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Presidente rima con valiente

Torra en la reunión que celebró con Puigdemont y el PDeCAT para decidir el voto en la moción de censura.

Neus Tomàs

Los defensores y detractores de Charles Darwin llevan décadas enzarzados en debates sobre los aciertos y errores de la teoría de la evolución y sobre su traslación a las ciencias sociales. Controversias aparte, lo que parece evidente, sea en el campo biológico o en el social, es que Darwin tenía razón cuando teorizó que la especie que sobrevive no es la más fuerte ni tampoco la más inteligente. Es aquella que mejor se adapta al cambio. Es un principio que aplicado a la política –si no se lleva al extremo de la traición a los principios– sirve para afrontar un escenario tan complejo como la negociación que les espera a Pedro Sánchez y Quim Torra.

Torra está atrapado entre Berlín y Estremera. O lo que es lo mismo, entre lo que pide Puigdemont y lo que quiere Junqueras. Los que se fueron sienten cada vez más la distancia como un olvido, y su estrategia no tiene nada que ver con el pragmatismo que reclaman, entre otros, algunos de los que se quedaron y pagan sus decisiones con una condena preventiva más que cuestionable.

Torra es el presidente pero aún no ejerce. El ascendente de Puigdemont le impide hacerlo. Pero sin renegar de su mentor debe demostrar que es él quien controla el gobierno. La negociación con el Ejecutivo del PSOE será su bautizo político. Casi nada para alguien que ni es político ni está claro que quiera serlo. Los independentistas tienen razones para defender que el Estatut es una etapa superada. Pero no tienen fuerza suficiente para que prospere la celebración del referéndum del desempate.

Para salir del bucle no les queda otra que intentar negociar, aunque haya que empezar por las migajas. Y eso no convierte a Torra y a su gobierno en menos independentista. Harán bien en no escuchar a quien quiera colgarle la etiqueta de traidor antes incluso de haberse sentado en la mesa de la Moncloa.

Sánchez ha demostrado que sabe adaptarse a los cambios aunque está por ver si además de ser el gran superviviente de la política española es también un presidente valiente. Lo suficientemente valiente como para tomar decisiones que las encuestas no aconsejan. Según los sondeos, el traslado de los presos a cárceles catalanas es visto como una cuestión humanitaria por la mayoría de los catalanes.

Ser valiente sería no solo acercarlos a sus familias sino reconocer que los líderes independentistas no cometieron un delito de rebelión. Que no lo diga solo puede responder a dos motivos: o cree que sí merecen 30 años de cárcel o no lo piensa pero no le conviene decirlo. En el resto de España la mayoría de ciudadanos piensa que estos políticos merecen estar encarcelados. Es un motivo suficiente para dudar de que Catalunya algún día pueda tener un encaje que pueda satisfacer a la mayoría de catalanes y a la vez a la mayoría de españoles.

De Sánchez y Torra se espera que no repitan los errores de Rajoy y Puigdemont. Rajoy nunca supo adaptarse a los cambios. Puigdemont aún está a tiempo de hacerlo.

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