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Unas primarias abiertas para la izquierda

El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, durante su intervención en el pleno del Congreso de este miércoles

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La conversación pública lleva dedicándose toda la semana a deshojar la margarita de la unidad de la izquierda, a raíz del encuentro organizado por Gabriel Rufián con Emilio Delgado y tras el anuncio, por parte de las formaciones políticas de la coalición Sumar, hoy presentes en el Gobierno, de que el sábado 21 se avanzará en el primer paso para la reedición de una candidatura de unidad. Muchos de los debates que podían surgir a raíz de propuestas así han sido quemados en escasos minutos, en el tiempo que pasa entre tribuna y tribuna o argumentario y argumentario; no sé si a día de hoy sigue teniendo mucho sentido comparar ambas convocatorias, hablar de las virtudes y defectos de cada una, seguir ampliando el análisis. 

El efecto más positivo, en cualquiera de los casos, se ha producido ya: revivir una conversación política sobre la izquierda que estaba medio muerta. He escuchado a gente muy diversa, y no de la que habla todo el rato sobre política, que tendemos a ser más bien gente muy pesada, elogiar esta semana el carisma de Rufián, decir que lo votarían, preguntar qué va a pasar con aquello; lo que digamos de pesimista u optimista puede depender más de si colocamos por encima la determinación o las cadenas de determinaciones con las que atamos nuestra realidad.

Partamos de varias verdades: es importante que la izquierda se dote de unas estructuras confiables, serenas, con buenos modos y procesos de deliberación, respetuosas, donde las distintas militancias puedan trabajar sin proyectarlo todo a modo de drama o en negociaciones chantajistas que duran hasta el último minuto. También es verdad que esta resolución no ilusiona prácticamente a nadie fuera de las propias organizaciones, como nunca a nadie le ha parecido sexy debate alguno que tenga que ver con los funcionamientos internos de las organizaciones en sí mismas. Sin una reforma seria de los mecanismos de las propias organizaciones poco se puede hacer, también es verdad; en España no nos hemos tomado del todo en serio lo que una organización política constituye, convirtiendo los partidos —o algunos más partidos— en máquinas que incentivan y premian la mediocridad, donde los cargos orgánicos sirven como trampolín a un cargo político o institucional, y se confunden los cuadros políticos más brillantes con los mejores gestores, o con los más aduladores, o viceversa. Salvo, quizás, en el caso del PNV, capaz de ver esto con cierta sabiduría y desligar por completo la figura de su liderazgo dentro del partido de las de sus candidatos a lehendakari o al Congreso. En la izquierda española no hay organización que sea hoy tan disciplinada como lo son los Democratic Socialists of America en Estados Unidos, cuyos co-chairs velan por el rol del partido qua partido o su independencia respecto a diversos cargos electos.

Ninguna de estas estructuras aparentemente sólidas basta por sí sola: estas estructuras sirven para resistir una tormenta, pero no para alzar el vuelo. No se puede prescindir de quien conecta con la gente, ni de los liderazgos mediáticos o de quienes encarnan mejor el zeitgeist de un momento dado. En 2026, depositar la confianza es también emocionarse con, reconocer a, hallar un referente, alguien en quien proyectar cierta representatividad; que hoy las encuestas se detecte o que la propia dinámica vaya diciendo que una de las personas que mejor encarna esa dinámica, a nivel estatal, es un diputado independentista, es un síntoma de los achaques y debilidades del espacio político de la izquierda de forma general, sí, pero también simplemente un hecho, una parte de la realidad con la cual se ha de operar en vez de negarse a observarla.

¿Cómo conjugar estas dos cuestiones, la de las estructuras sólidas y la de los liderazgos más etéreos? En España no tenemos un sistema presidencialista que facilitaría relativamente esa tarea, pero no deja de ser cierto que las elecciones legislativas, al menos en su discurso y narrativa, sí que tienden a presidencializarse, a convertirse en elecciones en las cuales se vota a una candidata o candidato en específico, como cuando Yolanda Díaz centraba en 2023 su discurso, entre otras cuestiones, en ser la primera mujer presidenta, o las dicotomías construidas entre el tándem Sánchez-Díaz frente a Feijóo-Abascal. Más allá de las fórmulas y generosidades requeridas en territorios concretos, ¿por qué no replicar, en el contexto español, lo que para las presidenciales algunos tratan de levantar en otros países, como en las elecciones primarias abiertas de la izquierda francesa que se celebrarán de cara a las presidenciales de 2027, a las cuales ya se van declarando candidatos de muy diversos partidos? ¿Por qué no mirar el modelo de las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias argentinas?

Podría responderse a este razonamiento con una máxima mil veces repetida: se trata del qué y del cómo, no del quién, y el quién viene después. Me parece que esa respuesta implicaría no entender muchas cosas de cómo funciona la política en 2026. El problema de la izquierda nunca ha sido la falta de un acuerdo programático; no sirve de tanto insistir en que el 80% es compartido y el otro 20% manejable, porque las diferencias del 20% donde hay discrepancias pueden ser, en realidad, diferencias tácticas y estratégicas profundamente importantes, sobre dónde colocar el foco y también cuándo y cómo. En una persona o equipo, con frecuencia, se encarnan una diversidad de valores, ideologías, proyectos políticos, visiones del mundo o de lo que habría que hacer. En política, últimamente, el máximo común divisor tiene tendencia a ser mucho menos emocionante que una visión genuinamente específica; que tiene algo que decir en vez de ser radicalmente semejante, anodina y aburrida, en comparación a todas las demás, semejantes, anodinas, aburridas, vacías. Ojalá unas primarias abiertas para la izquierda, hechas en serio, que permitiesen medir quién, con qué proyecto y en qué tono puede hacer de puente entre los aparatos políticos de los partidos y la ilusión o esperanza de quienes votan.

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