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Los locos guían a los ciegos

Cartel de la obra El gran teatro del mundo, en el que figura de espaldas Antonio Castillo Algarra, protagonista y gurú de la Consejería de Educación de Madrid.
22 de febrero de 2026 21:06 h

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Es la plaga de los tiempos, escribe Shakespeare en la tragedia del Rey Lear, cuando los locos guían a los ciegos. Los locos guían hoy a los Pocholos, guían también a sus propios locos, como en el caso destapado en la Comunidad de Madrid a través de dimisiones múltiples, como si unos diputados jovencísimos y hasta un consejero pudieran actuar como una mente colmena, individuos a los que se les ha lavado el cerebro hasta comportarse como una colectividad. 

Resulta que la muy polémica Ley de Universidades de Ayuso llevaba la firma de Antonio Castilla Algarra, consejero áulico, capaz de parar los aplausos de una obra de teatro para volcarse de pleno en una oración mariana. Resulta que su influencia se extendía por el ámbito educativo, el de la legislación universitaria y hasta la política cultural de la Comunidad de Madrid, porque había sido capaz de crear una secta desde su humilde academia de inglés y preparación de oposiciones. Resulta que cuando Ayuso hablaba de Hispanoamérica lo hacía porque Algarra se lo susurraba, y que sus diatribas ultraconservadoras —“luego nos extrañamos si vienen la ideología woke, el marxismo revolucionario o el Islam”, tuiteaba el caballero— constituían el suelo ideológico de la presidenta, en duelo con la influencia de su otro gurú, Miguel Ángel Rodríguez. Cómo han de estar las cosas para que hubiera dos ventrílocuos y que Miguel Ángel Rodríguez fuera el menos loco de los dos, como cuando en los dibujos animados aparecen, a ambos lados de un rostro, un demonio consejero y un angelito, cada uno inclinado a una oreja; quién ha visto y quién ve a Miguel Ángel Rodríguez ataviado como un ángel con su halo. ¡Cómo tenían que ser aquellos susurros!

Nick Land, filósofo con raíces en el CCRU de Warwick que también nos dio al difunto y extrañado Mark Fisher, entre otros, se marchó a Shanghái —y se especula que tuvo también un brote psicótico vinculado al consumo excesivo de anfetaminas— tras pasar de sus influyentes escritos originales a posiciones ultrarreaccionarias que sentarían las bases de lo que se ha denominado la Ilustración Oscura. JD Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, es vicepresidente —ciego— porque hasta allí lo guío otro gurú —un loco—. Peter Thiel, estudioso de René Girard, empresario, cofundador de PayPal junto a Elon Musk y de Palantir, los encargados de procurarle a la Administración Trump un buen sistema de control y deportación de la población, el Amazon del secuestro. Peter Thiel transfirió más de quince millones de dólares a la campaña de JD Vance para ser senador allá por 2022. A ambos locos los guían otros locos, como Curtis Yarvin, al cual JD Vance ha hecho muchas referencias explícitas: a sus ideas de convertir a Trump en un rey CEO, por ejemplo. “Una dictadura corporativa para reemplazar a una democracia moribunda”. Son constelaciones difusas y brumosas de nombres; constelaciones en las que se repite la plaga de los tiempos, en las que filósofos locos guían a políticos ciegos.

El mundo es más oscuro de lo que pensamos y más oscuras son las profundidades de su horror. Muchos políticos no son grandes hombres brillantes, sino cuerpos de carne y hueso, impulsividad, vísceras, movidos a veces más por las grandes ideas de los encantadores de serpientes que han descubierto cómo seducirlos que por sus ocurrencias propias. El consejero áulico no tiene un despacho, no tiene un cargo oficial, no tiene una dependencia en la retribución, pero tiene algo que vale más que todas esas cosas: la fe del dirigente que en él la deposita, la capacidad de que este escuche de verdad sus palabras. Son las manos que mecen las cunas detrás de algunas de las decisiones más aparentemente inexplicables: son ellos también quienes, en muchas ocasiones, ejercen de custodios reales del proyecto; custodios de las metamorfosis, como decía Canetti que era el rol de los escritores. 

En El rey Lear, tras sus errores, tras el repudio, lo que le llega al final al gobernante es la tempestad, el descenso a sus propios abismos y la pérdida de su cordura: todo se vuelve en su contra. Estos días, leyendo la surrealista historia de esos pocholos, contemplando la degeneración fascista de los EEUU, no podía dejar de preguntarme cuán destructiva, cuán estruendosa será, cuánto sufrimiento —cuánta Ilustración Oscura— traerá la tempestad que lleven consigo dirigentes como Ayuso, como Vance, como Trump, cuando sus tempestades afirmen una vez más la plaga de los tiempos.

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