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Todavía no hay Europa, ni hay europeos

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante su discurso en Davos.
25 de enero de 2026 22:07 h

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En una entrevista publicada en la revista Jot Down a Valerio Rocco Lozano, director del Círculo de Bellas Artes y profesor universitario de Historia de la Filosofía, ante la pregunta «¿Qué es Europa?», Rocco Lozano respondía citando a Cavour (para el cual, una vez lograda Italia, había que «hacer» a los italianos): «A mí me gustaría pensar que Europa son los europeos. Yo no sé bien qué es Europa, pero mientras no haya europeos, Europa no será nada: será un concepto, una abstracción. Y hay muchas resistencias a ser ciudadanos europeos, por más que el programa Erasmus haya ayudado, por más que el multilingüismo, por suerte, avance —frente a un unilateralismo solo del inglés—. Hay enormes frenos políticos, comunicativos, educativos, culturales. […] Europa debería ser los europeos, pero no existen todavía».

Cuán poco ha de haber europeos, pues, que el discurso más comentado entre europeos después de Davos ha sido el de un canadiense, Mark Carney, haciendo suyas las máximas que —con razón— algunos señalan tendría que aplicarse Europa a sí misma: asumiendo la insostenibilidad de una mentira beneficiosa para el primer mundo como lo era el orden internacional basado en normas estables, señalando lo necesario que se hace hoy dejar de fingir que el mundo juega justo y equilibrado, proponiendo una geometría variable de acuerdos, coaliciones, alianzas y estrategias compartidas entre “potencias medias” con tal de que las esferas de influencia de otras potencias no se las coman. De Macron ha quedado el meme de las gafas de sol y a Von der Leyen, que insiste en que los Estados Unidos no son sólo aliados, sino amigos, no le hace caso nadie.

Es curioso tener amigos que gobiernan su propio país a base de asesinar a su población civil. Más allá del pequeño deseo tecnócrata que habita en buena parte de la población, deseante de un banquero ordenado que venga a poner orden, hablar y comportarse como un adulto frente a las chiquilladas y ejercicios violentos de los tiranos del mundo, intuyo otro componente por el cual ha resonado tanto por estos lares el discurso de Carney, frente a los discursos de nuestros emisores “propios” y “europeos”; frente, por ejemplo, a las declaraciones del primer ministro belga, Bart De Wever, también bastante claro al enunciar que “una cosa es ser un vasallo feliz y otra un esclavo miserable”. Buscamos mayor consuelo en el canadiense Carney que en los líderes europeos porque, en el fondo, algo así como una comunidad política europea, en 2026, sigue siendo un sueño, una ilusión, una ruina. Puede existir solidaridad entre gobernantes por proximidad geográfica o signos políticos, ¿pero hay una preocupación genuina hoy por Europa como conjunto? ¿Nos importa lo suficiente, desde el sur, comprender la preocupación de los países vecinos a Rusia por las consecuencias de la invasión a Ucrania y las amenazas expansionistas de ese vecino? ¿Están preocupados los europeos del norte por la cobertura de seguridad, por ejemplo, de Ceuta y Melilla bajo el amparo de la OTAN? 

Si Carney enuncia que debemos dejar de actuar bajo el amparo de premisas ilusorias, cuya ilusión evitamos o actuamos como si desconociéramos, en la descripción de Václav Havel el ‘vivir una mentira’, la «participación de la gente común en rituales que, en privado, saben que son falsos», Europa se parece mucho más al prestidigitador que se cree sus propias ilusiones, sus trucos, sus mentiras. No por llamar más veces ‘papi’ a Donald Trump ese ‘papi’ va a portarse mejor. No por definir más veces a EEUU como un amigo EEUU va de verdad a erigirse como tal. La imposibilidad constitutiva de Europa ha alcanzado un punto extraordinario de hartazgo: llevamos muchos años hablado de instituciones internacionales en crisis, de la necesidad de mayor autonomía estratégica o independencia o como que sea que se le llame ahora; no por mucho repetirlo se han dado los pasos necesarios para ello, convirtiéndose en un nuevo ritual de falsedad, como cada vez que las autoridades afirman estar deeply concerned, muy preocupadas. 

En Minneapolis, las fuerzas paramilitares del ICE trumpista han ejecutado a otro civil, como sucedió hace unas cuantas semanas, y no hay comunicado alguno ni escándalo por parte de una Unión Europea a la cual parecen no importarle los excesos autoritarios de sus ‘amigos’. Pronto, si no hay europeos, seremos todos esos esclavos miserables de los que hablaba Bart De Wever. Y lo peor es que, con tanta conversación sobre una invasión militar a Groenlandia, lo que hace Estados Unidos es dorar la píldora para que traguemos mejor cuando obligue a los europeos a entregarla, a través de una compra, disfrazando su conquista de intercambio comercial. Quizá entonces sí que sea demasiado tarde, tanto para hacer Europa como para hacer europeos.

 

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