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Y encima, sentirte culpable

Cartel de alquiler de vivienda, a 11 de mayo de 2026, en Madrid (España)
18 de mayo de 2026 00:49 h

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“Estoy en un limbo. Hay pequeñas ayudas o pisos de protección oficial para jóvenes, pero yo ya no entro en ese baremo. Y tampoco soy tan viejo como para tener otros beneficios. Estoy atrapado en una nada con una niña. Siento vergüenza. Es un fracaso. Tengo 44 años y aún no tengo casa propia, aunque tenga trabajo”, contaba un hombre en el tercer programa de ‘El Juicio’, el espacio presentado por José Luis Sastre en La 2, que la semana pasada abordaba si es lícito o no hacer negocio con ella. El 'jurado popular' del programa dictaminó, con 5 votos a favor y 4 en contra, que, con límites, sí es lícito hacer negocio con la vivienda.

Más allá de la “sentencia” que ya dice mucho del estado de la conversación pública sobre este asunto, lo que me quedó resonando toda la semana en la cabeza fue la frase del hombre de 44 años que vive de alquiler. No es un caso aislado, claro. De hecho, un estudio realizado por la Federación de Asociaciones Inmobiliarias (FAI) y Sociedad Española de Alquiler Garantizado (SEAG) reveló que la edad media de los inquilinos en España creció un 11,9% en los últimos cinco años, superando ya los 35 años.

El alquiler ha dejado de ser una etapa de transición para convertirse una condición permanente con un coste que va mucho más allá de lo económico y afecta también al plano emocional, casi diría que identitario, porque vivir de alquiler produce una sensación de impermanencia total. Cuadros sin colgar por no estropear las paredes ajenas, objetos que tendrás que trasladar pronto a otro piso, muebles que con toda probabilidad se perderán por el camino, incertidumbre, inseguridad, gastos y más gastos.   

En muchos otros países vivir de alquiler no conlleva carga moral alguna. Es una opción plenamente digna y funcional respaldada por marcos legales que protegen al inquilino. En España pasa exactamente lo contrario. Alquilar se interpreta como una prueba de insuficiencia personal, una especie de adolescencia prolongada (y nadie quiere prolongar su adolescencia), como resultado de décadas de políticas que apostaron sistemáticamente por la propiedad como único modelo válido. Alquilar es, ahora mismo, peor financiera (imposibilita el ahorro) y psicológicamente (te hace sentir culpable por no tener ahorros y no poder controlar tu propio entorno).

Así que se puede casi que decir que el mayor logro del sistema no es haber disparado los precios de alquiler hasta hacer imposible el acceso a la vivienda para millones de personas, sino haber conseguido que esas mismas personas se sientan culpables por ello, interiorizando un fracaso que no les pertenece, hasta el punto de convertir una crisis estructural en una sensación íntima de insuficiencia.

Es evidente que el hombre de 44 años que salía en el programa no ha fracasado. Según contaba tiene trabajo, una hija a la que cuida, puede pagar su alquiler mensualmente y, pese a todo ello, siente vergüenza. Y lo peor es que es un sentimiento compartido por muchos como resultado de ese relato perfectamente construido para que el malestar no se dirija hacia arriba, sino hacia abajo, o peor aún, hacia adentro. Porque qué fácil resulta todo, sistémicamente hablando, cuando la rabia se convierte en resignación y la resignación en vergüenza propia o incluso en culpa. 

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