Para Trump, el mundo es un simulacro
Esto que escribo no es un texto sobre la preocupación por el derecho internacional, hoy y casi siempre hecho trizas, preocupación comprensible; tampoco lo es sobre el sentimiento de alivio de muchos venezolanos al ver la caída de Maduro. Parte de lo primero que dijo Trump, antes de su rueda de prensa para dar explicaciones, cuando sintió la necesidad de intervenir por llamada telefónica. ¿Qué quiso hacer? Describir cómo se había sentido él ante las imágenes, qué es lo que había visto. Como quien ve un programa de televisión. “Si hubieran visto lo que pasó. Yo lo vi literalmente, como si estuviera viendo un programa de televisión. Si hubieran visto la velocidad, la violencia, ya saben. Fue algo asombroso, un trabajo asombroso el que hicieron estas personas. Nadie más podría haber hecho algo igual. Simplemente irrumpieron, entraron en lugares donde no era posible entrar, forzaron puertas de acero. Nunca había visto algo así”. La velocidad, la violencia, lo asombroso.
Ver cualquier cosa hoy, en realidad, es verla como si fuera un programa de televisión o como si fuera un reel de Instagram. Para quienes no lo sufrimos, para quienes podemos vivirlo como un relato, por más que nos compunja, el genocidio en Gaza es como un programa de televisión, y de hecho como una serie lo vivimos, vinculándonos afectivamente a ello como a una serie; para quienes no tienen familia o seres queridos en Venezuela, lo que en Venezuela acontece es como un programa de televisión. El salto pasa cuando esa desidentificación no se da en nosotros, sino en los gobernantes: que Trump viva su propia orden como si estuviera observando el documental sobre una intervención militar, más que como la realidad en sí misma. O como si estuviera jugando al Call of Duty: como si la realidad fuera una simulación.
En una entrevista para El Salto el investigador Alberto Venegas, especializado en la intersección entre la historia y sus representaciones en la cultura visual y en los videojuegos, “si todo lo que conozco sobre la Segunda Guerra Mundial lo he aprendido a través de las franquicias estadounidenses Medal of Honor y Call of Duty, títulos de apariencia fotorrealista, no conoceré las causas de la guerra, tampoco las vivencias de la población civil durante el conflicto o que fue el Holocausto”. Trump ha copiado el marco de un mundo en el cual no hay responsabilidad moral ni legal por las acciones que uno emprende. Como lo fue el atentado contra las torres gemelas para el filósofo Baudrillard, estamos ante un evento-imagen, imaginado como si fuera un escenario de ficción. En septiembre, en lo que fue el primer episodio de lo que estos días se va desencadenando, la Casa Blanca difundió las imágenes de cómo disparaba contra una embarcación supuestamente cargada con droga, en su cruzada contra el “Cártel de los Soles” empleado como justificación narrativa —daba igual su base en la realidad— para el futuro cambio de régimen en Venezuela. Aunque el Gobierno venezolano acusara a Estados Unidos de haber generado la imagen con inteligencia artificial, para muchos otros, no era tan sorprendente: más que IA, era la imagen de una película. O la de un videojuego.
Podemos ir un poco más allá. Para el análisis de lo que ha pasado en Venezuela, en realidad, no son relevantes muchas de las categorías que han marcado el siglo XX, ni sus remanentes en el XXI. Leía estos días a adversarios ideológicos repetir machaconamente que, en 2026, ningún sentido tiene que, desde un progresismo cándido y preocupado por la institucionalidad, apelemos a un orden mundial que nunca fue más que una ilusión o insistamos en el presunto valor de la legalidad internacional; sobre todo porque ahora, en 2026, no hay derecho internacional, sino grandes poderes y órbitas de influencia. No hay respeto a la ley si no hay nadie para imponer que la ley se cumpla. Tienen algo de razón, pero es que la relación con el derecho internacional que propugnamos es desiderativa: no consideramos que exista, querríamos que existiera para que hubiera algún clavo ardiendo en el mundo al cual atarnos. Para Trump, el mundo es un simulacro. El mundo es su simulacro, aquel del cual es soberano, en el que puede ir moviendo sus piezas como si estuviera jugando al Risk; a nadie ahora mismo teme, se percibe como el dueño, amo y señor de la partida. Es ese el sentido final del corolario Trump a la doctrina Monroe: hágase mi voluntad y, por lo tanto, hágase lo imposible. Que las fuerzas especiales entren en lugares donde no era posible entrar, fuercen puertas de acero, hagan lo que nadie más podría haber hecho.
Hasta que no se rompa esa fantasía de poder absoluto, y tampoco tendría por qué romperse en una dirección necesariamente positiva, viviremos en un mundo en el cual, sin importar los motivos, sin que lo que venga después sea más o menos democracia, sólo regímenes marioneta de los cuales extraer recursos o influencia —y cabe preguntarse cuánto entra Europa hoy en esa definición—, cualquier gobierno será susceptible de ser cambiado por quien más poder tenga sin que ningún otro se rebele. Mañana Venezuela, seguramente, no será más democrática; luego vendrán Cuba, México o Groenlandia. ¿Y quién se atreverá a pararle los pies al rey de la partida?
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