¿Ofrece peor imagen una toalla tendida o la enésima franquicia idéntica en una ciudad?
Si paseas por las estrechas calles de Nápoles, encajonadas entre edificios altos, sueles caminar bajo la sombra de la ropa mojada tendida de ventana a ventana. Es una parte intrínseca de la cultura napolitana, esos tendederos suspendidos entre callejones que obedecen incluso a un código propio donde la ropa interior y las prendas íntimas se colocan en el centro, protegidas por sábanas, fundas de almohada o toallas que las ocultan.
El derecho a tender la ropa en la calle se respeta en Nápoles como una norma que actúa casi como democracia visual porque todos enseñan al sol sus prendas húmedas. Los tendederos en las fachadas confiesan oficios, edades, rutinas y clases sociales; una geometría textil muy fotogénica (como en Lisboa) que revela que la ciudad todavía se pertenece a sí misma.
En España, la legalidad de tender la ropa en el exterior de una vivienda puede variar de una ciudad a otra. En muchas localidades, las ordenanzas municipales incluyen normas específicas sobre la utilización de las fachadas porque las fachadas nunca son neutras y decidir qué puede verse y qué debe esconderse en ellas es una decisión política de clase.
El Ayuntamiento de Lorca, gobernado por PP y Vox, ha decidido recientemente que tender ropa en la fachada atenta contra la estética urbana y podrá castigarse con multas de hasta 1.500 euros. La nueva ordenanza también persigue colchones, bombonas y cualquier elemento “antiestético” visible desde la calle. Todo con el objetivo de dar la “mejor imagen posible” de la ciudad.
¿Qué significa exactamente “la mejor imagen posible” de una ciudad? ¿Las terrazas plastificadas de franquicias idénticas en cada esquina dan una mejor imagen? ¿Los letreros luminosos de bakerys, specialty coffees y demás anglicismos intercambiables que poco tienen que ver con la identidad propia de las ciudades españolas nos embellecen de cara a la galería? ¿Toda esa homogenización proyecta una imagen más cosmopolita que una toalla tendida o, al revés, una imagen profundamente más cateta, a lo ‘Bienvenido Mr. Marshall’?
El geógrafo Edward Relph acuñó el concepto ‘placelessness’ para describir ese debilitamiento de la identidad de un lugar debido a los procesos homogeneizadores; ciudades donde desaparece cualquier rastro de singularidad bajo la capa de cafeterías idénticas, mismas cadenas de ropa, logos repetidos y escaparates que podrían estar en Lorca, en Birmingham, en Atlanta, en un centro comercial sin alma, o en la también desalmada zona de embarque de un aeropuerto.
Tengo la sensación de que las ciudades llevan años expulsando todo aquello que recuerde a la vida real, de que se diseñan cada vez más desde intereses privados o alianzas público-privadas que compiten por atraer inversión y turismo, y no por cuidar a los vecinos que las habitan. Casi todo es una mezcla ya de patrimonio anodino y especulación desenfrenada.
La ropa tendida es una necesidad doméstica, no una provocación estética, y convertir los hábitos cotidianos de la gente sin grandísimos recursos en un problema visual es, en el fondo, una forma de expulsión. Si lo piensas, en realidad, la ropa tendida en las fachadas de los pisos singulariza las ciudades y les da un saludable aspecto de pertenencia.
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