¿Existe la obligación de debatir?
Es extraordinario el nivel de degradación de la conversación pública; no hablemos ya de las cosas que nos dedicamos a comentar, las que llenan horas y horas de tertulias, gasto mayúsculo de saliva, columnas, todo aquello con lo que quienes escriben rellenan las páginas por un jornal. El otro día, justo antes del cambio de mesa de una tertulia, uno de los invitados, algo indignado ante las palabras de otro de los colaboradores, que venía a criticar que Pedro Sánchez estuviera sacando adelante la regularización extraordinaria de personas migrantes ahora, por motivos espurios, o sea, motivos políticos, acuerdos, pactos, necesidad de mayorías y de hacer de la propia necesidad virtud, me preguntaba entre bastidores si no me parecía aquello una argumentación ridícula, tanto como negar la existencia de la política.
Yo le decía que no por ridícula me resultaba menos sorprendente: cuando no se puede criticar del todo una medida, o al menos no sin quedar mal, quedar como alguien infinitamente más retrógrado y excluyente que la Conferencia Episcopal, lo que queda es ese tipo de argumentaciones. Lo que más me sorprendía, pero, era la vehemencia: vehemencia de unos y vehemencia de otros para hablar del humo, rellenar conversación con nada o naderías, especular sobre todo lo que aún no se sabe y sabe Dios si se sabrá. ¿En qué lugares existe hoy, en 2026, un debate político o cultural de calidad? En su libro Tertulianos: un viaje a la industria de opinión en España, el periodista Antonio Villareal define la tertulia «como un fenómeno posmoderno, una conversación inacabada y fragmentaria que termina siendo autorreferencial. De un día para otro sobreviven los componentes emocionales, las filias o fobias entre tertulianos, pero nunca sus argumentos». Si una atiende a la realidad, puede llegar a pensar que Villareal se queda corto, incluso cuando toma de Estados Unidos un concepto como la tertuliocracia, «élite de la clase parloteadora»; no sólo la tertulia tiene esas características, sino que el mundo entero es como una tertulia gigante, o como el patio de un colegio. Véase, si no, la proliferación inmensa de columnas, textos y opiniones, a cada cual más exagerado, a propósito de David Uclés y su decisión de no participar en unas jornadas sobre «la guerra que todos perdimos».
No puedo no ver en el revuelo que se ha montado un síntoma de tontificación impresionante. Al derecho de cada cual a participar o no participar en los sitios en los que le dé la gana, y a sentarse o no sentarse con quien también le dé la gana, parece imponerse ahora la consideración contraria: la obligación de debatir y compartir mesa, como imperativo categórico; si hay alguien con quien no quieres sentarte a conversar, por no sentarte a conversar, se te llamará intolerante, incluso auténtico fascista. Yo he defendido siempre ir hasta los mismísimos infiernos para debatir, y la utilidad que también tiene confrontar argumentos con quienes están en las antípodas de una misma; por encima de esa defensa queda, siempre, siempre, la libertad de cada uno a escoger con quien se sienta, con quien comparte el aire, con quien comparte una cerveza o en qué pasa o malgasta su tiempo. Ha sido extraordinario ver tanta queja esta semana sólo porque un escritor ha dicho que con los que él considera como antidemócratas no se junta; tanto drama para eso. Ojalá todo se hubiera quedado en los debates que han tenido distintos historiadores, bastante más interesantes, sobre la pertinencia o no de esas jornadas, o las discrepancias sobre su enfoque.
Antes de este acontecimiento y del revuelo que con él se montó, prensa y tertulias metiéndose también de por medio, las críticas que Uclés había recibido oscilaban entre lo razonable —aquello a lo que cualquier escritor está sometido— y la caricatura un poco más ruin, en todas las gradaciones posibles; con la polémica de las jornadas, pero, parece haberse roto una veda, que no se rompió ni con el Premio Nadal ni antes, y que implica barra libre para utilizar toda la violencia verbal del mundo y convertir redes, periódicos y radios en el patio del colegio, el lugar más miserable de todos, allí donde se concentran quienes no se desquitaron en la infancia de toda su vocación de bullies. Así lo resumía otro novelista, Gonzalo Torné: «Las columnas contra Uclés antes del demencial congreso eran divertidas, crueles, lúcidas, resentidas... según. Las de después todas son formularias, grises, impotentes, desforestadas o de lame-escalafones». Así remataba Jordi Amat: «Prueba del algodón para descubrir la pereza intelectual del opinador tópico: escribir otra columna, a favor o en contra, sobre David Uclés».
¿Existe algo así como la obligación de debatir? Yo diría que no; si alguna vez se instaura tal cosa, preferiría exiliarme de la civilización o que me condenaran al ostracismo. Para lo que ha servido todo esto, como en la definición aquella de tertuliocracia, no ha sido para desarrollar argumentos, ni tesis, ni concepciones habermasianas sobre lo que ha de ser la intervención pública o la deliberación; ha servido para definir, en torno a otra cuestión, quién queda de un bando y del otro, para que lo que se mantengan sean las filias y las fobias. Es el estado más decadente, más aburrido y más embrutecedor de la esfera pública; es su versión más acosadora, lamentable, insulsa. Como la vida en palacio es muy aburrida, tenemos que inventarnos dramas. Convendría ponerles fin, en algún momento, porque sospecho que tan agotador debe de resultarles a quienes se inventan los dramas como a quienes tenemos que padecerlos.
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