El Papa vs. Tony Blair
En los últimos días, he escuchado las llamadas de tres personas muy diferentes a reaccionar contra la imposición de la inteligencia artificial al albur de los deseos de las pocas empresas que controlan esta tecnología. A.G. Sulzberger, el editor del New York Times, el novelista Percival Everett, y el papa León XIV. Las suyas no son llamadas a adaptarse o a resistir, sino a reaccionar.
Los multimillonarios que controlan lo que debería ser una herramienta y, sobre todo, sus palmeros parásitos repiten el mensaje de que la IA es una fuerza inevitable y sólo queda aprender, subirse al carro, sacarle provecho y recoger los trozos de los empleos y las vidas que destroce por el camino.
En el Reino Unido, Tony Blair lleva la voz cantante de la IA, a la que, según él, hay que entregar más pronto que tarde todos los datos de la vida pública, incluidos los más sensibles de salud, para que los gobiernos funcionen mejor. Su consultora -llamada instituto para que suene mejor- está en parte financiada por Larry Ellison, uno de los dos hombres más ricos del mundo y fiel apoyo de Donald Trump que está también en el negocio de la IA. Blair es sólo un ejemplo notable, pero por todo el mundo hay una red de consultores, académicos y empresarios mucho más modestos que viven ahora de vender las bondades de la IA.
Su mantra no es verdad. La IA no es inevitable, no es una fuerza incontrolable de la naturaleza ni tiene por qué existir en los términos que decidan unos pocos. Callarse, reaccionar, regular depende de gobiernos, empresas y ciudadanos.
Los críticos no niegan las ventajas de la IA para la vida diaria -no hay mejor ayudante para abrir un bote que se resiste o arreglar un paraguas- y el potencial para hacer descubrimientos en grandes bases de datos que ayuden a la investigación periodística, la salud y la ciencia. Pero eso no significa rendirse sin más a lo que llegue y a lo que imponga la IA.
La mala experiencia de las redes sociales y cómo han intoxicado y alterado la vida pública debería servirnos de lección. Y la amenaza de las redes no era existencial de la misma manera que la IA, como decía hace unas semanas Sarah Wynn-Williams, extrabajadora de Facebook y autora del libro Los irresponsables (ese que Mark Zuckerberg no quiere que leas y te aconsejo leer). Ella hablaba, sobre todo, de los usos militares de la IA y las armas autónomas.
El mensaje de A.G. Sulzberger, el editor del New York Times, es para los editores que están haciendo pactos con las compañías de la IA ignorando que están robando o comprando por poco su trabajo, que requiere esfuerzo y mucha humanidad. Las consecuencias van mucho más allá del negocio para sostener los medios.
“Las empresas que impulsan la IA -que ya se encuentran entre las más ricas y poderosas de la historia de la humanidad- están consolidando un control desmedido sobre nuestros datos y nuestra atención”, dice Sulzberger. “Su apropiación del debate público es posible gracias al pecado original que da vida a sus productos de IA: un descarado robo de propiedad intelectual que se ha producido a una escala sin precedentes. Los gigantes tecnológicos explotan los sitios web de noticias sin permiso ni compensación. Reempaquetan estos bienes robados como si fueran suyos, desviando la audiencia y los ingresos que de otro modo irían a parar a las organizaciones de noticias que crearon ese trabajo. Y esto ocurre no solo una vez durante el proceso de entrenamiento, sino innumerables veces cada día”.
Aquí su discurso original esta semana en un encuentro de editores en Marsella, y aquí la traducción al español.
Sólo unos pocos valientes y con dinero se atreven a plantar cara a estas empresas en los tribunales, y es importante que el Times, que utiliza la IA para sus proyectos, y muchas otras no se callen. Los medios que lanzan las campanas al viento anunciando acuerdos por cuatro perras son cómplices de un mundo que será peor para todos.
La regulación de la UE es una excepción y los gobiernos, incluso europeos, entienden poco y se rinden ante los centros de datos, como si fueran un imán de puestos de trabajos y no unos lugares bastante vacíos que consumen agua y recursos naturales y contaminan (a veces incluso más de lo estimado, como le ha pasado al Gobierno británico). Pero también es esencial la reacción de empresas con influencia pública como el New York Times. Y claro que importan voces más escuchadas para que los ciudadanos reaccionen con sus hábitos o su presión a sus representantes públicos. Lo que diga el papa o un novelista de éxito tiene efectos relevantes.
Everett, en un discurso este martes en un centro de humanidades de la Universidad de Oxford, hizo un alegato de la creatividad humana frente a la IA, en esencia, una recicladora del pasado. El escritor, premio Pulitzer, es el autor de James y Cancelado, entre otras muchas novelas.
Uno de sus mensajes es que la resistencia ciudadana a veces es individual y empieza por lo aparentemente más pequeño, a menudo lejos de las pantallas que nos hipnotizan.
“Leer un libro es lo más subversivo que uno puede hacer en una cultura”, dijo. “Escribir no es lo primero, no es lo segundo. Lo segundo es pertenecer a un club de lectura. Porque ahí es donde la gente habla de historias, de literatura. Y entonces, cuando la gente se reúne, la literatura se pone realmente a prueba y se vuelve importante”. En definitiva, se muestra nuestra humanidad.
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