendo grande la situación y no sabía reaccionar”, recuerda. En aquel momento, lo único verdaderamente urgente era su salud y su cuerpo. 

Su pareja, sin embargo, tampoco apareció cuando la situación dejó de ser ambigua, no se presentó ni en las consultas decisivas ni en los momentos de mayor vulnerabilidad física. “En la última cita antes de la intervención le pregunté al médico si podía volver a casa conduciendo sola, porque sabía que no podía contar con él”, cuenta. Evidentemente no podía. Tuvo que llamar a su madre para que la llevara y la recogiera, ocultándole además que había atravesado todo el proceso prácticamente sola. “No quería preocuparla”, explica, aunque hoy reconoce que también intentaba no dejar en evidencia a su pareja.

¿Por qué actuó él así? Patricia no lo sabe, nunca le dio ninguna explicación. Sí es consciente, sin embargo, de que durante meses se esforzó por construir explicaciones y excusas que lo protegieran, como su incapacidad para gestionar la enfermedad o su bloqueo emocional. “Cuando ya me recuperé y pude mirar atrás con distancia, me dio pena de mí misma, de haber pasado todo aquello tan sola por no dejarle a él en evidencia”.

Cuando Patricia contó su historia en redes sociales, lo que más la impactó no fueron los mensajes de apoyo, sino la avalancha de relatos similares. Mujeres que ampliaron el hilo con experiencias propias. Una a la que su pareja dejó en el hospital tras una cesárea, con un bebé recién nacido y una sonda; otra cuyo marido no acudió a su operación de cáncer de mama en estadio III; otra que relataba cómo su mejor amiga tuvo que acudir sola al hospital para dar a luz a un bebé fallecido a los siete meses de embarazo, mientras su marido solo apareció en el alta y con prisa porque tenía el coche mal aparcado. 

Para muchas, el diagnóstico no solo implicó enfrentarse al miedo médico, sino también a una soledad inesperada en su relación. ¿Se trata de anécdotas aisladas o existe algo más profundo detrás? Para Alba Ayala, investigadora del Instituto de Salud Carlos III, la respuesta es indudablemente estructural. “Hay una desigualdad en los cuidados. Aunque los hombres se hayan incorporado a cuidar, el tipo y la intensidad de las tareas siguen siendo diferentes”, explica. Ellos tienden a asumir tareas puntuales o instrumentales —gestiones, reparaciones, acompañamientos ocasionales—, mientras que las mujeres dedican muchas más horas al cuidado continuo, doméstico y personal de las personas dependientes. 

Cuando ya me recuperé y pude mirar atrás con distancia, me dio pena de mí misma, de haber pasado todo aquello tan sola por no dejarle a él en evidencia

Patricia

Los datos de su estudio Los nuevos cuidadores confirman esa asimetría. Las mujeres son mayoría como cuidadoras principales en prácticamente todas las edades. Solo a partir de los 80 años el número de hombres cuidadores supera al de mujeres, y en ese caso suele tratarse de maridos que atienden a sus esposas muy mayores. “Las mujeres viven más años, pero también pasan más tiempo con peor salud y mayor dependencia, lo que obliga a los hombres a asumir ese rol en edades avanzadas”, señala Ayala. En cambio, entre los 45 y los 60 años —la franja en la que coinciden el cuidado de hijos y de padres— el peso recae casi exclusivamente en ellas: hijas, nueras, parejas. “Eso indica que el cuidado familiar sigue siendo mayoritariamente femenino”, concluye.

¿En la salud y en la enfermedad?

La idea romántica de los votos matrimoniales, esos “en la salud y en la enfermedad” frente a altares y testigos, no siempre resiste la prueba de la realidad. Diversas investigaciones internacionales han observado que la salud de la mujer tiene un impacto mucho mayor en la estabilidad de la pareja que la del hombre. Un amplio estudio europeo, que siguió durante casi dos décadas a más de 25.000 parejas mayores de 50 años encontró que, cuando la esposa tenía mala salud y el marido gozaba de buena, el riesgo de ruptura aumentaba alrededor de un 60% entre los 50 y los 64 años. En cambio, si era él quien enfermaba, la probabilidad de separación no se incrementaba de forma significativa. 

Hay una desigualdad en los cuidados. Aunque los hombres se hayan incorporado a cuidar, el tipo y la intensidad de las tareas siguen siendo diferentes

Alba Ayala investigadora del Instituto de Salud Carlos III

No hablamos solo de enfermedades graves, sino de pequeñas dependencias físicas, como mala movilidad. Si una mujer tiene dificultades con las tareas cotidianas, su riesgo de divorcio aumenta, según el citado estudio. Porque hay una diferencia importante entre sentirse demasiado enfermo para preparar la cena y necesitar que alguien te dé de comer. El mismo patrón se observó en la salud mental: las mujeres con depresión tienen más probabilidades de divorciarse, mientras que los esposos con depresión no presentan el mismo aumento de riesgo.

Otros trabajos llegan a conclusiones parecidas. Uno basado en datos de más de 2.700 matrimonios de personas mayores en Estados Unidos analizó cómo la aparición de enfermedades físicas graves influye en la estabilidad de la pareja, sufriendo ellas las rupturas más que ellos. O en el ámbito oncológico, otro estudio con pacientes de cáncer y esclerosis múltiple halló que la tasa de separaciones se disparaba cuando la persona enferma era la mujer. Aproximadamente una de cada cinco parejas se rompía, frente a menos de una de cada treinta cuando el enfermo era el hombre.

Diversas investigaciones internacionales han observado que la salud de la mujer tiene un impacto mucho mayor en la estabilidad de la pareja que la del hombre

¿A qué se debe esta desigualdad?

Las explicaciones apuntan a una combinación de factores sociales, por supuesto culturales, pero también económicos. Las mujeres siguen asumiendo más tareas de cuidado y organización doméstica; cuando ellas enferman, ese andamiaje invisible se desmorona. Además, en muchas parejas persiste cierta dependencia económica femenina y una menor red de apoyo para los hombres en roles de cuidador principal. No todos abandonan, por supuesto que no, pero estadísticamente la enfermedad femenina tensiona más la relación.

Tampoco parece que se trate únicamente de una cuestión generacional. “Algunos estudios muestran cómo las cohortes de mujeres más jóvenes perciben menos el cuidado como una responsabilidad de la mujer, aunque los datos y la práctica siguen mostrando cómo el cuidado informal se encuentra todavía altamente feminizado”, describe Ayala. La brecha, en otras palabras, se ha reducido en el discurso, pero mucho menos en el tiempo, el esfuerzo y la responsabilidad reales.

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