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Politizar el calor

Un hombre se moja la cara con el agua de una fuente durante una ola de calor.
27 de julio de 2026 22:04 h

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Ya no hablamos de récords aislados, sino de tendencia. Según el servicio europeo Copernicus, en 2025 el 95% del territorio continental europeo registró temperaturas por encima de la media, y los tres años más cálidos jamás medidos son todos posteriores a 2019. Europa es, además, el continente que más rápido se calienta. Este verano, la Organización Mundial de la Salud estimaba en unos 1.300 los fallecimientos atribuibles al calor en apenas una semana de finales de junio. Son muertes silenciosas, que golpean más a los más frágiles, y que apenas dejan imágenes. Todos los escenarios científicos coinciden en que lo que hoy llamamos ola de calor será, dentro de dos décadas, un verano normal. Lo excepcional se está volviendo estructural.

Y lo estructural tiene geografía. Las ciudades ocupan una fracción mínima del territorio, pero concentran a la inmensa mayoría de la población. En España, alrededor del 80%. Es ahí donde el calor se amplifica y se reparte de forma desigual. El asfalto y el hormigón acumulan calor durante el día y lo devuelven por la noche, generando el efecto de isla de calor, que puede añadir hasta diez grados a la temperatura del entorno e impedir el descanso nocturno, que es cuando el calor mata. Y dentro de cada ciudad, la desigualdad se mide en grados. Hace dos veranos, las cámaras termográficas de Greenpeace registraron en Madrid más de 54 grados de temperatura superficial en la Puerta del Sol, remodelada sin un solo árbol, y cerca de 27 bajo el arbolado del Paseo del Prado, a unos centenares de metros. Esa diferencia no es explicable solo por la variable meteorológica, hay que incorporar las decisiones que cada ayuntamiento toma en sus políticas urbanísticas. A escala urbana, la temperatura es una variable política.

Por eso conviene decirlo con claridad. Hay que politizar el calor. Lo escribía en portada Libération hace unas semanas (“il faut politiser la canicule”) y se argumentaba tambien en la revista italiana Tempolinea. El calor extremo es hoy lo único que de verdad asusta a los negacionistas, porque su adversario ya no son solo los ambientalistas ni tampoco las políticas de la Unión Europea, sino la realidad misma. A pesar de todo, la reacción no se ha hecho esperar. Una buena parte de la derecha europea lleva el verano explicándonos que siempre ha hecho calor. Y Abascal apunta frente a los incendios que son los “ecofanáticos” los que impiden que se limpien los bosques. Politizar el calor no es una estrategia de agitación. Lo que implica es tratar la temperatura de nuestras calles como el resultado de decisiones sobre urbanismo, movilidad y vivienda, y no como una fatalidad atmosférica. Unas decisiones en las que la distribución de costes y beneficios no es simétrica, unas decisiones que castigan más a unos que otros.

Algunas ciudades hace tiempo que lo entendieron. París lleva una década larga transformándose estructuralmente. Peatonalizaron primero las riberas del Sena, convirtieron los patios escolares en “oasis” vegetales abiertos al barrio, instalaron bosques urbanos en plazas emblemáticas, y priorizaron a las bicicletas por encima de los coches, dentro de un plan climático que prevé suprimir 60.000 plazas de aparcamiento para plantar árboles. Fue también pionera en ensayar su estrategia “París a 50 grados”. Habrá que ver si todo ello sobrevive al cambio de ciclo tras la marcha de Anne Hidalgo. Esa es la prueba decisiva que cualquier política de adaptación ha de superar, el durar más de un mandato.

Barcelona ha hecho parte del camino con la iniciativa de las supermanzanas, la red de refugios climáticos que va incrementándose, generación de nuevos espacios de sombra, y ahora ensaya estrategias de anticipación con el proyecto “Barcelona a 50º”, dentro del Pla Calor 2025-2035. En este plan hay previstos dos simulacros en 2027 para poner a prueba cómo respondería la ciudad entera (hospitales, red eléctrica, agua, escuelas, servicios sociales) ante un episodio de calor extremo. Lo preoocupante es que ya no es un ejercicio de ciencia ficción. De hecho, cuatro de las cinco temperaturas más altas registradas en la ciudad desde que existen mediciones se han dado en los últimos años. El valor del ejercicio es evidente, pero corre el riesgo que el simulacro no venga acompañado de la transformación indispensable que modifique las condiciones estructurales que han hecho posible que nos acerquemos a esa cifra amenazadora.

Madrid ilustra la tercera posibilidad, la más inquietante, ya que no es solo un problema de inacción, sino de un conjunto de actuaciones que tienden a empeorar el escenario. Plazas duras sin vegetación, talas de arbolado maduro, piscinas renovadas con césped artificial que retiene el calor y, como respuesta estrella ante las alertas, el cierre de los parques, clausurando justamente los espacios que refrescan. Mientras tanto, la adaptación realmente existente avanza por la vía privada. Las ventas de aire acondicionado han crecido dos dígitos por segundo año consecutivo. Sabemos que cada aparato enfría una vivienda pero calienta la calle, y, además, quienes más lo necesitan son quienes menos pueden pagarlo. Si la adaptación se privatiza, la desigualdad térmica será la nueva frontera de la desigualdad social.

Todo esto se juega, en lo esencial, a escala municipal. Son los ayuntamientos quienes plantan los árboles, abren los refugios, transforman los patios y deciden si una plaza es de granito o de sombra, si colocan arbolitos o árboles con copa grande y consolidada. Y son, a la vez, la administración estructuralmente peor financiada, esa sala de máquinas del bienestar cotidiano a la que seguimos negando poderes y recursos. Pocas causas justifican hoy mejor el municipalismo que el termómetro. La ciudad a 50 grados puede ensayarse en un simulacro. La ciudad que evite llegar a ellos solo puede construirse politizando el calor.

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