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Síndrome de las expectativas ante la perversión

Niñas en Afganistan.
27 de junio de 2026 22:28 h

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Mis amigas afganas están desoladas al contemplar que los torturadores, violadores, pederastas y asesinos de sus congéneres son tratados como personas en la UE sin tener en cuenta su perversión. Mis amigos socialistas viven momentos de depresión y frustración al ver caer torres tan altas en el barro de la corrupción. Mis familiares que votaban a la derecha están desencantados o alarmados por el cariz de la alianza del PP con Vox. Mis amistades norteamericanas pasan la vida con miedo evitando utilizar el español o hacer críticas a Trump por temor a ser escuchadas y perseguidas. Una de mis exalumnas me ha preguntado si es justo que un delincuente se vaya de rositas tras reconocer haber robado seis millones de euros. Veo lógico que los hijos de mi vecina estén furiosos porque la avaricia de sus caseros los ha devuelto a la casa materna. Leo en elDiario.es que el sistema de acogida a menores inmigrantes ha dejado en desamparo a un adolescente senegalés enfermo al salir del hospital. Mi colega y madre sola con dos hijos se desespera porque no llega a fin de mes y el juez ha dictado una pensión de 200 euros al padre de su hijo, que no le llega ni para pagar la guardería… y etc.

Con un mundo del revés a como debiera ser, tengo que creer a la sabia Mary Beard para no perder la ilusión de vivir y con ese ánimo poder pensar que ningún tiempo pasado fue mejor sino mucho peor. Debemos consolarnos así porque ella conoce bien la vida de nuestros ancestros como experta en el Mundo Antiguo. “Nuestros antepasados hicieron el mundo como es. Nosotros podemos decidir en qué se convertirá”, dice el historiador Yuval Harari, en el tercer libro de su trilogía “Imposibles”. Pero este pensamiento nos hunde más en la pesadumbre porque sabemos que ese “nosotros” con capacidad para cambiar el futuro es un puñado de poderosos tecnócratas que no tiene buenas intenciones ni se mueve por intereses loables sino por el mero lucro y ansias de poder. Y otra vez, encontramos motivos para el desaliento. 

En realidad, lo que nos ocurre al sentir tanta desolación, a pesar de vivir en una sociedad avanzada, con las necesidades esenciales cubiertas y derechos básicos asegurados, es que somos víctimas del “síndrome de las expectativas”. Es un concepto que se aplica al estado de ánimo de los partidos políticos que esperan excelentes resultados electorales y obtienen muchos menos votos de los esperados. Tras recuperar la democracia, en España hemos ido avanzando en todos los terrenos y nuestro bienestar medraba a medida que se perfeccionaba el sistema político e institucional. Todo iba, aparentemente, a mejor. Pero la globalización internacionalizó todos los extremos de nuestra existencia; las relaciones humanas y sociales cambiaron e incluso modificaron nuestros gustos y prioridades electorales, en función de acontecimientos que muchas veces están lejos de nuestras manos, decisiones, deseos.  

Como vivimos acostumbrados a mantener altos niveles de exigencia a nuestros gobernantes, no podemos aceptar que las instituciones se corrompan, incumplan con su papel o perviertan las tareas que les están encomendadas. Como teníamos un ascensor social para llegar a la universidad desde familias trabajadoras, podíamos hipotecarnos para formar un hogar aunque tuviéramos varios trabajos para mantenerlo y nos permitíamos tener siempre llenita la nevera, creímos que eso sería siempre así o mejor. Pero lo que ha ocurrido es todo lo contrario y no lo podemos asumir sin desfallecer en el camino. Me lo dijo mi hija en un diálogo sobre pasado y presente propio de una boomer y una milenial: “Mamá, es que pasar de menos a más es fácil pero ir de más a menos es más duro”.

Los populistas de derechas en Europa identifican la UE con el enemigo que les resta autonomía y confisca la voluntad política de sus ciudadanos para ponerla en manos de tecnócratas a quien nadie ha votado. De ahí la falacia de los conservadores británicos pro-brexit que convencieron a su pueblo de que “Europa nos roba” -un lema similar al de los soberanistas catalanes con “España nos roba”- hasta el punto de provocar la ruptura de Reino Unido con la UE a base de mentiras según se ha podido comprobar con el fiasco de los resultados.

Para España, sin embargo, la Unión Europea es un ente idealizado porque nos sacó del aislamiento de la dictadura, nos aceptó en un ámbito de derechos y libertades que nunca antes habíamos conocido. Sin olvidar que entramos con todos los demás países en el euro y, a pesar de los sacrificios, nuestra economía se benefició de su integración en uno de los bloques económico que importan en el mundo. Sobre todo, para la ciudadanía, la Unión es la depositaria del canon de la democracia, de la justicia y el buen gobierno. Pero eso también se ha acabado.

Resulta que esa instancia superior que creíamos mítica se está desmoronando, da claros signos de depravación al abandonar sus principios en aras de la vergonzosa extradición de campos de personas migrantes más allá de sus fronteras. En esa misma deriva, esta semana pasada, la UE ha terminado por caer en su deslegitimación como referente humanitario al tratar de tú a tú con los seres más execrables de los que tenemos noticia hoy. Invitar, reunirse o hablar con los malvados varones que gobiernan y mortifican al pueblo afgano es lo más rastrero que se podía hacer por parte de esos funcionarios de manos blancas que creen estar libres de culpa por limitar sus actuaciones a un “carácter técnico”. El cinismo – algo que no es novedoso en esas instancias- les ha llevado a tapar sus vergüenzas y esconder el lugar de la cita que imaginamos similar a las conversaciones de Fausto con Mefistófeles. Así han vendido el alma de Europa a estos asesinos y violadores que han impuesto la desaparición de las mujeres en Afganistán. Como dijo la periodista afgana refugiada en España, Khadija Amín, “la UE le ha puesto una alfombra roja a los talibán”. Y a las mujeres europeas nos ha matado de vergüenza.

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