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Prohibir Internet (o el paternalismo digital)

Primer plano de un teléfono móvil
9 de febrero de 2026 00:04 h

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A principios de la semana pasada, antes de que se lo llevase por delante la corriente habitual de sucesos —entre los resultados de las elecciones aragonesas, anuncios sobre el futuro de la izquierda y Rufián, la contingencia típica—, el Gobierno anunció, en medio de un beef tuitero entre Pedro Sánchez y Elon Musk, toda una serie de medidas aparentemente destinadas a pelearse con los «tecnoligarcas» y poner ciertos límites a su poder y dominio. Una de ellas, heredera de lo que extensivamente y en broma vino a llamarse en Internet el «pajaporte», o sea, una cartera digital para implementar cierto control de edad en el acceso a páginas web, era el anuncio de la prohibición del acceso de menores de 16 años a redes sociales, en general. 

Había otras tantas cosas anunciadas, como un mayor control, supuestamente, sobre los algoritmos de esas mismas redes, y la investigación para que estos no fueran manipulados con fines espurios, pero poca o ninguna concreción sobre cómo se llevaría a cabo. Lo interesante, en realidad, fue ver cómo se colocaban los propios usuarios de las redes de un lado y de otro, a favor y en contra, según quién proponía y en qué momento se daba la proposición.

Plantearé un ejemplo: en Francia se votó hace un año, en febrero de 2025, una proposición similar, pero impulsada por el Gobierno más bien de derechas de Emmanuel Macron. Contó con el apoyo parlamentario de la mayoría parlamentaria que apoyaba al gobierno, así como de la derecha y de la extrema derecha; en cambio, La Francia Insumisa, muy a su izquierda, se opuso a la medida, votó en contra, dijo que se trataba de algo ineficaz, poco aplicable y liberticida, una forma de «paternalismo digital»; los verdes franceses dijeron que se trataba de una solución excesivamente simplista. Comparemos con las posiciones de nuestra izquierda, de nuestra derecha y nuestra extrema derecha. Cambia quién propone y, por lo tanto, quién se opone, aunque no cambie el contenido; bien posible es, entonces, que las cosas nos parezcan bien o mal de antemano según quién las dice, no según lo que son. Y esto, en cualquier debate, es un problema.

Mi postura, además de cierta preocupación en general por el derecho al anonimato, por la privacidad, por la difícil implementación de este tipo de controles o la conversión del uso de Internet en algo penoso y repleto de dificultades, parte de ese principio de prudencia. Entiendo perfectamente el ánimo que llevaría al legislador, en 2026, a querer restringir el uso de menores de redes sociales. Es más: viendo los efectos del algoritmo de TikTok o Instagram sobre cualquier psique, de forma cotidiana, creo que dentro de no tanto tiempo poder desconectar de lo digital constituirá un privilegio, o incluso haber recibido una educación en la que mediaran lo mínimo posible tanto las pantallas como los chatbots de inteligencia artificial, que cada vez influyen más en cómo se genera una deuda cognitiva o incapacidad a la hora de responder a una pregunta sin asistencia externa. Pero esto se aplica por igual a los menores de 16 y a los mayores de 40 que ven sus atenciones absorbidas. 

Sin embargo, me preocupan —bastante— los malos usos de las herramientas que una legislación así pudiera proporcionar a gobernantes futuros, su posibilidad o forma de acceder a nuestros datos; encima, con perdón, sin que hayamos atacado a fondo la falta de soberanía de Europa en relación a esas redes sociales, sin que las sancionemos o impongamos más controles, sin que tampoco quienes más se quejan de ellas se vayan de X o de las redes de Meta o de cualquier otra parte, tampoco alcanzo a creerme del todo la beligerancia de su ánimo. Es una exageración, pero en un grupo de WhatsApp le leí a un amigo, Israel Merino, una formulación bastante sucinta al respecto: si tienes menos de 16 años, el PSOE te ofrece quitarte TikTok; si tienes más de 16, el PSOE te ofrece bajarle los impuestos a tu casero.

Quizá tenga que ver mi propia experiencia o mi lugar generacional: tengo 25, no crecí con TikTok ni con Instagram, pero sí que accedí muy, muy joven a un ordenador, y a Internet, y prácticamente sin supervisión o control parental. En mi adolescencia, antes de esos 16, como personaje LGTBIQ+ que vivía en Plasencia, en la periferia, ese acceso a Internet fue importante incluso como escapatoria a la soledad, para conectar con personas a las que de otra manera nunca hubiera conocido. Es evidente que la anécdota no prevalece sobre las estadísticas y que el Internet de entonces no es el de hoy; y que hoy, seguramente, sus efectos negativos superen por mucho sus beneficios. Pero sigo pensando que nos merecemos un debate un poco más complejo sobre una cuestión tan importante; o sea, un debate en el que se trate a la población que debate como adultos, igual que futuros adultos serán aquellos a quienes quizá se les prohíba. Y no estoy yo muy segura de que hoy, que la juventud identifica más que nunca a la izquierda con el establishment y el pasado, y la rebeldía con la derecha y lo macarra, sean el paternalismo y la prohibición las banderas más convenientes a enarbolar.

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