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Terruquea que algo queda

El presidente del PP, Pablo Casado, le hace un gesto a la bancada socialista, durante la intervención de la portavoz de EH Bildu en el Congreso de los Diputados, Mertxe Aizpurua en la segunda sesión del debate de investidura del candidato socialista a la Presidencia de Gobierno en la XIV Legislatura en Madrid (España), a 5 de enero de 2020.

La fórmula autoritaria tiene el atractivo de la simpleza –solía decir mi padre sentado en el baño con un periódico–, pero entraña una contradicción. Su reclamo puede resumirse en: nosotros ganamos la guerra porque no nos detuvimos ante nada, así que reelígenos para que volvamos a ganarla. Solo que para volver a ganarla hay que inventarse una nueva guerra.

En realidad, el objetivo de esta derecha histeriqueada consiste hoy en convencer a la gente de que para conseguir la concordia hay que derrotar las veces que haga falta al derrotado. Por eso terruquean. Perdonadme que saque este neologismo. El 'terruqueo' –la acción de convertir a cualquiera que no sea ellos en terruco, en terrorista– funciona igual de bien en cualquier contexto. A los pobladores de las comunidades andinas que luchan hoy contra el impacto medioambiental y la contaminación del agua que deja la explotación de las minas a manos de multinacionales la derecha peruana les llama "terroristas antimineros".

Las feministas, terroristas, claro; los de Teruel también y, por supuesto, el terrorismo independentista que denuncia el autoritarismo de Estado de izquierdas y derechas. Si es idiota y cruel llamar terroristas precisamente a quienes desistieron del terror, a desarmados, reinsertados y que juegan con las reglas del sistema, es decir, a gente profundamente antiterrorista, lo es mucho más aprovechar la vulnerabilidad de colectivos y reclamos justos por derechos y libertades para estigmatizarlos y seguir pegando abajo. Al final, los terroristas de verdad podrían ser los supremacistas blancos si se confirma que atacan con granadas los centros de menores migrantes desprotegidos.

La derecha y la ultraderecha siguen capitalizando la paz, el dolor y la memoria de los pueblos en todas partes. Ya han probado que les funciona electoralmente. No lo consiguieron con la ficción de ETA y el 11M, pero quién sabe si ahora cuela. Porque su estrategia es siempre la de reavivar el miedo social, clamar que el terrorismo no está muerto y que podría estar a punto de aterrizar en el nuevo gobierno progresista de España. Y para ello son capaces de retorcer la ley en nombre de un interés superior que ellos llaman unidad, patria, rey o lo que les convenga. Y lo estamos viendo en esta patética performance de susurros y arbitrariedades previas a la investidura para hacer creer que un gobierno de izquierda (a todas luces blanda) supondría un resultado apocalíptico para este país.

Busco cuántas veces se menciona la palabra inmigración en el Acuerdo PSOE-Unidas Podemos y solo encuentro una mención y va acompañada de la palabra legal. En el centro comercial, los niños españoles hacen cola delante de Melchor y Gaspar y la cola de Baltasar está vacía. Y mientras el Titanic de la investidura corre peligro de hundirse, solo espero que esto no acabe con Pedro diciéndole a Pablo que al final tenía razón y que en la tabla cabían los dos. ¿Cabremos todes?

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Publicado el
6 de enero de 2020 - 20:58 h

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