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Sueños en el campo de centeno

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La idea de huir de la ciudad al campo, de la agitación urbana a la paz solo turbada por cigarras, es tan antigua como la propia ciudad. El Eclesiastés ya predicó que la urbe era sede de iniquidad y de injusticia, y en Grecia, a partir del siglo IV a.C., las escuelas filosóficas de apartamiento relajan o directamente rompen los vínculos con la polis. Entre los primeros cristianos aparecieron los hesicastas, eremitas que encontraban su ideal de perfección moral en las cuevas del desierto y a los que la sociedad, tanto civil como eclesiástica, aturdía.

Nada nuevo, pues. La ciudad, ya sea antigua o moderna, es una selva de intereses, la lucha por la supervivencia es la estructura de sus encuentros, las relaciones son utilitarias y su ruptura con la naturaleza se ha vuelto definitiva.

Pero la humanidad ha seguido ese rumbo y seguramente lo ha hecho con motivos. No todo es alienación y tráfico. Ahora bien, ese rumbo ha ido adquiriendo cualidades y características nuevas a lo largo del tiempo. Por ejemplo, a mediados del siglo XX en España los grandes movimientos de migración interior se produjeron entre los pueblos y las capitales de provincia, donde se asentaba la industria de los años del desarrollismo. Eso fue así hasta los años 90, en que el movimiento se reorientó a las grandes ciudades, cuando los hijos de los antiguos emigrantes de provincia decidieron hacer lo mismo que sus padres, pero con un objetivo mayor.  De la urbanización de los siglos XIX y XX hemos pasado a lo que se conoce como metropolización. En 2018, según el Instituto Nacional de Estadística, estas migraciones ya habían doblado en número a las que se produjeron en la década de los 90.

Mencionábamos los motivos de que la humanidad, equivocada o no, haya seguido el rumbo de la urbanización y ahora de la metropolización. No se desprecian ni mucho menos los atractivos económicos y de orden material –seguridad, sanidad, educación– que indudablemente contribuyen siempre a las elecciones. Pero no son los únicos.

En una cultura donde el desarrollo personal, la educación y la búsqueda del talento y la transmisión de información se han convertido en factores de identidad individual y colectiva, así como en factores de riqueza para la consideración que los sujetos tienen de sí mismos, la ciudad o, mejor dicho, la metrópoli dispone de una oferta incomparable, tanto si se coteja con la cultura rural como si se hace con las capitales de provincia.

Ciertamente, las desigualdades que produce la metrópoli y la dificultad de supervivencia para los escalones económicos bajos son obstáculos en el camino hacia esos u otros propósitos. La ciudad es dura e implica la aceptación de unas reglas del juego sintetizadas en la polaridad ganador/perdedor, tan estadounidense y tan repugnante. Dicho de otro modo, la ciudad es habitable, pero solo si tienes dinero. Sin dinero, lo que se habita es un limbo de trabajo y aislamiento (o hacinamiento).

Esta dureza es la que explica los movimientos –por otro lado, bastante residuales y hasta ahora poco significativos– de migración en sentido contrario, de la metrópoli al campo. Si bien son cuantitativamente marginales, han reforzado no obstante un sentimiento, y una ideología bastante generalizada –incluso entre los que viven en la metrópoli–, de la pobreza existencial de la vida en la ciudad. Este valor ideológico, y no tanto político, pues la política permanece indiferente a tales propuestas, es el que parece no solo discutible, sino también extremadamente reactivo. La ciudad es el objeto de odio y la alternativa es solo su consecuencia. Pero ese es otro tema.

A los defectos existenciales y sociales que tiene la ciudad, la ideología rural, por llamarla de alguna manera, opone la relación con la naturaleza, una vida liberada de las cadenas de la producción y de la jerarquía productiva, así como del bombardeo consumista que ha hecho de los ciudadanos simples consumidores –o mejor dicho, ciudadanos en cuanto consumidores–, un ajuste entre las necesidades y el esfuerzo necesario para satisfacerlas, y en último término, una vida en comunidad, es decir, dentro de un grupo social cognoscible, con vínculos palpables, cargados de autenticidad humana.

Dicho de otro modo, se pretende una liberación de la presión social y económica que el hábitat urbano ejerce sistemáticamente, sustituido por un sistema en que el individuo es más libre y puede elegir de manera menos coactiva.

Para decirlo sin más demora, eso no existe en el mundo rural español. Ni puede conseguirse en las actuales circunstancias. La presión social en ese medio se rige por una moral religiosa –independientemente de que los individuos sean practicantes o no– y por un sistema de hábitos y costumbres que aspira a ser inmutable en el tiempo. La novedad, incluidos los seres humanos novedosos, con toda su panoplia de variantes, no cabe dentro de un modelo antimoderno, completamente de espaldas a lo que constituye la esencia de la civilidad: el movimiento y el despliegue de energía, cuyo objetivo es la trasformación de la materia en posibilidad.

El campo español es el producto de varios ingredientes que, en distintas proporciones, se han mezclado a lo largo de su existencia, entre los que destacan la extrema pobreza, un catolicismo ultramontano acompañado de una ideología reaccionaria y la cerrilidad ante un progreso que no fuera meramente económico. El resultado es que ese mundo, como ya sentenció Machado, “desprecia cuanto ignora”. Y se comporta con toda beligerancia contra cualquier apertura en su sistema de valores o a la novedad. Es, sencillamente, cerril.

A diferencia del medio rural francés, ocupado históricamente por la burguesía y su modus operandi liberal, que produjo una ruralidad ilustrada y una alternativa histórica y real a la vida en la ciudad, el español ha sido un lugar endurecido en la miseria, de la moral a la política, pasando por la cotidiana.

La España vaciada es la España que se vació no solo por motivos económicos y materiales, sino porque su ambiente era irrespirable y la presión social, insostenible para cualquiera con un mínimo de sensibilidad o de curiosidad. Nadie ha intentado reconstruir el campo español sencillamente porque nadie quiere reconstruirlo, ya que nadie quiere volver a aquello. A aquello o a esto, pues nada ha cambiado, excepto unos cuantos cachivaches electrónicos que brillan entre las ruinas.

Una de las modalidades del poco significativo regreso al campo en nuestro país son los llamados grupos de happy hippies, que funcionan con distintos grados de comunidad dentro de un colectivo de amigos o conocidos que se dotan de sus propios recursos, como los escolares o los sanitarios. Quitando que viven dentro de territorio hostil, la ciudad se lleva, como escribía Kavafis, adonde quiera que vayas. Como sucedió con las comunas de los años 60, el peligro de implosión es alto. También este es otro tema.

En fin, todo esto recuerda aquel sueño de Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, en que se veía intentando salvar a unos niños que jugaban en un campo de centeno que en su borde ocultaba un precipicio.

No creo yo que este artículo vaya a salvar a nadie del precipicio rural español. Como mucho, espero que aliente el convencimiento de que la lucha contra la injusticia social, si la hay, se librará sobre el asfalto y no sobre las eras en barbecho.

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