Si de verdad fuéramos un país
Dice el teorema del mono infinito que un número infinito de monos escribiendo en con un número infinito de máquinas de escribir lograría escribir cualquier texto; esta última semana hemos asistido a una combinatoria parecida con todos los textos posibles sobre la posición de España con respecto a la guerra en Oriente Próximo, lo que ha hecho Sánchez y por qué lo ha hecho, y un número infinito de columnistas podría rellenar un número infinito de periódicos, quién sabe si hasta dar con algo brillante, inusitado, como capaces serían los monos de redactar El Quijote. Leía este domingo cómo, para Ignacio Molina, investigador en el Real Instituto Elcano, era llamativo y triste “que cuatro analistas brillantes [coincidieran] en el prisma perezoso del derrotismo, el complejo de inferioridad y la autodenigración colectiva”. La idea del prisma perezoso es aquella según la cual daría más o menos igual cualquier posicionamiento: todo quedaría reducido a un mero gesto simbólico por la “irrelevancia” global de España, su estatus como país de segunda o tercera fila; por ende, todo movimiento en política exterior tiende a pensarse como sospechosamente cínico, pues no podría estar motivado por una voluntad real de intervenir en los asuntos de política exterior a propósito de los cuales se diera el posicionamiento. Como no podemos parar la guerra, oponernos a ella sería un postureo.
No espero de los dirigentes políticos que estos sean guiados por voluntades puras, ni me imagino que tomen sus decisiones con firmeza idealista, como quien cándidamente esperaría que las personas a las que vota fueran mucho mejores, y más nobles, que una misma; poco interesante me parece el ejercicio de reducir la conversación pública a cuáles son los motivos por los que alguien, en su fuero interno, toma una decisión, escoge decir esto o aquello, y más importantes los efectos que esa decisión produce. En resumen: asisto un poco aburrida y con desinterés a la acumulación de discursos sobre si Sánchez se posiciona de tal o cual manera por conveniencia o con firmeza, por interés o desinteresadamente. La política nunca me parece un juego desinteresado. He aquí uno de los argumentos de la derecha esta semana, al hallarse con el pie cambiado e incómoda ante el acertado posicionamiento en política internacional del Gobierno: la nostalgia del confesor que quiere meterse en mentes ajenas.
El otro, que avanzaba al principio, tiene que ver con un lamento distinto, como el de la nota que se encontró Elias Canetti: si, para el anónimo citado por Canetti, “si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra”, para esa derecha, “si fuera de verdad el Gobierno, si de verdad fuéramos un país, debería poder impedir la guerra”. Para Tellado, llamar violación del derecho internacional a una violación del derecho internacional es vergonzoso y pone en riesgo la seguridad, estabilidad y prosperidad de España; da igual que, mientras tanto, se ejerza un tonto servilismo de vasallo a Estados Unidos, o que se mienta subtitulando un vídeo de una ministra para que parezca que dijo lo que no dijo. Lo más triste, en realidad, es que, como la impotencia de la oposición es tan absoluta, proyectan su impotencia en la acción del Gobierno, y al final revelan que carecen de una posición que vaya más allá de la crítica, en cualquier circunstancia y pase lo que pase, a lo que el Gobierno diga o crea conveniente.
Hay mil cuestiones de política interior en las cuales el Gobierno tiene grandes deficiencias; mucho se ha escrito también sobre el choteo en cuanto a la crisis habitacional y de vivienda que han supuesto las políticas llevadas a cabo —o más bien la ausencia de estas— desde el ejecutivo. Pero lo que una parte de la dirigencia política y otra de la opinión pública no está sabiendo gestionar es que acierte el Gobierno en la política internacional, con excepción —y ahí lo aprovecharon— del cambio de postura con respecto al Sáhara; el Gobierno de España acierta al criticar una guerra montada por Israel y EEUU, sin respeto al derecho internacional, con la motivación del que se cree legitimado a todo por ser más fuerte, y que encima, según una encuesta de Reuters e Ipsos, sólo apoya un 27% de la población estadounidense, o sea, de la población gobernada del país cuyos gobernantes la impulsan.
Un debate adulto no sería ni el juicio de intenciones ni la resignación que asume que no hay nada que hacer, prácticamente nunca; implicaría una conversación adulta sobre qué modelo de Europa construir, cuáles son las deficiencias del actual, por qué fue vergonzosa la actitud del canciller Merz ante Trump o por qué otros países europeos han ido alineándose poco a poco con un Gobierno español convertido en pequeño faro internacional. Es una discusión que, en este país, por incompetencia o interés, nadie está en condiciones de ofrecer. Con todo aparentemente en su favor, cuando más invencibles se creían, más crece la sombra de perder posiciones entre una derecha incapaz de tener voluntades propias. Es una derecha apofática: como en la teología negativa, se define por la negación, por todo lo que no es. He ahí los dos salvavidas de este Gobierno, los que aún permiten conservar algo de esperanza en que no vaya a entrar Abascal y arrasar con todo: la política internacional y la incompetencia de la oposición que tiene enfrente.
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